Beber para encajar: por qué el consumo de alcohol juvenil no solo depende de una decisión personal

Un estudio con 924 universitarios analiza cómo influyen los factores personales, familiares y sociales en el consumo de alcohol y otras sustancias durante la vida universitaria.

Personas bebiendo alcohol.
Personas bebiendo alcohol.
Foto: Freepik.

The Conversation*
Cada fin de semana, miles de estudiantes universitarios consumen alcohol como parte de su vida social.

En una etapa de cambios profundos (a menudo, abandonar el hogar familiar, ampliar su círculo social, adquirir mayor autonomía y afrontar nuevas exigencias académicas y personales), el alcohol suele estar presente en buena parte de las actividades de ocio hasta convertirse, en ocasiones, en un elemento casi habitual de la vida universitaria.

¿Es una decisión personal? ¿Beben alcohol los universitarios porque quieren o es algo más complejo? Nuestro estudio analizó los factores asociados al consumo de alcohol y otras sustancias psicoactivas en una muestra de 924 estudiantes. Los resultados indican que estas conductas no dependen únicamente de la voluntad de cada persona, sino de la interacción entre factores personales, familiares y sociales.

Qué variables influyen

Variables como el sexo, el nivel socioeconómico o el contexto familiar aparecen relacionadas con diferentes patrones de consumo.

Por ejemplo, los hombres presentan una mayor frecuencia y niveles más elevados de ingesta, así como una mayor participación en actividades de ocio vinculadas a estas sustancias. Además, los estudiantes de familias con menores ingresos presentan mayores niveles de consumo de alcohol. En cambio, los estudiantes de niveles socioeconómicos más altos consumen menos, aunque participan con mayor frecuencia en actividades y contextos de ocio y socialización en los que el alcohol y otras sustancias están más presentes.

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Foto: Freepik.

También encontramos diferencias relacionadas con la formación de los progenitores. Un mayor nivel educativo de las madres se asocia con una menor tendencia de los jóvenes a entender el alcohol como una forma de relacionarse socialmente. En cambio, la mayor formación de los padres no tiene este efecto, sino casi el inverso.

El peso del grupo

El entorno social también puede favorecer el consumo. Cuando los jóvenes perciben que el alcohol ayuda a divertirse, desinhibirse, sentirse aceptados, reducir el estrés o relacionarse mejor con los demás, la bebida puede adquirir una función que va más allá de sus efectos físicos y se percibe como una manera de relacionarse e integrarse.

A veces, no se bebe para emborracharse, sino para encajar y formar parte del grupo. Cuando el alcohol forma parte habitual de las reuniones y celebraciones, rechazarlo puede hacer que algunos jóvenes se sientan diferentes o fuera del grupo. De este modo, beber puede convertirse en una forma de participar en la vida social y sentirse parte del grupo, aunque se conozcan los riesgos asociados al consumo.

Más allá de las consecuencias negativas

Por esta razón las campañas centradas exclusivamente en informar sobre los riesgos del alcohol suelen tener un impacto limitado. La mayoría de los estudiantes conoce las consecuencias negativas para la salud, pero esa información no siempre basta para modificar la conducta cuando el entorno social transmite el mensaje contrario.

Además, la influencia familiar sigue siendo importante. Comprender esta diversidad ayuda a evitar explicaciones simplistas y favorece el diseño de estrategias preventivas más adaptadas a la realidad del alumnado.

La universidad también puede prevenir

Las estrategias preventivas más eficaces deberían promover competencias personales y sociales como la gestión emocional, el pensamiento crítico, la toma de decisiones o la capacidad para afrontar la presión del grupo.

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Foto: Stock Adobe.

Impulsar programas estables de promoción de la salud y ofrecer alternativas de ocio saludable puede contribuir a crear entornos universitarios más protectores y favorecer estilos de vida más saludables.

Comprender para actuar

Reconocer esta complejidad no significa restar responsabilidad individual, sino entender que las soluciones también deben ser colectivas. Si queremos reducir las conductas de riesgo en la universidad, no basta con pedir a los jóvenes que tomen mejores decisiones. También debemos construir entornos que favorezcan esas decisiones y situar la promoción de la salud como una prioridad dentro de la educación superior.

Porque cambiar esta realidad no depende solo de que los jóvenes decidan consumir menos, sino de que todos asumamos que el bienestar también se aprende, se promueve y se construye.

*Mª Isabel Amor Almedina
Profesora Titular Universitaria. Departamento de Educación, Universidad de Córdoba

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