El uso excesivo de celulares y pantallas genera especial preocupación durante la adolescencia, una etapa en la que el cerebro todavía está en desarrollo.
Soledad Gutiérrez Eguía, directora de dos programas sociales de arte, observaba a diario cómo la exposición a los dispositivos afectaba a niños y adolescentes con los que trabajaba. A partir de esa experiencia decidió investigar el tema y trasladar sus conclusiones a un libro.
Así nació Querido adolescente, no es tu culpa, una guía dirigida a mayores de 12 años que tienen acceso a un celular o a cualquier otro dispositivo. La autora eligió escribirla como una carta, en lugar de plantearla como un ensayo o un manual para padres, con la intención de hablar directamente con quienes atraviesan esta etapa, sin recurrir a sermones.
Cómo surgió el libro
A partir de la pandemia, Gutiérrez Eguía comenzó a observar con mayor atención los efectos de la sobreexposición a las pantallas y a incorporar talleres para que los propios adolescentes tomaran conciencia sobre su uso.
Para elaborar el libro investigó informes nacionales e internacionales de organismos como la Unesco, Save the Children y Unicef, y entrevistó a especialistas de la salud, psicólogos y psiquiatras.
Una de las cuestiones que más llamaba la atención de los adolescentes era descubrir que el uso de las pantallas podía convertirse en un problema de adicción. A partir de esa reacción, la autora decidió presentar las investigaciones de una manera que resultara atractiva para los jóvenes.
Por qué los adolescentes son especialmente vulnerables
El cerebro adolescente se encuentra en pleno desarrollo, especialmente la corteza prefrontal, hasta los 25 años. Gutiérrez Eguía sostiene que el uso excesivo de pantallas también puede afectar a los adultos, pero que la velocidad y la profundidad de sus efectos son mayores entre los jóvenes.
La autora explica que las plataformas buscan generar adicción mediante contenidos que producen placer. En ese proceso interviene la dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer que también se libera al comer, mantener relaciones sexuales o alcanzar determinados logros.
El problema, plantea, aparece con el exceso. La sobreexposición tecnológica puede generar dependencia, dificultar la atención y afectar el bienestar emocional. También puede provocar que se pierda la noción del tiempo y favorecer el aislamiento. En algunos casos, sostiene, puede llegar incluso a quitarles a los adolescentes las ganas de vivir.
El "imán invisible"
La autora utiliza la expresión "imán invisible" para describir este círculo. Según explica, el cerebro se va adaptando al exceso de estímulos hasta que puede perder capacidad para sentir.
De un lado están las pantallas, que ofrecen grandes cantidades de estímulos asociados al placer. Del otro, una vida cotidiana que puede volverse más difícil de disfrutar: cuesta levantarse de la cama, hablar, estudiar o concentrarse, y aparecen sentimientos de irritación y malestar.
A esto se suma la exposición constante a las vidas que otros muestran en Instagram y TikTok. Los adolescentes pueden observar de manera permanente lo que hacen los demás y compararlo con su propia vida.
Gutiérrez Eguía vincula esta situación con el miedo a quedar afuera, una característica que considera propia de la adolescencia. La diferencia es que, mientras antes ese sentimiento podía surgir a partir de lo que un compañero contaba, ahora las experiencias de los demás pueden verse y comprobarse a través de una publicación en redes sociales.
También señala la presencia de ideales corporales difíciles de alcanzar y los consiguientes trastornos de la alimentación.
Cómo tomar conciencia del uso de las redes
Una de las propuestas de la autora es que los adolescentes se detengan a observar qué hacen cuando utilizan una red social. Plantea preguntas como qué estuvieron mirando, si realmente se divirtieron, si aprendieron algo o si simplemente dejaron pasar el tiempo sin saber exactamente qué hicieron.
Las redes sociales, sostiene, llegaron para quedarse. Por eso, la propuesta no pasa únicamente por eliminarlas, sino por aprender a utilizarlas y reconocer para qué pueden servir.
Tecnología, pornografía e inteligencia artificial
Gutiérrez Eguía también aborda el acceso temprano a la pornografía. Estudios internacionales, señala, indican que muchos jóvenes llegan a este contenido de manera accidental a edades tempranas.
Según plantea, la pornografía puede distorsionar la visión sobre la sexualidad, despojar a los vínculos de respeto y reciprocidad y normalizar situaciones violentas. Por eso considera necesario hablar de sexualidad y pornografía antes de lo que los adultos suelen pensar.
La inteligencia artificial también ocupa un lugar en sus preocupaciones. La autora sostiene que puede funcionar como una especie de confidente que dice al adolescente aquello que quiere escuchar. Desde su perspectiva, esto puede resultar riesgoso porque reemplaza el diálogo humano y limita la tolerancia a la frustración.
En cuanto al ciberbullying, señala que amplía el alcance del acoso escolar porque no tiene los mismos límites espaciales que el bullying tradicional.
El papel de las familias y las escuelas
Gutiérrez Eguía menciona que las escuelas que restringen el uso de celulares muestran mejoras en el rendimiento académico. Sin embargo, considera que la prohibición dentro del ámbito educativo por sí sola no alcanza.
Para la autora, los adultos deben fomentar proyectos de vida y actividades reales, además de acompañar a los adolescentes mediante el diálogo. El abordaje, plantea, debería evitar que el castigo o una prohibición sin explicación sean las únicas herramientas frente al uso de las pantallas.
En base a El Tiempo/GDA