Qué le pasa al cerebro cuando no hacemos nada y por qué el aburrimiento ayuda a la memoria

El curioso experimento que reveló por qué nos cuesta pasar 15 minutos a solas con nuestros pensamientos y la sencilla pausa mental que recomiendan neurólogos para descansar.

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Hombre pensando.
Foto: Freepik.

Esperar el ómnibus, hacer una fila, viajar como pasajero o simplemente sentarse unos minutos sin nada que hacer. Hasta hace no tanto, esos pequeños momentos formaban parte de la vida cotidiana. Hoy, muchas veces alcanzan unos segundos de espera para sacar el celular y llenar el silencio con mensajes, videos, noticias o redes sociales.

La hiperconectividad hizo que los estímulos estén disponibles prácticamente en todo momento. Un estudio de NordVPN estima que las personas pasan en promedio 116 horas semanales conectadas a internet. Si se toma como referencia una esperanza de vida de 76 años, el cálculo equivale a unos 52 años conectados.

En este contexto, algunos especialistas llaman la atención sobre algo que puede parecer poco productivo: dejar la mente sin una tarea concreta durante unos minutos. El aburrimiento no siempre es una experiencia agradable, pero esos períodos de pausa pueden ofrecer al cerebro un espacio diferente al que encuentra cuando está permanentemente recibiendo información.

Luciana Barbosa, neuróloga del Hospital Sírio-Libanês, explica que actividades aparentemente pasivas, como mirar por una ventana, contemplar un paisaje, soñar despierto o caminar sin un destino determinado, pueden involucrar la llamada red neuronal por defecto.

Se trata de un conjunto de circuitos cerebrales relacionado con procesos como la memoria y el pensamiento abstracto. Según la especialista, también puede intervenir en la regulación emocional y en la posibilidad de encontrar nuevas respuestas frente a determinados problemas.

Desde esta perspectiva, no hacer nada durante unos minutos no equivale necesariamente a que el cerebro esté inactivo. La mente puede continuar trabajando de una manera distinta a cuando está concentrada en una tarea o recibiendo estímulos externos. “Hasta cierto punto, el aburrimiento es bueno porque nos hace cambiar; buscamos otra solución para ese momento de incomodidad”, señala Barbosa.

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Hombre haciendo nada junto a su mascota.
Foto: Archivo.

Que muchas personas tengan dificultades para tolerar esos momentos quedó reflejado en un experimento realizado en 2014 por investigadores de la Universidad de Virginia, en Estados Unidos. Más de la mitad de los participantes dijo no haber disfrutado permanecer entre seis y 15 minutos a solas con sus pensamientos, sin teléfono, papel ni otros elementos para distraerse.

En una segunda parte del experimento, los participantes podían administrarse una descarga eléctrica mientras permanecían sin otra actividad. Según los resultados citados, el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres eligió hacerlo al menos una vez.

El resultado llamó la atención porque muestra hasta qué punto puede resultar incómodo enfrentarse a un período sin estímulos. Arthur C. Brooks, profesor universitario y autor de Stronger and Stronger, plantea que una posible explicación está en aquello que aparece cuando desaparecen las distracciones: pensamientos, preocupaciones o incluso preguntas existenciales que normalmente quedan desplazadas por la actividad constante.

La psiquiatra y profesora de Afya Claudia Ketter observa algo similar en su práctica clínica. Según explica, algunas personas recurren al teléfono y a otras formas de distracción para reducir la exposición a pensamientos que les generan malestar. Por eso, una de las preguntas que utiliza con sus pacientes es qué hacen durante su tiempo libre. La respuesta puede aportar información sobre la manera en que una persona se relaciona con el descanso y con sus propios pensamientos.

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Representación del cerebro humano.
Foto: Freepik.

En el tratamiento de los trastornos de ansiedad, señala Ketter, una de las estrategias puede ser incorporar momentos de pausa y evitar el acceso permanente a información. El flujo constante de datos puede generar, según la especialista, una sensación de control que no necesariamente se corresponde con un mayor bienestar.

La misma lógica puede trasladarse a las vacaciones. Llenar cada jornada de actividades, entretenimiento y estímulos puede terminar haciendo que el descanso pierda precisamente aquello que lo define. Algunas personas vuelven de sus vacaciones sintiendo que no lograron descansar porque nunca dejaron de estar ocupadas.

Hay, sin embargo, una diferencia importante entre permitir unos minutos de pausa mental y permanecer durante largos períodos en una inactividad pasiva. Barbosa advierte que pasar demasiado tiempo en actividades pasivas también puede ser perjudicial para las capacidades cognitivas. Y distingue entre recibir estímulos y dejar que la mente divague.

Escuchar música o mirar televisión, por ejemplo, sigue aportando información al cerebro. En cambio, detenerse unos minutos, mirar por la ventana o caminar sin un objetivo específico puede ofrecer una experiencia diferente: un intervalo en el que no es necesario responder, consumir ni producir nada.

No se trata, entonces, de convertir el aburrimiento en una nueva obligación ni de demonizar el celular. La propuesta es más sencilla: recuperar algunos de esos pequeños espacios que quedaron vacíos y que hoy llenamos casi automáticamente. Permitir que la mente tenga, de vez en cuando, un momento sin instrucciones también puede ser una forma de descanso.

Con base en El Tiempo/GDA

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