Pilar Laborde*
La vuelta de las vacaciones suele ser un momento sensible para muchas familias. Después de días de mayor flexibilidad, descanso y disfrute compartido, retomar los horarios, las obligaciones y las responsabilidades cotidianas puede generar tensiones, cansancio y cierta resistencia, tanto en los niños que siguen de vacaciones como en los adultos que suelen volver rápidamente al trabajo. Sin embargo, si este pasaje se transita de manera consciente, puede convertirse en una valiosa oportunidad de aprendizaje y crecimiento para todos.
Las vacaciones representan un tiempo indispensable para reconectar con el disfrute, con los vínculos y con las pequeñas cosas de la vida diaria. No es necesario hacer grandes planes, sino sencillamente cambiar el ritmo a la rutina habitual. Son un espacio fundamental para el descanso físico y emocional de todos los integrantes de la familia.
La psiquiatra infantil Natalia Trenchi, dice en su libro “Tus hijos hoy”, que la capacidad de disfrutar con flexibilidad pero sin excesos debería ser clave en el tiempo de vacaciones con niños. Es importante recordar que ser más flexibles durante las vacaciones no significa que todo esté permitido. Haber mantenido ciertos límites, hábitos básicos y pautas de convivencia favorece a que luego el regreso a la rutina no resulte tan brusco. La flexibilidad, entendida como capacidad de adaptación, no se opone al orden, por el contrario, lo complementa. No se trata de pasar del “todo vale” al “todo es obligación”, sino de integrar el tiempo del descanso y el del compromiso
Pero, así como el descanso es vital, también lo son el trabajo, la escuela y las rutinas. Estas estructuras organizan la vida, dan previsibilidad, sostienen la convivencia y favorecen el desarrollo personal y social de cada integrante de la familia.
Ayudar a los niños a comprender que en la vida hay tiempos diferentes —tiempos para descansar, para jugar, para aprender, para esforzarse y para cumplir responsabilidades— es un aprendizaje profundo. Comprender que cada etapa es necesaria, les permite integrar mejor los cambios, tolerar las transiciones y desarrollar una mayor flexibilidad emocional.
A su vez, este proceso fortalece a la familia, que también crece y se transforma a medida que cada uno de sus integrantes se desarrolla, gana autonomía y se abre al mundo. Como hemos mencionado en otra columna, es importante que en el tiempo de vacaciones se encuentre tiempo para que los niños desarrollen la capacidad de estar solos, ya que les permite autorregularse (tolerar momentos de quietud, espera y frustración), crear y jugar de manera más libre sin depender del adulto para cada paso, desarrollar la vida interna (pensamientos, fantasía, creatividad) y construir autonomía emocional.
Para acompañar este proceso, resulta clave anticipar y preparar a los niños para el regreso a clases. Volver de manera abrupta suele generar mayor resistencia y malestar. En cambio, si progresivamente retomamos horarios de sueño, ordenamos los espacios, preparamos mochilas, elegimos útiles juntos o armamos calendarios visibles, ayudamos a que la transición sea más amable y previsible. Dependiendo de las edades de los niños, también se los puede integrar a que poco a poco vayan cumpliendo con ciertas tareas del hogar, a modo de que puedan ir familiarizandose con algunas responsabilidades. Estos pequeños rituales cotidianos brindan seguridad, reducen la ansiedad y permiten que los niños se apropien activamente de este nuevo comienzo.
Acompañar a los niños con paciencia, comprensión y límites claros es esencial para que ese camino se transite con seguridad y bienestar. Una familia presente, atenta y afectuosa, crea las condiciones básicas para que el niño crezca confiado y seguro, y pueda transitar estos cambios de manera flexible, adaptándose a lo nuevo.
* Licenciada en Psicomotricidad, Magister en Psicología Sistémica
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