¿Realmente aumenta la libido en primavera? Esto dice la ciencia sobre el sol, las hormonas y el deseo sexual

El mito del despertar sexual en primavera: lo que descubrió la ciencia sobre el eje piel-cerebro-gónadas, el olfato, la luz solar y otros aspectos sensoriales.

Pareja feliz en primavera
Pareja feliz en primavera.
Foto: Magnific.

Con la llegada de la primavera cambian muchas cosas a nuestro alrededor: aumentan las horas de luz, pasamos más tiempo al aire libre, usamos ropa más liviana y suelen multiplicarse los encuentros y las actividades sociales. Popularmente, además, la primavera está asociada al enamoramiento y al potencial aumento del deseo sexual. Pero ¿existe realmente una explicación científica para esa sensación de que, junto con la primavera, también “despierta” nuestra sexualidad?

La respuesta no es tan simple. Existen investigaciones que encontraron relaciones entre la exposición solar, determinadas hormonas sexuales y algunos aspectos de nuestro comportamiento. Sin embargo, hablar de deseo sexual involucra aspectos biológicos y psicológicos más complejos, y no puede quedar reducido a que unos días de sol aumentan automáticamente nuestra libido.

Uno de los trabajos más citados realizado por investigadores de la Universidad Médica de Graz (Austria) demostró que aquellos hombres con niveles suficientes de vitamina D presentaron niveles significativamente más altos de testosterona y superaron el índice de andrógenos libres por encima de aquellos con deficiencia de vitamina D.

A su vez, encontraron otra variación estacional acorde a la hipótesis principal: la vitamina D, la testosterona y el índice de andrógenos libres alcanzaron valores más bajos hacia el final del invierno europeo y más elevados durante el verano. El dato resulta interesante cuando pensamos en la influencia de las estaciones sobre nuestro organismo, pero recordando que se trató de una estudio observacional y transversal: encontró una asociación, pero no demostró que exponerse al sol o aumentar la vitamina D produce necesariamente un incremento de testosterona y, mucho menos, que esto se traduce de manera automática en mayor deseo sexual.

Pareja besándose
Pareja besándose al aire libre.
Foto: Freepik.

La piel también puede favorecer el aumento del deseo

Una investigación publicada en 2021 en Cell Reports fue todavía más lejos. Parikh y colaboradores estudiaron cómo la radiación ultravioleta B (UVB) podía influir sobre las hormonas sexuales y el comportamiento, y describieron un posible eje “piel-cerebro-gónadas”.

Gran parte de los mecanismos fueron estudiados en modelos animales. En ratones, la exposición a UVB produjo cambios en hormonas del eje hipotálamo-hipófisis-gónadas y en comportamientos vinculados con la sexualidad. Los investigadores también realizaron estudios en humanos: encontraron que la exposición solar se asociaba con mayores puntuaciones de pasión romántica en hombres y mujeres y observaron una correlación positiva con testosterona, especialmente señalada en los varones.

Es un hallazgo fascinante porque plantea que la piel no sería solamente una barrera que recibe la luz solar, sino que podría intervenir en mecanismos neuroendocrinos relacionados con nuestra conducta. Aun así, tampoco permite convertir el resultado en una fórmula de “más sol = más deseo”. La sexualidad humana es mucho más compleja.

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Pareja camina al aire libre.
Foto: Freepik.

El olfato: otra clave del deseo sexual

Hay otro sentido del que hablamos mucho menos cuando pensamos en erotismo: el olfato. Bendas, Hummel y Croy, investigadores de la Universidad Técnica de Dresde, publicaron en Archives of Sexual Behavior un estudio sobre la relación entre función olfativa y experiencia sexual en adultos. Los resultados mostraron asociaciones entre determinados aspectos de la capacidad olfativa y la experiencia sexual.

Esto no significa que existan aromas capaces de provocar deseo de manera automática ni valida las promesas comerciales de supuestas “feromonas humanas”. Pero sí recuerda algo importante: nuestra sexualidad es profundamente sensorial. El olor de una persona, de su piel o de un perfume puede quedar asociado a recuerdos, emociones y experiencias. Y la primavera, precisamente, es una estación en la que cambia enormemente el universo de estímulos que nos rodea.

En síntesis, sabemos que con la primavera no cambia solamente nuestra exposición al sol. Cambia nuestra vida cotidiana. Los días más largos modifican nuestros horarios y actividades. Pasamos más tiempo afuera, hacemos ejercicio, organizamos encuentros y tenemos mayor contacto social. También cambia nuestra relación con el cuerpo: utilizamos menos ropa, aumentan los estímulos visuales y táctiles y aparecen más oportunidades de encuentro.

Todo esto importa porque el deseo sexual es biopsicosocial. Las hormonas forman parte de la ecuación, pero también intervienen el estado de ánimo, el descanso, el estrés, la salud física y mental, los medicamentos, nuestra relación con el cuerpo, la calidad del vínculo y el momento vital que estamos atravesando.

Por eso, parte del famoso “efecto primavera” probablemente no tenga una única explicación hormonal. Puede ser el resultado de varias pequeñas modificaciones biológicas, psicológicas y sociales que ocurren al mismo tiempo.

La primavera puede favorecer el deseo sexual en algunas personas, pero no existe una regla universal. Una persona puede experimentar mayor deseo mientras la otra continúa exactamente igual, y ninguna de las dos respuestas es incorrecta. Además, el deseo no siempre aparece de manera espontánea En muchas personas es responsivo: puede surgir después de una conversación, un beso, una caricia, una fantasía, una situación de intimidad o cualquier estímulo que nuestro cerebro interprete como erótico o placentero.

Quizás resulte más interesante pensar que la primavera no funciona como un afrodisíaco natural, sino como un cambio de escenario que lo convierte en un terreno más favorable para que aparezca el deseo.

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