La escena dura apenas unos segundos. Pero alcanza para entender el terror. Un auto detenido. Tres mujeres gritando. Un hombre colgado del capot, golpeando el parabrisas con los puños. Y una frase que ya escuchamos demasiadas veces antes de un femicidio o de un episodio violento: “Sos mía o de nadie”.
Ocurrió en Concepción, Provincia Argentina de Tucumán. El agresor tenía una restricción perimetral vigente y aun así persiguió a su ex pareja en plena calle, se abalanzó sobre el vehículo e intentó obligarla a detenerse mientras gritaba amenazas. La secuencia fue grabada por las propias víctimas y rápidamente se viralizó. El hombre, identificado como Carlos Luciano Nieva, de 35 años, fue finalmente detenido. Pero lo verdaderamente inquietante no es solo el episodio. Es la historia detrás del episodio.
La mujer contó que había sido pareja de él durante apenas un año, cuando ella tenía 16. Hoy tiene 32. Es decir: más de quince años después, el hostigamiento continúa. Según denunció, durante años recibió mensajes, amenazas, persecuciones, llamados desde números falsos, vigilancia de sus movimientos cotidianos y ataques constantes aun existiendo medidas judiciales de protección.
Y hay algo profundamente perturbador en eso: la imposibilidad de aceptar que el otro es un sujeto separado.
Porque detrás de muchas violencias obsesivas no hay amor. Hay posesión. No hay vínculo. Hay apropiación. No hay deseo de compartir la vida con alguien. Hay necesidad desesperada de controlar su existencia.
Desde la psicología, algunos de estos perfiles presentan rasgos celotípicos o erotomaníacos. La celotipia implica una convicción obsesiva de pérdida o traición, aun sin evidencia real. La erotomanía, en sus formas más graves, aparece cuando una persona construye una creencia delirante de pertenencia emocional sobre otra, interpretando cualquier límite como una provocación o una injusticia personal.
En estos casos, la ruptura no se vive como un duelo afectivo normal. Se vive como una humillación narcisista intolerable. Y ahí aparece uno de los componentes más peligrosos: la idea de propiedad.
“Sos mía”. No “te amo”. No “no puedo olvidarte”. “Sos mía”. La frase no habla de amor. Habla de dominio, de posesión.
Muchos agresores de este tipo no soportan la autonomía emocional de la otra persona porque sienten que perder el control equivale a perder identidad, poder o valor personal. La independencia del otro es vivida casi como un ataque psicológico. Por eso suelen intensificar la vigilancia, el hostigamiento y la violencia cuando la víctima intenta alejarse, inclusive 15 años después.
Y aunque desde afuera muchas personas preguntan:
“¿Por qué no se fueron?”
“¿Por qué no llamó a la policía?”
“¿Por qué no aceleraron?”
La neuropsicología del trauma tiene respuestas muy claras para eso: Cuando una persona percibe una amenaza extrema, el cerebro activa automáticamente sistemas de supervivencia. Solemos pensar únicamente en la respuesta de lucha o huida. Pero existe una tercera respuesta igual de frecuente: la parálisis.
El sistema nervioso entra en un estado de bloqueo defensivo. El cuerpo se congela. El pensamiento se vuelve confuso. Las decisiones simples dejan de ser simples.
Por eso, las jóvenes dudan, gritan, se contradicen: “Llamá a la policía”. “No, seguí”. “Pará”. “Acelerá”, “No sé qué hacer”.
Eso es un cerebro intentando sobrevivir bajo amenaza.
Durante situaciones de terror intenso, estructuras como la amígdala cerebral, encargada de detectar peligro, aumentan drásticamente su actividad, mientras áreas vinculadas al razonamiento y la planificación, como la corteza prefrontal, disminuyen su funcionamiento. El resultado es un organismo orientado exclusivamente a sobrevivir, no a pensar estratégicamente.
Muchas víctimas de violencia recuerdan esos momentos como escenas lentas, confusas o irreales. Algunas no logran moverse. Otras no pueden gritar. Otras obedecen automáticamente al agresor. No porque quieran. Sino porque el miedo extremo altera literalmente la capacidad de respuesta.
Y esto es importante decirlo porque todavía existe una mirada social profundamente injusta hacia las víctimas: se les exige lucidez en el momento exacto donde el cerebro pierde capacidad de actuar con claridad.
Otro aspecto alarmante del caso es la persistencia del hostigamiento aún con restricción perimetral. Porque las medidas judiciales son fundamentales, pero no alcanzan cuando existe una estructura obsesiva y paranoide grave detrás.
La violencia más peligrosa no suele ser impulsiva. Suele ser repetitiva. Persistente. Escalatoria.
Empieza con mensajes. Sigue con vigilancia. Después aparecen amenazas. Luego persecuciones. Y muchas veces termina en tragedia.
Por eso es tan importante dejar de romantizar ciertas formas de obsesión afectiva que culturalmente todavía se confunden con intensidad amorosa y cuidado.
No es amor que alguien controle tus horarios.
No es amor que alguien te siga.
No es amor que alguien no tolere tu autonomía.
No es amor que alguien crea que tu vida le pertenece.
El amor sano acepta la existencia separada del otro. La violencia no.
Y quizás una de las imágenes más dolorosas de este caso no sea el hombre golpeando el vidrio. Sino el terror absoluto de esas mujeres atrapadas sin saber cómo salir de ahí.
Porque el miedo paraliza, la violencia invade el cuerpo antes que las palabras.
Y porque muchas veces las víctimas sobreviven en estados de terror que dejan marcas invisibles durante años.
Lo verdaderamente alarmante no es solo que un hombre haya quedado colgado de un auto gritando amenazas en plena calle. Lo alarmante es todo lo que ocurrió antes para llegar hasta ahí.
Quince años de hostigamiento no empiezan un día de golpe. Se construyen lentamente, en una cultura que todavía confunde control con amor, obsesión con intensidad y celos con demostración afectiva.
Por eso estos casos no deberían leerse únicamente como episodios policiales. Son también escenas clínicas y sociales. Nos obligan a preguntarnos por qué todavía hay personas que creen tener derecho sobre la vida emocional de otro ser humano. Y por qué seguimos exigiéndoles a las víctimas calma, lógica y reacción en el exacto momento en que el cerebro entra en modo supervivencia.
Tal vez una de las tareas más urgentes sea dejar de enseñar que amar es poseer. Nadie debería crecer creyendo que separarse de alguien te habilita a destruirlo.