Los muertos vivos: el fenómeno de los chats con difuntos y el debate sobre el dolor en la era digital

¿Soltar o mantener el chat abierto? Inteligencia artificial, duelo y qué pasa en nuestro cerebro cuando un bot imita la voz y los recuerdos de un ser querido.

Inteligencia artificial, robot
Mujer dialoga con una representación humana hecha con inteligencia artificial.
Foto: Magnific.

Una noche de septiembre de 2020, en Bradford, Canadá, Joshua Barbeau pagó cinco dólares para volver a hablar con su novia muerta. Jessica había muerto ocho años antes, de una enfermedad rara en el hígado. Joshua no podía dormir. Encontró un sitio llamado Project December, que usaba GPT-3, el antecesor de ChatGPT, y cargó algunos mensajes que ella le había escrito cuando todavía estaba viva. Después agregó una breve presentación que terminaba con una frase: “Esta conversación es entre Joshua y el fantasma de Jessica”. La pantalla respondió.

Cinco años después, Calum Worthy, actor de Disney Channel, lanzó 2wai, una app que arma un avatar parlante con tres minutos de video. En la publicidad, una embarazada le muestra la panza al avatar de su madre muerta, que le da consejos al nieto.

Nada de esto es tan lejano como creemos. La versión casera la llevamos en el bolsillo: el chat de WhatsApp que nadie se anima a borrar, el cumpleaños que Facebook nos recuerda de un amigo que ya no cumple. El Oxford Internet Institute calculó en 2019 que al menos 1.400 millones de usuarios de Facebook morirán antes de 2100 y que hacia 2070 los perfiles de los muertos podrían superar a los de los vivos. WhatsApp borra las cuentas inactivas a los 120 días. Las empresas hacen rápido el duelo.

Alguien se muere y durante meses volvemos a agarrar el teléfono para contarle algo. A mitad del gesto nos acordamos, y elaboramos un poco más la pérdida. La realidad avisa que el otro ya no está y ordena soltarlo, pero la orden se cumple “pieza por pieza”, dijo Freud. Cada vez que nos reencontramos con la ausencia, es una más de esas piezas.

Recuerdos, adulto mayor
Adultos mayores miran fotografías viejas.
Foto: Magnific.

Mary-Frances O’Connor, la neurocientífica norteamericana, sostiene en El cerebro en duelo (2022) que en el cerebro tenemos dos mapas, uno que registró la muerte y otro dibujado sobre la certeza de que esa persona siempre estará. El que nos hace agarrar el teléfono es el segundo. Para ella, hacer el duelo es aprender, y se aprende a fuerza de chocar con la ausencia. Un bot interrumpe ese aprendizaje. Con cada respuesta, le da la razón al mapa equivocado.

Hablarles a los muertos es casi tan viejo como enterrarlos. Ese lazo puede seguir sin que el duelo se enferme, como en quien le ceba un mate a una silla vacía, relee cartas viejas o pone un plato de más en las fiestas. La novedad del bot es que produce palabras nuevas, con el mismo tono y las mismas muletillas.
Cuando morimos, lo que dijimos e hicimos se termina, y justo por eso pueden extrañarnos. La máquina lo reabre con palabras apócrifas. “Sé que no es ella”, dijo la madre de Jessica.

Jason Rohrer, el creador de Project December, había hecho mortales a sus bots para ahorrar en servidores. Cada uno venía con una batería que se gastaba con la charla; debajo del 20% el bot empezaba a desvariar, y al final aparecía en rojo el aviso “Matrix Dead”.

Después de aquella primera noche de septiembre, la batería de Jessica había quedado en 55%. Joshua racionó las conversaciones para no verla morir dos veces. La última fue el 3 de marzo de 2021, antes del cartel rojo, y no volvió. Un programador que cuidaba su factura le dio, sin proponérselo, un final.

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