Redacción El País
En un contexto en el que la vida saludable suele asociarse a sacrificios extremos, dietas rígidas y rutinas difíciles de sostener, algunos especialistas vuelven a poner el foco en algo mucho más simple: los hábitos cotidianos. Entre ellos, uno tan común como sumar un tomate al plato cada día empieza a ganar atención por su impacto silencioso, pero sostenido, en la salud.
El médico y divulgador Camilo Echeverri impulsó este gesto sencillo a través de redes sociales. Su propuesta —consumir un tomate por día— se volvió viral al vincular ese hábito con mejoras visibles en distintos sistemas del organismo, desde la circulación sanguínea hasta la digestión.
Detrás del tomate hay un componente clave: el licopeno, el antioxidante responsable de su característico color rojo y uno de los más estudiados por la ciencia. Investigaciones internacionales lo asocian con la reducción del daño celular provocado por los radicales libres, un proceso ligado tanto al envejecimiento como al desarrollo de enfermedades crónicas.
Estudios realizados en Europa, entre ellos uno publicado en el European Journal of Preventive Cardiology, analizaron a más de 7.000 personas y encontraron que quienes consumían tomate y productos derivados de forma regular presentaban mejores valores de presión arterial y un menor riesgo de hipertensión.
Los investigadores explican que el licopeno actúa sobre mecanismos que regulan la producción de angiotensina, una proteína relacionada con el aumento de la tensión arterial. A este efecto se suman otros nutrientes presentes en el tomate, como los flavonoides y la vitamina C, conocidos por su acción antioxidante y antiinflamatoria.
Según las mismas evaluaciones epidemiológicas, el consumo habitual de este alimento también se ha vinculado con una menor incidencia de accidentes cerebrovasculares y enfermedades cardiovasculares, reforzando su rol dentro de una alimentación protectora del corazón.
Beneficios que van más allá del sistema circulatorio
El aporte del tomate no se limita al cuidado cardiovascular. Gracias a su contenido de vitamina A, luteína y zeaxantina, también contribuye a la salud visual, ya que estos compuestos protegen la retina y ayudan a prevenir el deterioro asociado al paso del tiempo.
Desde el punto de vista digestivo, su alto porcentaje de agua y fibra favorece el tránsito intestinal y ayuda a prevenir el estreñimiento. Además, su bajo aporte calórico lo convierte en un aliado frecuente dentro de planes de alimentación equilibrados.
El tomate también aporta ácido fólico, un nutriente involucrado en la producción de serotonina, sustancia relacionada con el estado de ánimo. Por eso, algunos especialistas asocian su consumo regular con una sensación general de bienestar cuando forma parte de una dieta variada.
Cómo consumir tomate para aprovechar sus propiedades
La forma de preparación influye en la absorción de sus nutrientes. Los expertos señalan que el licopeno se asimila mejor cuando el tomate está cocido o triturado y acompañado de grasas saludables, como el aceite de oliva. En cambio, cuando se consume crudo, conserva mayor cantidad de vitamina C.
De todos modos, no está exento de precauciones. En personas con sensibilidad gástrica, reflujo o antecedentes de cálculos renales, su acidez y contenido de oxalatos pueden generar molestias, por lo que se recomienda moderar su consumo y adaptarlo a cada caso.
Incluir tomate a diario se alinea con las recomendaciones internacionales que promueven una alimentación rica en frutas y verduras. En un escenario donde la salud suele parecer un objetivo complejo, algunos especialistas recuerdan que, a veces, los cambios significativos empiezan con decisiones pequeñas y repetidas… incluso con algo tan cotidiano como lo que se pone en el plato.
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