En los últimos años, los lavados nasales se volvieron una práctica cada vez más común para aliviar la congestión o limpiar las vías respiratorias. Aunque pueden ser útiles, no son una solución universal ni deberían incorporarse sin criterio.
Especialistas en salud respiratoria insisten en un punto clave: no se trata solo de “limpiar la nariz”, sino de hacerlo cuando corresponde, con la técnica adecuada y usando la solución correcta.
Los lavados nasales suelen recomendarse cuando hay síntomas claros: congestión persistente, exceso de mucosidad o dificultad para respirar por la nariz. También pueden formar parte del tratamiento en casos de rinitis, sinusitis o infecciones respiratorias frecuentes.
Ahora bien, en personas sanas, su uso debería ser puntual. Por ejemplo, tras exponerse a polvo, contaminación o alérgenos. Convertirlos en una rutina diaria sin indicación médica no necesariamente aporta beneficios y, en algunos casos, puede ser contraproducente.
Uno de los puntos más importantes es la elección de la solución. El suero fisiológico —o soluciones isotónicas— es la opción más segura y versátil. Sirve para hidratar la mucosa y facilitar la eliminación de secreciones sin irritar.
También existen soluciones hipertónicas, que pueden ayudar a reducir la congestión. Sin embargo, no están pensadas para un uso prolongado, especialmente en niños, ya que pueden resecar o generar molestias.
No alcanza con tener el producto adecuado: la forma de aplicarlo hace la diferencia. Una mala técnica puede no solo reducir la efectividad, sino generar incomodidad o incluso empeorar el problema. Algunas claves básicas:
- Mantener la cabeza levemente inclinada hacia adelante (no hacia atrás).
- Aplicar el líquido de forma suave, sin presión excesiva.
- Dejar que el suero fluya de una fosa nasal a la otra.
- Repetir el proceso del otro lado.
- Sonarse con suavidad después, si es posible.
Hay fallas bastante comunes que conviene evitar, como usar demasiada presión o demasiado líquido, elegir dispositivos inadecuados para la edad, no limpiar correctamente los aplicadores, forzar la técnica cuando resulta incómoda y aspirar secreciones sin haber hecho una limpieza previa adecuada. En niños, estos errores pueden tener más impacto, por lo que es importante adaptar tanto el método como los dispositivos.
Los lavados nasales pueden aliviar síntomas y mejorar la respiración en muchos casos. Pero su efectividad depende de tres cosas: una indicación adecuada, una buena técnica y un uso razonable. Más que incorporarlos como hábito fijo, la clave está en entender cuándo realmente hacen falta.
Con base en El Tiempo/GDA