¿Por qué nos cuesta tanto permanecer en los vínculos y ante el primer conflicto dudamos de seguir en pareja?

El dilema de las parejas actuales: la delgada línea entre confundir el esfuerzo en el amor con el sacrificio, y la posibilidad de irse con la imposibilidad de quedarse.

Pareja discutiendo
Pareja de espaldas quitándose los anillos de matrimonio.
Foto: Magnific.

Una pareja discute. Uno dice algo que al otro le molesta, aparece una diferencia que no consiguen resolver y, antes de preguntarse qué hacer con ella, se instala otra pregunta: ¿tiene sentido seguir? Lo llamativo no es la discusión, que forma parte de cualquier relación, sino la rapidez con la que una dificultad se convierte en una pregunta por la continuidad del vínculo. Algo no funciona como esperábamos y alcanza para poner en duda todo lo demás.

Durante generaciones, quedarse en una relación fue un mandato. Los matrimonios se sostenían por los hijos, las apariencias, cuestiones económicas o porque separarse no era una opción, y se confundía la duración de un vínculo con su valor. Muchos crecimos mirando esas dinámicas: los silencios largos, las resignaciones, las personas que seguían juntas aunque hacía años que habían dejado de encontrarse. Frente a eso nos hicimos una promesa: nosotros no viviremos así. Pero no querer repetir una historia, no es sinónimo de haberla elaborado. Querer parecerse a los padres y hacer todo lo posible por no parecerse tienen algo en común: en los dos casos seguimos atados a ellos.

La palabra vínculo viene del latín vinculum, que significa lazo, pero también atadura, cadena. Nuestros abuelos vivieron el lazo y la cadena; nosotros, por miedo a la cadena, desconfiamos del lazo. Hablamos mucho de límites, de amor propio, de responsabilidad afectiva, y es un avance poder nombrar lo que antes se naturalizaba. Pero ¿en qué momento empezamos a confundir la posibilidad de irnos con la imposibilidad de quedarnos? Sabemos cada vez más sobre lo que no estamos dispuestos a tolerar y cada vez menos sobre lo que estamos dispuestos a construir.

Se dice que las relaciones tienen que fluir, que cuando alguien es para nosotros las cosas simplemente suceden. La promesa seduce, pero parte de un supuesto difícil de sostener: que el otro coincidirá con nosotros. Y el otro, justamente, es otro. Tiene una historia distinta, deseos propios, contradicciones, tiempos que no son los nuestros. Queremos encontrarnos con alguien diferente, pero cuando la diferencia se hace evidente pretendemos que desaparezca. Nos gusta que el otro tenga personalidad, siempre que no contradiga demasiado la nuestra.

Pareja
Pareja triste tomada de la mano.
Foto: Magnific.

Enamorarse tiene algo de esa ilusión: creemos descubrir al otro y, en parte, nos encontramos con nuestras propias expectativas. Con el tiempo aparece lo que no habíamos advertido, diferencias que parecían menores, maneras de pensar que no coinciden con lo que imaginábamos.

La desilusión se vive como una pérdida, y lo es: perdemos al otro que habíamos construido en nuestra fantasía. Pero esa pérdida es también la condición para conocer a la persona con la que efectivamente estamos. El amor no siempre termina cuando acaba la ilusión; a veces, recién ahí empieza la posibilidad de amar a alguien que no está hecho a la medida de nuestras expectativas y deseos.

Hay vínculos de los que hay que irse: los que lastiman, los que se sostienen a costa de la renuncia permanente de uno de los dos. Pero también hay relaciones que terminan porque no sabemos qué hacer con una dificultad. No todo conflicto es incompatibilidad, no toda decepción demuestra que nos equivocamos de persona y no todo lo que incomoda daña. Una de las confusiones de esta época es pensar el esfuerzo como lo contrario del amor y tomar el trabajo que pide una relación como prueba de que no funciona. Esforzarse no es sacrificarse: sacrificarse es renunciar sistemáticamente a uno mismo para sostener un vínculo; esforzarse es reconocer que hay conversaciones difíciles y que querer a alguien no alcanza si no podemos hacer algo con lo que nos separa.

Antes se idealizaba la permanencia; hoy, en ciertos discursos, se idealiza la capacidad de irse. Quedarse se lee como resignación e irse como amor propio. Son posiciones opuestas, pero comparten algo: las dos ofrecen una respuesta antes de que podamos hacernos la pregunta. Buscamos reglas generales para relaciones que siempre son singulares. No hay una cantidad de discusiones que indique cuándo separarse ni una medida universal del esfuerzo que vale la pena hacer por alguien. La cuestión no es aguantar más ni irse antes, sino poder distinguir qué estamos sosteniendo y por qué.

La pareja del comienzo deja de discutir y uno de los dos se queda pensando si tiene sentido seguir. A veces no lo tiene. Otras veces la discusión no muestra que el vínculo es imposible, sino que la forma en que vienen estando juntos ya no alcanza, y sostener una relación no es conseguir que nada cambie sino hacerle lugar a lo que cambia. Durante mucho tiempo creímos que si duraba, era amor. Ahora creemos que si cuesta, no lo es.

¿Encontraste un error?

Reportar
Te puede interesar