Durante años, la balanza fue mi jueza suprema. Subirme cada mañana era un ritual tan cargado de expectativa como de culpa. Si el número bajaba, mi humor subía; si aumentaba, el día arrancaba cuesta arriba. Esa dependencia se disfrazaba de “control”, pero en realidad era una relación completamente tóxica: yo ponía mi bienestar emocional en manos de un aparato que solo mide la gravedad.
Lo curioso es que no lo hacía por vanidad, sino por hábito. Me habían enseñado que estar bien significaba pesar menos. Y durante mucho tiempo lo creí, hasta que un día el cuerpo decidió avisarme (sin palabras) que esa ecuación ya no tenía sentido. Todas estas son palabras de Marina, una mujer de 44 años.
La balanza no te contó
Después de los 40, el cuerpo cambia de idioma y la balanza se queda muda. El metabolismo se desacelera, las hormonas se desordenan, el estrógeno y la progesterona comienzan su retirada y la masa muscular (esa estructura silenciosa que te da fuerza, firmeza y estabilidad) empieza a disminuir si no la proteges.
Todo eso pasa mientras vos seguís haciendo las cosas “bien”: comiendo saludable, entrenando, durmiendo como podés, y aun así, la balanza no te devuelve el aplauso que esperabas.
El número puede subir incluso cuando tu cuerpo está más fuerte, más eficiente y más sano que nunca. Porque lo que cambia no es solo el peso, es la composición corporal.
Podés tener menos grasa, más músculo y más vitalidad, y aun así ver que el número se mueve hacia arriba. Lo que pasa es simple: la balanza mide kilos, no bienestar.
Mito: menos es mejor
Nos educaron con una narrativa peligrosa: si bajás de peso, vas por buen camino; si subís, estás fallando. Pero el cuerpo femenino después de los 40 no funciona con esa lógica binaria.
La salud hormonal, el equilibrio del sueño, la energía mental y la respuesta al estrés pesan mucho más que cualquier cifra en pantalla. Pesar menos no siempre significa estar mejor; de hecho, muchas veces significa lo contrario. ¿Cuántas veces bajaste unos kilos y te sentiste más cansada, más irritable, con hambre todo el día o sin energía ni para subir una escalera? Porque lo que estabas perdiendo no era solo grasa: era músculo, estabilidad y capacidad de recuperación. Y eso, a esta altura, es perder poder.
Los errores que seguimos repitiendo (aunque ya sepamos que no funcionan):
* Pesarte todos los días. La idea de “controlar” se vuelve obsesiva. Pero el cuerpo fluctúa constantemente: agua, inflamación, ciclo hormonal, retención, digestión; todo cambia, y esperar que el número sea lineal es como pedirle al clima que no varíe.
* Compararte con tu yo del pasado. Si en tus 30 corrías 10k y ahora no, no es porque estés “peor”, es porque estás distinta. Tu cuerpo cambió prioridades y si insistís en medirlo con el espejo retrovisor, lo único que vas a ver es frustración.
* Pensar que el cardio es la salvación. El exceso de cardio sin fuerza desgasta, no transforma. Quema músculo, aumenta el cortisol y perpetúa la fatiga. Y sin músculo, no hay metabolismo que aguante.
* Reducir calorías como respuesta automática. Comer menos ya no es sinónimo de adelgazar. Es sinónimo de estresar al cuerpo, que responde aferrándose a lo que tiene y apagando tu energía vital.
Otro idioma
El cuerpo después de los 40 no te traiciona, te informa. Lo que pasa es que aprendimos a escucharlo con traductores obsoletos.
Nos acostumbramos a interpretar todo en términos de peso, cuando en realidad los indicadores reales de progreso son otros: cómo dormís, cómo está tu digestión, si tenés energía sostenida durante el día, si tu mente está clara o nublada, si sentís fuerza o debilidad, si tu cuerpo se recupera o se agota. Ese es el nuevo lenguaje que importa, el que no entra en una balanza pero dice mucho más sobre vos que cualquier número.
Medir el progreso real implica salir del blanco y negro y empezar a mirar las zonas intermedias. No se trata de ignorar los datos sino de elegir los que importan. Hay formas concretas de evaluar la salud sin depender del peso: fuerza, masa magra, circunferencias, energía, descanso, composición corporal. Pero sobre todo, hay una forma más honesta: observarte. Sentir cómo respondés. Notar qué cambia cuando comes mejor, cuando descansas bien, cuando te moves con placer y no con castigo. Esos son los datos que no mienten.
Dejar de depender de la balanza no significa dejar de cuidarte. Significa cuidarte mejor, con menos miedo y más conciencia. Es soltar la obsesión por el número y recuperar el vínculo con tu cuerpo desde otro lugar.
Cuando entendes que el bienestar no se mide en kilos, sino en vitalidad, la relación con vos cambia. Y lo que antes era una lucha diaria se convierte en una conversación más amable.
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