Crónicas de una adulta imperfecta: cómo soltar la exigencia extrema y atravesar los cambios con liviandad

La psicóloga Camila Suárez publicó su libro “Metamorfosis” y habló con El País sobre la importancia de aceptar la imperfección, ser menos duros con nosotros mismos y los demás, y recuperar el disfrute.

Mujer estresada
Mujer estresada se agarra la cabeza con las manos.
Foto: Magnific.

Un vínculo termina, una certeza se desarma, un proyecto deja de tener sentido o simplemente descubrimos que ya no somos quienes éramos. Cambiar es eso: abandonar territorios conocidos y aprender a habitar una versión de nosotros mismos que todavía no terminamos de reconocer. En Metamorfosis. Crónicas de una adulta imperfecta, la psicóloga Camila Suárez explora esos movimientos silenciosos que nos transforman y las preguntas que aparecen cuando la vida nos lleva por caminos que no habíamos previsto.

Suárez es licenciada en Psicología, trabaja en la clínica y se dedica a la divulgación en salud mental. Creó Domingo, un pódcast en el que reflexiona sobre los vínculos, el duelo, la identidad y los desafíos de la vida contemporánea. En su libro reúne experiencias personales y preguntas universales sobre la adultez, las rupturas, la búsqueda de sentido y la dificultad de aceptar que transformarse no siempre significa tener todo más claro. Con una escritura íntima y cercana, se acerca al lector desde un lugar horizontal: no como alguien que ya resolvió sus contradicciones, sino como una persona que también transita sus propios cambios.

— ¿Toda crisis es una oportunidad?
— Me peleo bastante con ese tipo de frases. El libro, en ese sentido, es contracultural. No sé, exactamente, si toda crisis es una oportunidad, pero sí sé que estamos en una época en la que parece que todo debiera dejarnos un aprendizaje, y rápido. Una época en la que creemos que debemos buscar nuestra mejor versión y ser perfectos, cuando, en realidad, la humanidad pasa más por el lado de la imperfección.

No sé si aquello que nos rompe nos deja, siempre, un aprendizaje. Sí nos cambia, nos modifica. Y en tanto podamos amigarnos con esa metamorfosis, podremos crecer. Hay una frase que me encanta, que dice: “Lo mejor que te puede pasar es que mires hacia atrás y no te reconozcas, porque eso significa que cambiaste, y si cambiaste significa que creciste”.

— En el libro te autodefinís como una “adulta imperfecta”. ¿Qué lugar ocupa hoy la exigencia de ser perfectos?
— Exigirse no siempre es malo. En mi caso, por ejemplo, me llevó a terminar una carrera, hacer un posgrado y escribir un libro. El problema está en los polos. Hoy vivimos bajo una lupa de exigencia extrema; nos hemos vuelto expertos en mostrarnos a través de filtros, perfectos, prolijos, y debemos tener cuidado con eso. Esta hiperexigencia provoca cierta dureza, cierta pérdida de ternura y suavidad, y eso se refleja en los vínculos, que son cada vez más hostiles y se disuelven con facilidad. Ya lo dijo Zygmunt Bauman cuando escribió Amor líquido. Eso es lo que más me preocupa: que no podamos tolerar la otredad, la diferencia, la alteridad. Que nos volvamos tan duros con nosotros mismos y con los demás.

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Psicóloga Camila Suárez junto a su nuevo libro: Metamorfosis. Crónicas de una adulta imperfecta.
Libro: Cortesía Camila Suárez.

— ¿Qué cambia cuando aceptamos nuestras imperfecciones?
— La imperfección es constitutiva de la subjetividad humana. Por eso, cuando abrazamos nuestras faltas, logramos la liviandad del espíritu. Entendemos que no estamos rotos, que no venimos con una falla de fábrica que debemos corregir. Hoy pareciera que hay que sanar todo, y lo cierto es que hay aspectos de nuestra personalidad, de nuestra vida, de nuestra humanidad que demorarán más en resolverse o que, incluso, permanecerán no resueltos. Somos seres incompletos.

— Cuando el objetivo deja de ser la perfección, ¿cuál es? ¿Qué nos mueve?
— Justamente, me considero una adulta imperfecta, pero muy exigente. La semana pasada mi psicóloga me sugirió que comenzara alguna actividad en la que no tuviera que ser buena ni competir, y volví a nadar después de muchos años. Entonces, me di cuenta de que estamos perdiendo el disfrute, el placer por el simple hecho de hacer. Estamos tan atravesados por la lógica de la productividad que una de las ganancias más lindas de amigarnos con la imperfección es el placer de hacer las cosas simplemente porque queremos. El “tengo que” refiere siempre a un mandato. Cuando, en cambio, empezamos a hablar desde lo que queremos, conectamos con nuestro deseo, sin medirnos con el otro o con lo que se espera de nosotros.

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