El calendario avanza y, casi sin darnos cuenta, el verano empieza a despedirse. Falta una semana para la vuelta a clases y en muchas casas el clima oscila entre la negación y el apuro.
Sin embargo, el regreso no debería vivirse como un corte abrupto sino como una transición. Preparar a niños y adolescentes para el fin de las vacaciones no es solo comprar útiles: es ordenar ritmos, expectativas y emociones.
Volver a ordenar el reloj biológico
Durante las vacaciones los horarios se flexibilizan. Se duerme más tarde, se desayuna sin apuro y las pantallas ganan terreno. A una semana del inicio conviene empezar a ajustar, de manera gradual, los horarios de sueño y vigilia.
No se trata de imponer un cambio drástico de un día para otro, sino de adelantar la hora de acostarse entre 15 y 20 minutos cada noche hasta alcanzar el horario escolar. Lo mismo con las comidas: recuperar horarios más regulares ayuda a que el cuerpo vuelva a sincronizarse.
En adolescentes, el desafío es mayor. Su ritmo biológico tiende naturalmente a dormirse más tarde. Aquí el diálogo es clave: explicar por qué el descanso impacta en la concentración y el estado de ánimo suele ser más efectivo que la orden seca.
Revisar rutinas sin dramatizar
La semana previa es ideal para ensayar la “rutina escolar” en versión liviana. Preparar la mochila, revisar uniformes o planificar los traslados reduce la ansiedad del primer día. Para los más chicos, anticipar lo que va a ocurrir —quién los llevará, a qué hora saldrán, qué pasará después— aporta seguridad.
Con adolescentes, puede ser útil sentarse juntos a revisar el calendario académico y las actividades extracurriculares. No para sobrecargar, sino para organizar. Preguntar cómo se imaginan el año, qué les entusiasma y qué les preocupa abre una puerta que muchas veces queda cerrada durante el ritmo vertiginoso del ciclo lectivo.
Qué sumar y qué restar
Sumar:
- Espacios de conversación breves pero frecuentes.
- Momentos de autonomía: que preparen su mochila o gestionen su agenda.
- Actividad física moderada para regular el estrés.
Restar:
- Exceso de pantallas en la noche.
- Comentarios negativos sobre la escuela delante de ellos.
- Sobrecarga de actividades desde el primer día.
El mensaje implícito es tan importante como el explícito. Si los adultos viven el regreso como una tragedia, los chicos lo perciben.
Hablar de lo que se viene
No todos esperan el inicio con la misma emoción. Algunos están entusiasmados; otros, preocupados. Validar lo que sienten —sin minimizar ni dramatizar— es fundamental. Frases como “es normal que tengas nervios” o “a muchos nos cuesta retomar” ayudan a poner en palabras lo que a veces aparece como irritabilidad o apatía.
En adolescentes, el diálogo debe ser respetuoso y directo. Más que interrogar, conviene escuchar. La vuelta a clases también implica desafíos sociales: reencuentros, vínculos, pertenencia.
El cambio empieza por casa
Preparar a los hijos también implica revisar la propia organización. Ajustar horarios laborales si es posible, coordinar traslados con anticipación y planificar comidas semanales reduce el estrés familiar.
La vuelta a clases no es solo de ellos: es de todo el sistema familiar. Si los adultos logran ordenar su agenda y bajar el nivel de urgencia, el clima en casa será más sereno.
La clave está en comprender que no se trata de “terminar las vacaciones”, sino de iniciar una nueva etapa. Con previsión, diálogo y pequeños ajustes graduales, el regreso puede vivirse no como un choque, sino como una transición cuidada hacia un nuevo comienzo.
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