A veces creemos saber perfectamente quiénes somos. Decimos qué haríamos ante determinada situación, qué cosas jamás permitiríamos o cómo reaccionaríamos frente a una traición, una discusión o el miedo. Hasta que algo sucede. Entonces aparece un gesto, una palabra dicha en otro tono o una decisión que no sabíamos que éramos capaces de tomar. Y entre lo que pensamos sobre nosotros mismos y lo que realmente hacemos puede abrirse un abismo.
Ese es el territorio que explora la psicoanalista y escritora Constanza Michelson en Microdramas. El peso de lo leve (Editorial Planeta), un libro que encuentra los grandes dilemas de la vida en escenas cotidianas y aparentemente insignificantes. Una pelea entre personas que se quieren, la necesidad de ser aceptados, la vergüenza o una decisión que nadie quiere tomar pueden convertirse, de pronto, en espacios donde se juega una verdad. En esta entrevista, Michelson reflexiona sobre la libertad, las decisiones y la posibilidad —a veces, compleja— de reparar.
— El libro habla de escenas cotidianas donde se filtra la verdad. ¿Qué es, para vos, “la verdad”?
— El microdrama tiene la cualidad de que actuamos no desde la teoría, no desde lo que pensamos, sino desde la ética, que es lo que realmente hacemos frente a lo que nos pasa. A diferencia de la ética, la moral es un libro escrito, uno que indica qué es lo malo y lo bueno, y qué hay que hacer. Hoy estamos inundados de moralina. A mí me gusta otra zona, que es lo que hacemos de verdad, lo que nos pasa de verdad. Luego, podemos pensar, reflexionar si estuvimos bien o mal, arrepentirnos.
— ¿Somos verdaderos cuando actuamos por impulso?
— No necesariamente. A veces actuamos desde los impulsos, sí, pero otras actuamos porque tenemos que hacerlo, habiendo pensado, pero después de actuar y ver las consecuencias podemos volver a pensar y reflexionar sobre lo que estuvo bien y lo que estuvo mal. El microdrama no es solo un impulso. Pueden ser escenas muy cotidianas donde tenemos que elegir. El autor Rüdiger Safranski describió a Adán y Eva como seres sin sexo y sin muerte, es decir, sin dilema, hasta que se presentó el primer “no”. Solo bastó ese “no” para que tengan un problema, un microdrama. Por lo tanto, la ley, la conciencia ética, nos exige a elegir. Aunque queramos seguir desnudos en el paraíso, tenemos que elegir. Y en ese mismo acto aparece la libertad y el mal. Ese espacio de libertad —terrible, porque a veces preferiríamos no tener que elegir— es donde nos enfrentamos al “¿y ahora qué hago?”.
— Entonces, ¿somos más verdaderos cuando tomamos decisiones?
— Ahí se juega nuestra verdad, pero no necesariamente nuestra única verdad. En la película Fuerza mayor (2014), una familia viaja a un centro de esquí en los Alpes franceses para pasar unos días de vacaciones. Todo parece perfecto y se llevan bien, hasta que, en un almuerzo, se produce una avalancha. Mientras la madre intenta proteger a sus hijos, el padre sale corriendo, pero pronto entienden que se trataba de una avalancha controlada para liberar de forma segura la acumulación de nieve. Eso pasó el primer día de vacaciones. ¿Qué hacés los siguientes siete días sabiendo que tu marido, el padre de tus hijos, reacciona así? ¿Cuál es la verdad? ¿Lo que pasó en ese segundo y te arruina el matrimonio para siempre o los 30 años previos donde siempre fue un buen tipo? El microdrama no es tanto ese momento de miedo total, sino los días después. ¿Cómo seguirá ese matrimonio? Nunca hablan del tema y hay una tensión brutal, hasta que —nunca se sabe si a propósito o no— se da la oportunidad de que el padre salve a la madre de algo más, y logra reivindicarse. Entonces, ¿cuál es la verdad? La que cada uno quiera. Puede ser el primer impulso o también puede ser la reparación. Uno puede elegir si quedarse con el rencor o dar la posibilidad de reparar.
— ¿Sirve para algo estar más atentos a los microdramas de nuestra vida? ¿Para actuar o relacionarnos mejor?
— Para nada. Seríamos unos hipocondríacos totales. Los microdramas son la vida misma. Y hay que estar atentos y no atentos al mismo tiempo, es decir, la medida justa entre hacernos los tontos y estar advertidos. Creo que la salud va por esa línea. Microdramas no es un libro de psicología ni de pedagogía; es, simplemente, un libro, una narración. Y la narración, para mí —si acaso sirviera para algo además del placer de la lectura—, permite ensanchar algo del mundo interno y digerir mejor ciertas situaciones. Hay algo en los relatos que posibilita transformar un acontecimiento, un dolor, una incomodidad, en una escena. A veces, cuando algo nos inquieta, podemos llamar a un amigo, contarle y, en ese acto de hacer un relato, salir de ahí, pasar a otra cosa. Si para algo sirven las palabras, es eso: para no quedarnos atrapados en el dolor.
— ¿Qué descubriste mientras escribías?
— Los libros siempre dejan restos: cosas que fuiste pensando en el camino, insinuaciones, ideas. Como la sesión de análisis, que no termina ahí. Uno sigue pensando, soñando… Y si hay algo que me quedó de este libro es la posibilidad de reparación, como en el caso de la película que mencioné antes. Por eso, en noviembre publicaré un pequeño ensayo llamado Border, que remite a cómo los bordes se han puesto duros, como fronteras, como muros, en vez de puentes. Todo el tiempo pienso en las escenas que escribí y en ese pequeño espacio de libertad donde podemos destruir, destruirnos, o no hacerlo, o hacer otra cosa. Esa es la zona de la ética, donde uno elige si salva algo o si se hunde.
La moral, desde luego, es un mapa que orienta una cultura. Es necesaria, pero no agota lo que nos pasa. La vida es más compleja, más sucia, más contradictoria. Y, además, la zona donde uno crece no es la moral, es la ética.