¿Ser feliz hace que una persona tenga más ganas de formar una familia o de agrandarla? Una investigación realizada por especialistas del Instituto Latinoamericano de la Familia (Ilfarus) de la Universidad de La Sabana y de la City University of New York encontró una asociación entre ambas variables. Pero también advirtió que el vínculo cambia según la cantidad de hijos que ya se tengan.
El trabajo analizó información de 16.474 personas de 11 países: Argentina, Australia, Canadá, Chile, Colombia, Francia, Irlanda, México, Perú, Reino Unido y Estados Unidos. A partir de datos recogidos por la consultora Ipsos, los investigadores buscaron responder una pregunta que, según explicó Andrés Salazar, integrante de Ilfarus, había recibido poca atención hasta ahora: no solo cómo se relaciona la llegada de un hijo con la felicidad, sino también qué papel tiene el bienestar personal en la intención de tener otro.
Para medir la felicidad, los participantes debieron ubicarse en una escala del cero al diez. Luego, las respuestas se agruparon en dos categorías: niveles bajos, de cero a cinco, y altos, de seis a diez. El 87,1% quedó en el segundo grupo, mientras que el 12,9% manifestó una valoración más baja de su felicidad.
Los investigadores también tuvieron en cuenta otras variables, como el sexo, la edad, la situación laboral y la presencia de una pareja estable. Además, analizaron por separado a quienes no tenían hijos, a quienes tenían uno, dos, tres y más de tres.
En términos generales, los resultados mostraron que las personas que se consideran más felices suelen manifestar mayores deseos de tener hijos. También se observó que las mujeres expresan una intención menor que los hombres y que, a medida que aumenta la edad, disminuyen las ganas de tener más hijos. La situación laboral también aparece vinculada con estas decisiones: quienes trabajan a tiempo completo tienen una mayor probabilidad de querer otro hijo.
Sin embargo, al observar cada grupo por separado, el panorama se vuelve más complejo. Entre quienes todavía no tienen hijos, la felicidad, la edad, el trabajo y tener una pareja estable son factores relevantes. Los más jóvenes manifiestan mayores deseos de convertirse en padres, mientras que las mujeres expresan una intención menor que los hombres. En este grupo, además, quienes viven en América Latina aparecen menos motivados a tener hijos que las personas de otras regiones.
El cambio más llamativo aparece en el grupo de personas con dos hijos. Allí, la felicidad y la existencia de una pareja estable dejan de tener un peso relevante. Las variables que continúan asociadas con la intención de tener más hijos son la edad y el sexo: las mujeres siguen manifestando menos deseos que los hombres y las personas mayores, menos que las jóvenes.
La relación entre felicidad y deseo de tener hijos vuelve a aparecer entre quienes ya tienen tres. En ese grupo, las personas que se consideran más felices manifiestan mayores intenciones de tener un cuarto hijo. La diferencia entre hombres y mujeres, no obstante, se mantiene.
Los autores subrayan que la felicidad no funciona de la misma manera en todas las etapas de formación familiar. Su asociación con el deseo de tener hijos parece más visible entre quienes no tienen ninguno o tienen uno, mientras que, a medida que aumenta la cantidad, otros aspectos —como las condiciones laborales y las responsabilidades de cuidado— podrían adquirir mayor peso.
De todos modos, el estudio tiene una limitación importante. Como los datos corresponden a una encuesta realizada en un único momento, no permite afirmar que sentirse más feliz provoque un mayor deseo de tener hijos, ni que ese deseo conduzca necesariamente a tenerlos. Para comprobar una relación de causa y efecto sería necesario seguir a las mismas personas durante varios años y observar cómo evolucionan sus decisiones.
Los resultados, por lo tanto, no ofrecen una fórmula para explicar quiénes quieren tener hijos ni cuántos desean tener. Sí aportan una perspectiva sobre una dimensión subjetiva que puede intervenir en las decisiones familiares y que, junto con las condiciones económicas y sociales, ayuda a comprender por qué las personas imaginan su futuro de maneras diferentes.
Con base en La Nación/GDA