Las personas, además de comer para nutrirnos, lo hacemos por placer y en respuesta a distintos tipos de emociones. Eso significa que no todo el hambre es físico: también podemos sentir necesidad de comer por una cuestión emocional. Por eso, es importante diferenciarlos y preguntarnos qué es lo que realmente sentimos, sin juzgarnos ni buscar tener el control.
El hambre emocional aparece cuando utilizamos la comida para regular las emociones, ya sea que se trate de estrés, ansiedad, aburrimiento, enojo, soledad o cansancio. La comida se convierte en una especie de anestesia que puede “servirnos” para no pensar, no decir y no sentir. Si bien este “atajo” no es saludable y no debe hacerse de manera sostenida, también es cierto que el cerebro ya encontró una forma rápida y efectiva de dar alivio y ahora hay que re-educarlo para dirigirlo por una vía más saludable.
Comer activa el sistema de recompensa, libera dopamina (el neurotransmisor que regula el placer) y baja la tensión. Es decir que “funciona” para tapar o aliviar emociones y, justamente por eso, aprendimos a repetirlo una y otra vez.
Pero el problema no es que exista hambre emocional, sino que no sepamos reconocerlo cuando sucede. Cuando uno no lo registra y entra en piloto automático, se convierte realmente en un problema: come y logra un alivio momentáneo, pero enseguida siente culpa y vuelve a la restricción que aumenta la ansiedad y así también la necesidad de comer.
Es en esta parte del ciclo que aparece una frase muy dañina: “No tengo fuerza de voluntad”. Pero no es eso. Lo que en verdad sucede es que se desreguló el sistema nervioso y el cerebro aprendió a recompensarlo con comida. Y el cerebro aprende por repetición.
La ansiedad juega un rol fundamental en el ciclo del hambre emocional. Cuando hay ansiedad, el cerebro entra en “modo alerta” y el cuerpo interpreta que hay una “amenaza”; por lo tanto, buscará alivio rápido al interpretar que no puede esperar. La comida, en este sentido, encastra perfecto porque es una de las herramientas más accesibles que tenemos. Entonces, cuando uno come sin poder parar, no es porque no pueda controlarse, sino porque su cerebro prioriza sobrevivir y salir de la incomodidad a través del modo conocido: la comida.
Hay algo más que pocas veces se dice: a mayor intento de control, peor se pone la restricción física y mental, mayor ansiedad aparece y nuevamente aumenta la urgencia por comer. Y después uno se pregunta por qué “no puede parar”.
Para reconocer el hambre emocional, pueden tenerse en cuenta una serie de patrones generales, teniendo en cuenta siempre que cada caso es particular y que ante cualquier duda hay que consultar con un profesional. Estos son: aparece de golpe, como urgencia; no se calma con cualquier comida, suele ser algo específico (dulce, grasa, azúcar); no hay señales físicas claras (ruido de panza, vacío, etcétera); y después de comer no hay satisfacción sino culpa o más necesidad.
Lo anterior puede ser de ayuda para comenzar a observarse en un contexto en el que todavía se habla muy poco, sin dejar de tener presente que el hambre emocional nunca desaparece, como así tampoco las emociones que nos conducen a utilizar la comida como herramienta de gestión. En cambio, lo que sí comienza a suceder cuando uno aprende a reconocerlo es la aparición de nuevos recursos para abordarlo.
Entonces, en vez de preocuparnos por saber cómo dejar de comer por ansiedad, se puede comenzar preguntando: “¿Qué me está pasando que necesito esto ahora?”. La respuesta puede venir por cansancio, estrés, porque uno no frenó en todo el día, porque hay algo que no dijo y está “guardando”, o porque simplemente necesita un momento para sí mismo y no se lo permitió.
Aunque ahora uno sepa todo esto, también puede ocurrir que busque la comida para calmar alguna emoción (aun sabiendo que no es la mejor opción), y no debería culparse. Cuando comenzamos a reconocer este tipo de hambre, también surgen nuevas formas de regulación con el fin de que la comida deje de ser la herramienta principal para alcanzarlo.
Es muy importante que registremos cómo estamos comiendo. Si es suficiente o no y si hay restricciones o no, ya que a veces lo confundimos con hambre emocional, pero, en realidad, puede tratarse de una ingesta insuficiente de comida, o bien, de falta de momentos de placer. Es fundamental recordar que la comida tiene muchos significados en nuestra vida y, por eso, es clave que logremos convivir con ella en paz y permitirle que sea nuestra amiga.