¿Por qué hay personas a las que les cuesta mucho resistirse a un postre o a una bebida azucarada, mientras que otras no sienten la misma tentación? Una investigación realizada con cerca de medio millón de participantes sugiere que parte de la respuesta podría estar en la genética.
El estudio, elaborado a partir de información del Biobanco del Reino Unido, encontró que ciertas variantes genéticas se asocian con una mayor preferencia por los sabores dulces y grasos. Esa predisposición, a su vez, estaría relacionada con un consumo más frecuente de alimentos altamente palatables y con un mayor riesgo de desarrollar obesidad y diabetes tipo 2.
Para llegar a estas conclusiones, los investigadores combinaron datos genéticos con cuestionarios sobre alimentación y bases de datos que clasifican los alimentos según características sensoriales como el dulzor, el contenido de grasa o la salinidad. El objetivo era determinar si existían variantes del ADN vinculadas con determinadas preferencias gustativas.
Según explicó Julie Gervis, investigadora del Centro de Medicina Genómica del Hospital General de Massachusetts, los resultados indican que la tendencia a elegir ciertos alimentos no depende únicamente de la voluntad o de los hábitos adquiridos.
De acuerdo con la especialista, la predisposición genética podría ayudar a entender por qué algunas personas encuentran mucho más difícil reducir el consumo de bebidas azucaradas, frituras u otros alimentos ricos en azúcar y grasa.
Los científicos realizaron estudios de asociación del genoma completo (GWAS) para detectar variantes relacionadas con la preferencia por distintos sabores. Con esa información elaboraron una puntuación genética que reflejaba la predisposición de cada participante hacia alimentos dulces, grasos o salados.
Posteriormente analizaron si quienes obtenían puntuaciones más altas realmente consumían más alimentos con esas características y si presentaban diferencias en indicadores metabólicos. Para minimizar la influencia de otros factores, los análisis contemplaron variables como la edad, el sexo, la ascendencia genética y la cantidad total de calorías ingeridas.
Los resultados mostraron que quienes tenían una mayor predisposición genética hacia el sabor dulce consumían, en promedio, unos siete gramos adicionales de alimentos azucarados por día. Aunque esa diferencia parece pequeña, los investigadores señalan que, mantenida durante años, podría tener consecuencias sobre la salud.
Además, observaron que las personas con mayor predisposición genética hacia los sabores dulces y grasos tendían a presentar un peso corporal más elevado y un ligero aumento del riesgo de desarrollar diabetes tipo 2. Según los autores, esta relación estaría mediada principalmente por un mayor consumo de alimentos hiperpalatables.
Los investigadores consideran que comprender cómo influyen los genes en las preferencias alimentarias podría abrir nuevas posibilidades para la prevención.
En lugar de aplicar las mismas recomendaciones a toda la población, este tipo de información permitiría identificar a quienes presentan una mayor vulnerabilidad y ofrecer estrategias nutricionales adaptadas a sus características.
No obstante, los autores subrayan que la genética representa solo una parte de la ecuación. El entorno, la educación alimentaria, la disponibilidad de alimentos y los hábitos cotidianos siguen desempeñando un papel determinante en la salud.
Actualmente, el equipo trabaja en confirmar estos resultados en otras poblaciones y en estudiar si las variantes genéticas relacionadas con otros sabores, como el amargo, el ácido o el umami, también influyen en la calidad de la alimentación y en el riesgo de enfermedades metabólicas.
Con base en El Tiempo/GDA