Redacción El País
Tener un trabajo estable y un ingreso que, en los papeles, resulta suficiente no garantiza vivir con serenidad. La ansiedad financiera se volvió una preocupación cada vez más frecuente y muchas veces se intensifica después de un gasto impulsivo, incluso en personas que no enfrentan dificultades económicas inmediatas.
Este escenario es el eje del trabajo de Cristina Dayz, divulgadora y autora especializada en finanzas personales, quien propone mirar el vínculo con el dinero desde un ángulo menos tradicional. Su enfoque se aparta de los discursos centrados únicamente en el ahorro o la inversión y pone el foco en el componente emocional que influye en las decisiones cotidianas.
En su libro Aprende a gastar, la autora invita a revisar la relación diaria con el dinero y advierte que la ansiedad económica no siempre nace de un desajuste entre ingresos y egresos. Según explicó, muchas veces el dinero se utiliza como respuesta automática frente a emociones difíciles de procesar. “En la mayoría de los casos, el gasto no responde a una necesidad económica sino emocional”, señaló, al tiempo que describió que algunas personas recurren al consumo para aliviar el estrés, compensar el cansancio o evitar sensaciones de vacío.
El consumo como alivio momentáneo
Para Dayz, el acto de comprar puede funcionar como un calmante de efecto rápido. El consumo impulsivo genera un alivio inmediato, pero ese bienestar suele ser pasajero y deja detrás una mayor incertidumbre financiera.
“La dificultad es que ese alivio dura poco. Comprar reduce la ansiedad por unas horas, pero después la incrementa porque el dinero pasa a ser otra fuente de preocupación: no sabés cuánto necesitás ni cuándo frenar”, explicó la especialista. Desde su mirada, el inconveniente no es gastar, sino hacerlo sin registrar las motivaciones que están detrás de cada decisión.
A medida que crecen los ingresos, también pueden volverse difusos los límites de lo que se considera un gasto razonable. Sin referencias claras, el nivel de consumo se expande y puede instalar una sensación de descontrol económico que termina pesando más que el saldo disponible. En ese sentido, la autora advierte que gastar sin conciencia puede crear una ilusión de bienestar que erosiona la tranquilidad a mediano plazo.
Ganar más no siempre reduce la preocupación
Esta lógica ayuda a entender por qué algunas personas con salarios altos experimentan más estrés financiero que quienes tienen ingresos menores. “A partir de cierto umbral, no es lo que ganás, sino cómo gestionás lo que ganás”, afirmó Dayz, subrayando que el dinero debería funcionar como una herramienta y no como una fuente permanente de tensión.
La falta de comprensión sobre los propios hábitos es, a su juicio, el verdadero núcleo del problema. Cuando no se identifican las razones del gasto emocional, el dinero deja de ordenar la vida cotidiana y se transforma en un “ruido constante”, una de las principales causas de ansiedad que observa hoy incluso en personas que, desde afuera, parecerían estar tranquilas.
Lejos de las fórmulas rápidas, Aprende a gastar propone bajar ese nivel de ruido a través de la observación personal. El planteo apunta a revisar qué lugar ocupa el dinero en la vida diaria y qué emociones se intentan gestionar mediante el consumo. Desde esa toma de conciencia, concluye la autora, es posible construir una relación más equilibrada con las finanzas personales y recuperar la sensación de control.
En base a El Tiempo/GDA