El atún es un pez de agua salada que suele consumirse tanto fresco como enlatado, una opción frecuente por su practicidad y mayor duración.
Además de ser un producto accesible, se integra fácilmente en distintas preparaciones, lo que lo convierte en una alternativa habitual para resolver comidas rápidas, especialmente a la hora de la cena.
Desde el punto de vista nutricional, el atún aporta minerales como calcio, magnesio y selenio. Según la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, estos nutrientes cumplen funciones importantes en el organismo: contribuyen a proteger las células, aportan energía, fortalecen el sistema inmunológico, favorecen la función tiroidea y apoyan el metabolismo gracias a su contenido de vitaminas del complejo B. A esto se suma su aporte de proteínas, que intervienen en la reparación muscular.
Otro de sus componentes destacados es el Omega-3, un ácido graso asociado a la salud cardiovascular. Entre sus efectos, se encuentra la reducción de triglicéridos y colesterol, la disminución de la presión arterial y la prevención de infartos y accidentes cerebrovasculares.
En el contexto de la cena, el atún presenta características que lo vuelven especialmente adecuado. Se trata de una proteína magra que puede contribuir a la reparación de tejidos y al mantenimiento de la masa muscular durante la noche, momento en que el cuerpo entra en procesos de recuperación.
Además, es un alimento bajo en calorías —sobre todo cuando se consume al natural— y con alto poder saciante. Esto puede ayudar a controlar el apetito nocturno, especialmente en quienes cenan tarde o buscan evitar colaciones después de la última comida del día.
Por otra parte, la Clínica Universidad de Navarra señala que el atún contiene triptófano, un aminoácido vinculado a la producción de serotonina y melatonina, lo que podría favorecer el descanso nocturno.
De todos modos, en el caso del atún en lata, se recomienda moderar su consumo debido a la presencia de sodio y conservantes, utilizados para prolongar su vida útil.