Redacción El País
El nombre de Orelha —un perro callejero conocido por su mansedumbre y por deambular sin molestar por las calles— se convirtió en consigna. En Brasil, su asesinato no solo generó indignación por la crueldad del hecho, sino que activó algo más profundo: una respuesta emocional colectiva que, según explican psicólogos sociales, tiene que ver con la forma en que los seres humanos construimos empatía y sentido de justicia.
Orelha era un perro mestizo de pelaje negro y castaño que vivía en una playa de Florianópolis. Lo cuidaban vecinos de la zona. Hace pocos días, el animal fue víctima de una golpiza mortal y por el hecho hay tres adolescentes que están siendo investigados. Además, los padres de dos de ellos y un tío fueron formalmente imputados por presunta coacción a un testigo.
Lo que empezó como el reclamo de vecinos y organizaciones proteccionistas escaló rápidamente a una causa colectiva: hubo marchas, pedidos de justicia, pronunciamientos públicos y un inusual consenso entre dirigentes de distintos partidos. “Justicia por Orelha” dejó de ser un hashtag para transformarse en un espejo incómodo de nuestra relación con los animales.
Orelha no era “la mascota de alguien”; era, justamente, lo contrario: un perro sin dueño que, para muchos, representaba a todos los animales vulnerables que conviven con las ciudades. Expertos en psicología señalan que, cuando la víctima es indefensa y no tiene voz, la empatía se activa con más fuerza.
Estudios muestran que las personas tienden a reaccionar con mayor unanimidad ante el sufrimiento animal que ante conflictos humanos complejos, atravesados por identidades, culpas compartidas o responsabilidades difusas. En ese sentido, Orelha operó como símbolo: no hubo “dos campanas”, no hubo grises. Hubo, casi de manera unánime, rechazo.
Desde la psicología del apego, diversos autores señalan que el vínculo con los animales —en especial con perros— despierta mecanismos similares a los que se activan en los lazos humanos. Los animales, sobre todo aquellos que percibimos como indefensos, funcionan como figuras de apego simbólicas: no juzgan, no traicionan y dependen de nuestro cuidado, explican. Cuando ese vínculo es violentado, la reacción emocional suele ser intensa y transversal.
Además, estos casos funcionan como espejos emocionales. La violencia hacia un animal suele leerse como una amenaza al pacto básico de convivencia. Desde esta mirada, el reclamo de justicia no es solo por el perro, sino por lo que su muerte dice sobre los límites que una sociedad está dispuesta —o no— a tolerar. En esta reacción transversal hay una señal potente: incluso en sociedades fragmentadas, el vínculo emocional con los animales sigue siendo un lenguaje común.
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