Si hubiera un premio a la vitalidad, Roberto Denis sería un nominado indiscutido. Con 75 años de edad recorrió el Amazonas en un barco de carga y durmió en la selva, y unos meses antes se quedó una semana con el pueblo indígena Yawanawa, donde comió yacaré y lagarto, y participó de un ritual de Ayahuasca. Su filosofía es sencilla: “Mientras pueda moverme, lo haré, porque aún hay cosas por descubrir”.
El espíritu explorador lo acompañó desde siempre. Nació en 1950 en La Paloma y con 15 años quiso viajar a Europa en barco —él sólo— “para ver cómo eran las cosas”. Allí lo recibieron unos amigos y pronto se dio cuenta de que llegar al viejo continente costaba demasiado dinero y energía como para quedarse poco tiempo. Como hablaba francés, se anotó en un liceo en Bélgica y acabó por hacer su vida ahí.
Estudió fotografía y trabajó como periodista en la Radio Télévision Belge Francophone (RTBF). Conoció a famosos como Santana, David Bowie y Queen, y cubrió la inmigración ilegal en Marruecos (donde lo detuvo la policía y el embajador belga tuvo que intervenir), la crisis del 2001 en Argentina —cuando hubo cinco presidentes en una semana—, y el huracán Katrina en Nueva Orleans, Estados Unidos, entre otras cosas. Su hogar es el mundo, pero, cuando quiere tomarse una pausa, descansa en su casa de La Paloma. Habló con El País acerca de su experiencia en la Amazonia, su estilo de vida aventurero y sus planes a futuro.
— ¿De dónde viene su interés por conocer pueblos indígenas?
— Viajé durante toda mi vida por trabajo y siempre me gustó descubrir Sudamérica. Fui al Amazonas por primera vez en el 72, cuando hice una travesía en barco entre Belém y Manaus (aproximadamente 1.600 kilómetros). El año pasado se me ocurrió contactar a la Fundação Nacional dos Povos Indígenas (FUNAI) de Brasil —que protege y promueve los derechos de los pueblos indígenas del país— para averiguar dónde había algún pueblo interesante que pudiera descubrir. No quería ir a un sitio que recibiera turistas, que tuviera internet, donde la gente tuviera el último celular… Quería ir a un lugar que estuviera por fuera de todo eso.
Me dieron el nombre de un pueblo, el Yawanawa. Esperé la autorización para ir y cuando llegué, en mayo, se sorprendieron de que un viejo como yo hubiera ido hasta allí. Me adoptaron enseguida y me quedé una semana. Comí lo que ellos comían, dormí como ellos dormían, participé en rituales y me sentí muy a gusto. Y al final, me dijeron: “Volvé cuando quieras”.
— ¿Cómo se comunicaba con ellos?
— La chamana hablaba portugués. El resto no; hablaban un idioma que ni sé cuál es. Pero todo el mundo estaba atento conmigo. Cuando llegué, tenía tos, y enseguida la chamana buscó un sartén, prendió el fuego y puso unas hojas secas, luego las colocó debajo de mi nariz y me pidió que respirara. Y se me fue la tos.
— ¿Cómo dormía y qué comía?
— Me dieron una cabañita chiquita donde solo había un pedazo de espuma que hacía de colchón. No tenía puerta, el techo era de paja y el suelo de madera rota. Le pregunté a la chamana si no había ningún peligro de que viniera algún animal y me respondió que no, que tienen suficiente comida en la selva así que no irían a molestarme. Me dijo que los jaguares son tímidos y que a lo mejor alguno se acercaba a olfatear, pero nada más. Entonces, me dormí tranquilo, sin problema.
Comíamos en una sala común. Llegábamos de mañana y siempre había comida sobre la mesa: banana, sopa de banana, puré de banana, banana frita, mermelada de banana. De vez en cuando había pollo, yacaré o lagarto, y también mucho açaí.
— ¿Pudo adaptarse?
— Uno puede adaptarse a cualquier cosa. Un avión me dejó a unos 800 kilómetros hacia el norte; desde ahí, una persona me llevó a través de la selva en un 4x4 durante cuatro horas hasta un embarcadero y navegué casi todo un día con un indígena, que me dejó en la aldea. A la vuelta, lo mismo, aunque con la corriente fue un poco más rápido. Fui con la idea de vivir como ellos, aunque fuera por una semana, y eso hice. Cuando llegué, le dije a la chamana que hicieran lo que tenían que hacer y que yo me adaptaría. Un día me avisaron que harían un ritual de Ayahuasca. Ni lo pensé: fui. Y resultó bastante divertido.
— ¿Cómo fue esa experiencia?
— El ritual empezó más o menos a las nueve de la noche y terminó a las tres de la mañana. Estábamos todos en la oscuridad total. Un señor viejito me dio un vaso y se puso a hablar… Después pregunté qué contaba y me dijeron que eran historias de la selva y los animales. La chamana me había dicho que tomara solo un poquito, pero terminé el vaso, como todo el mundo. Entonces, me senté en una silla y empecé a ver puntos rojos y azules. Frente a mí, como a unos 20 metros, la oscuridad total se transformó en una pantalla de cine y empecé a ver películas del lejano oeste en HD, muy nítidas. Después, empezó a pasar gente; curas que me miraban con cara rara, supongo que porque soy ateo. Me dio frío y busqué algo para cubrirme, que había dejado al lado de la silla. Pero, cuando me levanté, no sentí nada a mi alrededor y comencé a caer… Me vi en una estación del metro en Nueva York, cayendo, hasta terminar en el suelo del vagón. Quise agarrarme de los asientos, pero no había nada. Vi cómo mi cabeza golpeó el suelo y voló por el aire como una pelota de fútbol. Me di cuenta de que había dos personas agarrándome de los brazos y levantándome, y pensé: ‘Deben ser los milicos. ¿Qué les voy a decir?’. Pero era gente del pueblo, que me llevó de nuevo a la silla. Fue muy divertido. Son todas cosas que tienen que ver con mi historia, aunque para ellos es una forma de conectar con la selva, los animales, las plantas. No conocen otra cosa.
Una vez les conté que venía de Uruguay, pero no tienen ni idea qué es eso. Para ellos, todo lo que está por fuera de su territorio es Brasil. Creo que ni saben que la tierra es redonda. Pero tampoco traté de explicarles nada. Era así, y listo.
— En enero volvió a la Amazonia. ¿Cómo fue?
— Sí. Fui con mi esposa, que tiene 66 años. Queríamos viajar, comer y movernos como la gente de por ahí. Fuimos de Iquitos hasta Manaos en un barco de carga, de esos que paran en los pueblos y bajan mercadería, suben mercadería, bajan gente, suben gente. Primero bajamos de Iquitos hasta Leticia, al sur de Colombia, y ahí aprovechamos para adentrarnos y dormir en la selva. Estábamos en un territorio que pertenecía a cierta comunidad; nos llevaron hasta una cabaña y vino alguien a cocinar pirarucu (uno de los peces de agua dulce más grandes del mundo) con hojas de banana. Por la noche estábamos solos, no había nada. Y por la mañana llegó alguien con café y sándwiches. Después, volvimos para atrás y seguimos en barco desde Tabatinga hasta Manaus.
— ¿Qué cambió en usted tras conocer estos lugares y estas personas?
— No sé si volví cambiado, pero sí hubo algo que me impactó; algo que ya sabía, pero que hay que ver para sentirlo. Esa gente no tiene nada, pero no le falta nada. Vive el instante. Nosotros nos preocupamos mucho por lo que puede pasar y nos olvidamos de vivir el momento presente.
— ¿Cuál es la clave de su vitalidad? ¿Qué lo hace seguir buscando aventuras?
— Mientras pueda moverme, lo haré, porque aún hay cosas por descubrir. Hace dos años, por ejemplo, conocimos Payunia, al sur de Mendoza, un valle volcánico poco conocido que concentra alrededor de 800 volcanes. Prefiero eso a quedarme sentado en la arena. Tenemos una sola vida; no podemos simplemente mirar lo que está alrededor nuestro. Hay que ver más allá porque uno siempre aprende cosas de la gente que vive de otra manera; gente diferente a nosotros y al mismo tiempo igual.
— ¿Qué destinos planea visitar de acá en adelante?
— Me gustaría hacer la Ruta 40 de Argentina en moto, pero no sé cuándo se dará. Ahora soy abuelo —en diciembre nació mi primer nieto—, así que a lo mejor me tranquilizo un poco. Tengo una exposición de fotos en Bruselas en marzo, luego veré a mi hijo que vive en Francia, después iré a Polonia, donde está una de mis hijas, y de ahí viajaré a San Pablo, donde vive la otra. Así que igual serán meses movidos.
— Siempre vuelve a La Paloma. ¿Por qué?
— Nunca me olvidé de Uruguay. Mi lugar es La Paloma. No hay otro. Cuando volví en los ‘90 me encontré con que nada había cambiado: los colores, los olores, el ambiente, todo era igual a lo que había conocido cuando era niño. Y me di cuenta que soy de La Paloma. Cuando vuelvo, soy feliz.
Una vida dedicada a viajar, sacar fotos y contar historias
A Denis siempre le gustó la fotografía. Aprendió en una escuela en Bélgica —cuando aún se trabajaba en analógico— y en los ‘70 viajó mucho a Estados Unidos y conoció personalidades como Santana, Lou Reed, David Bowie, Iggy Pop, Queen, los Ramones y Blondie. Sacaba fotos para revistas y agencias de prensa. En marzo expondrá estos recuerdos en la galería belga Louise Linthout y también muestra sus fotografías en www.robertodenis.com y en Instagram.
Además de sacar fotos, se dedicó al periodismo en la Radio Télévision Belge Francophone (RTBF). Se presentó al examen de ingreso sin haber estudiado nada y aún así lo eligieron. “Mi padre me alentó desde chico a leer el diario desde la primera hasta la última página. Para entrar como periodista, había que saber quién había ganado el Tour de Francia, quién había ganado las elecciones en los años 50, por qué el rey había abdicado. Todo eso lo sabía. No sabía que lo sabía, pero lo sabía. Simplemente por leer el diario, por ser curioso”, contó.
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