El olfato suele pasar desapercibido, pero cumple un rol central en la vida diaria. No solo permite percibir aromas, sino que también está profundamente ligado a la memoria, las emociones y la forma en que se experimenta la comida. Aun así, es uno de los sentidos más subestimados.
Según la especialista Laura López-Mascaraque, doctora en Biología y referente en el estudio del sistema olfativo, millones de personas en el mundo presentan alteraciones como la hiposmia (disminución de la capacidad de oler) o la anosmia (pérdida total). Muchas veces, estas condiciones no se detectan de inmediato porque sus señales iniciales pueden ser sutiles.
Un sentido clave que impacta en la alimentación
Uno de los primeros indicios de que algo no está funcionando bien es la pérdida del sabor en los alimentos. Tal como explica la experta, gran parte de lo que se percibe como “sabor” depende en realidad del olfato. Por eso, cuando este sentido falla, la comida pierde intensidad y aparecen cambios en los hábitos.
Entre las señales más comunes, se destacan el uso excesivo de sal o azúcar para compensar la falta de gusto, la dificultad para percibir olores fuertes —como humo o comida en mal estado— o incluso el aumento en el uso de perfumes, ya que la persona deja de registrar su aroma habitual.
Estas manifestaciones suelen aparecer de forma progresiva y en situaciones cotidianas, lo que hace que muchas veces se naturalicen o se atribuyan a otras causas.
Alteraciones frecuentes y fenómenos asociados
Las alteraciones del olfato pueden tener distintos grados y formas de manifestarse. La hiposmia implica una reducción en la sensibilidad, mientras que la anosmia supone la pérdida completa del sentido.
Además, existen fenómenos que influyen en cómo se perciben los olores. Uno de ellos es la adaptación olfativa, que ocurre cuando el sistema deja de responder a un estímulo constante. Es lo que pasa, por ejemplo, al entrar a una panadería: al principio el aroma es intenso, pero al rato deja de notarse.
Otro caso es la fatiga olfativa, una disminución más prolongada que combina factores fisiológicos y la habituación del cerebro. Suele darse en personas expuestas a múltiples fragancias, como quienes trabajan con perfumes o alimentos.
También está el enmascaramiento olfativo, que se produce cuando un olor más fuerte tapa a otro más débil, como sucede con los ambientadores que ocultan olores desagradables.
Un sentido que también se puede entrenar
Aunque muchas personas no lo tengan en cuenta, el olfato puede estimularse y mejorar su rendimiento. Sin embargo, la mayoría no le presta demasiada atención, a pesar de que está activo de forma constante.
La pérdida o alteración de este sentido no solo afecta el disfrute de la comida, sino también la seguridad y la calidad de vida. Por eso, reconocer sus señales tempranas puede ser clave para consultar a tiempo y evitar complicaciones mayores.
En base a El Tiempo/GDA