Detrás de cada nuevo tratamiento oncológico hay años de investigación, protocolos rigurosos y pacientes que deciden participar en ensayos clínicos con la esperanza de abrir camino a mejores terapias. Desde el Vall d’Hebron Institute of Oncology, en Barcelona, la química farmacéutica uruguaya María Belén Garcé Rivarola, máster en monitorización de ensayos clínicos y atención farmacéutica, forma parte de ese proceso.
En diálogo con El País, explicó cómo funcionan estos ensayos, por qué muchos tratamientos prometedores no logran los resultados esperados y cuál es, según su experiencia, el verdadero impacto que tienen en la vida de los pacientes.
— ¿Qué te llevó a trabajar en la investigación clínica del cáncer?
— Siempre me gustó aprender sobre oncología porque siento que es una de las áreas donde hay más incógnitas respecto a los mecanismos que ocurren en el cuerpo. Supe que España es uno de los principales referentes en el mundo en investigación clínica oncológica y decidí hacer un Máster en Monitorización de Ensayos Clínicos en Universidad Nebrija, que empecé online desde Uruguay y terminé en España, en 2022. Enseguida comencé a trabajar como coordinadora de ensayos clínicos en el Hospital Universitario Vall d’Hebron, en la parte de neurología. Después, hice un curso sobre ensayos en oncología y hematología, y conseguí un puesto en el Vall d’Hebron Institute of Oncology, una fundación que se dedica a impulsar la investigación del cáncer. Trabajamos para apoyar a los investigadores y médicos oncólogos del hospital, y ese es, para mí, uno de los aspectos más gratificantes. Como monitora, mi rol consiste en ir a los hospitales y verificar que se cumplan los protocolos: que las pruebas se realicen en tiempo y forma, que los pacientes estén cuidados, que los eventos adversos estén reportados, etcétera.
— ¿En qué línea de investigación trabajás actualmente?
— Los monitores solemos tener abiertos varios frentes. Ahora, por ejemplo, trabajo en un estudio de cáncer colorrectal, en uno de cáncer de ovario y en otro de cáncer de páncreas metastásico. Los primeros datos de este último se publicarán este año y, en principio, tiene buenos resultados. También hay otros proyectos de investigación que son más retrospectivos y no tan intervencionistas, es decir, donde no se le da un fármaco al paciente, sino que se recogen y analizan datos preexistentes.
— ¿Hubo algún hallazgo que te impactó especialmente?
— En realidad, no es tan común que los ensayos clínicos tengan súper buenos resultados. Como los mecanismos biológicos del cáncer son tan difíciles de entender, por más que las moléculas con las que trabajemos sean prometedoras, no suele pasar lo que uno espera. Sin embargo, el ensayo que mencioné de cáncer de páncreas metastásico sí está resultando bien; tenemos pacientes que están en tratamiento hace tres años, lo que es mucho para este tipo de patología. Y es muy importante porque es un cáncer difícil de tratar.
— ¿Cuál es el impacto real de la investigación clínica en la vida de los pacientes?
— Por un lado, puede romperte el corazón, porque uno tiene mucha fé; lee la literatura y los ensayos preclínicos, y todo cuadra para que funcione… Siempre que se plantea un tratamiento, hay mucha esperanza de que, al final, el paciente se cure, aunque, en muchos casos, es difícil que eso suceda. Pero, por otro lado, el impacto más directo tiene que ver con el acompañamiento médico, porque la persona que participa en un estudio clínico recibe muchísimo seguimiento. Obviamente que lo que buscamos es un buen resultado, pero, sin perder de vista eso, si le preguntás a un paciente qué es lo más positivo de estar en un ensayo clínico, no te dirá la posibilidad de curarse, sino la presencia del médico, las enfermeras, el equipo. Pensará en caras, en personas.
— Y quizás esa parte más emocional tenga un efecto en la progresión de la enfermedad, ¿no?
— Exacto. Ahora soy monitora y no tengo trato directo con los pacientes, pero, cuando era coordinadora, pude ver cómo cambiaba todo; su ánimo, la forma en la que afrontaban la enfermedad…
— ¿Qué pasa con la investigación clínica oncológica en Uruguay?
— Uruguay está un poquito atrás. Estoy muy pendiente del tema porque en algún momento me gustaría volver y volcar la experiencia que he adquirido, y hay, para mí, dos problemas principales. Uno es la infraestructura regulatoria, que hoy no da cabida a que hayan ensayos clínicos en el país. Acá, en España, puedo ver que es enorme la cantidad de regulación que esto conlleva. Y sí: hablamos de probar moléculas nuevas en personas. Requiere muchísimo control de las autoridades. Otro problema tiene que ver con la educación. Hace falta profundizar en todo lo que implica un ensayo clínico y que los estudiantes de la carrera Químico Farmacéutico tengan prácticas en el área de la salud. Hoy, en Uruguay, la única salida que estos jóvenes encuentran es la industria farmacéutica, y eso es súper preocupante en el sentido de que, si queremos que los ensayos clínicos se den, tenemos que impulsar también la educación. Podemos tener la mejor ley o el mejor proyecto de ley, pero, si no tenemos profesionales que entiendan de qué se trata, no funcionará.