Reír, toser, estornudar o hacer ejercicio y tener escapes de orina no debería considerarse algo normal. Aunque muchas personas lo naturalizan o lo viven en silencio, estos episodios pueden estar asociados a la incontinencia urinaria, una condición frecuente que impacta en la calidad de vida.
Se trata de la pérdida involuntaria de orina, que puede ir desde pequeñas gotas hasta flujos más evidentes. Si bien puede presentarse en distintos grupos, es más común en mujeres y su frecuencia aumenta con la edad, especialmente a partir de los 50 o 60 años. Sin embargo, puede aparecer en diferentes etapas de la vida.
Según explicó la uróloga Sandra Xochiquetzal Cruz Ordóñez, vocera de TENA, la incontinencia implica “cualquier fuga que ocurre cuando no queremos que suceda y que genera incomodidad”. A pesar de su alta prevalencia, muchas personas no la consultan ni la identifican como un problema de salud.
Tipos de incontinencia y factores asociados
Una de las formas más habituales es la incontinencia de esfuerzo. Aparece cuando acciones cotidianas —como reír, toser, agacharse o levantar peso— generan presión sobre la vejiga y provocan pérdidas.
También existe la incontinencia de urgencia, caracterizada por una necesidad repentina e intensa de orinar que puede derivar en escapes antes de llegar al baño. En algunos casos, ambas situaciones pueden combinarse.
Más allá de la edad, hay distintos factores que pueden influir en su aparición: embarazo, partos, cambios hormonales, sobrepeso, estreñimiento crónico y ciertos hábitos. Entre ellos, retener la orina durante mucho tiempo, evitar baños públicos o consumir frecuentemente cafeína.
El suelo pélvico —un conjunto de músculos que sostiene la vejiga, el útero y el recto— cumple un rol central. Su debilitamiento no solo se asocia a la incontinencia urinaria, sino también a otras alteraciones del control urinario e intestinal.
Fortalecer el suelo pélvico
El entrenamiento de estos músculos es una de las estrategias más utilizadas para reducir los episodios de fuga. En muchos casos, no requiere cirugía y puede abordarse con ejercicios específicos y programas de rehabilitación.
Entre los más conocidos están los ejercicios de Kegel, que consisten en contraer y relajar los músculos del suelo pélvico para mejorar su fuerza y resistencia. Se recomiendan tanto en mujeres como en hombres, especialmente en situaciones como la incontinencia de esfuerzo o tras cirugías de próstata.
Un método básico para identificarlos es intentar detener el flujo de orina —solo como referencia— para reconocer qué músculos se activan. A partir de ahí, el ejercicio se realiza con la vejiga vacía, contrayendo esos músculos durante unos segundos y luego relajándolos.
La rutina suele incluir repeticiones diarias, varias veces al día. Puede hacerse sentado o acostado, y los resultados suelen aparecer tras algunas semanas de práctica constante, aunque en ciertos casos pueden demorar hasta tres meses.
También existen herramientas complementarias, como la biorretroalimentación o la estimulación eléctrica, que ayudan a ubicar y trabajar correctamente la musculatura implicada.
Un punto clave es realizar los ejercicios de forma adecuada: no deben involucrarse en exceso el abdomen, los glúteos o los muslos, ya que eso puede restar efectividad o generar molestias.
Reconocer la incontinencia urinaria como un tema de salud es el primer paso. El abordaje temprano y el fortalecimiento del suelo pélvico pueden marcar una diferencia concreta en la vida cotidiana.
En base a El Universal/GDA
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