En una época marcada por la hiperconectividad, los estímulos permanentes y la dificultad para tolerar el vacío, el silencio no se vive igual a cualquier edad. Investigaciones sugieren que los adultos mayores tienden a tolerarlo mejor que las personas más jóvenes, lo que podría relacionarse tanto con los cambios culturales como con diferencias en la forma de procesar el estrés, el aburrimiento y la necesidad de novedad.
La diferencia aparece, en parte, al mirar el contexto en el que crecieron unas y otras generaciones. Quienes hoy tienen más de 55 años se formaron en un mundo con menos estímulos constantes: la radio, la televisión y, en muchos casos, largos momentos de quietud formaban parte de la vida cotidiana.
En cambio, las generaciones más jóvenes crecieron en un entorno atravesado por pantallas, redes sociales, música, notificaciones y un flujo ininterrumpido de información. En ese marco, el silencio puede sentirse menos como una pausa y más como una interrupción incómoda, incluso como una forma de vacío.
Desde la psicología, esta diferencia no necesariamente implica que las personas mayores “disfruten” más del silencio, sino que podrían relacionarse con él de otra manera. Un estudio citado por la Sociedad Americana de Psicología encontró que los adultos mayores reportaban menos episodios de aburrimiento que los participantes jóvenes.
Eso no prueba, por sí solo, que el silencio les resulte más placentero, pero sí sugiere que podrían encontrar con mayor facilidad sentido en actividades tranquilas, regular de otro modo sus expectativas o sentir una necesidad menor de estimulación constante.
También entra en juego la manera en que cambia la relación con el tiempo y con las prioridades personales a lo largo de la vida. Con la edad, señalan los especialistas, suele aumentar el interés por experiencias emocionalmente significativas y disminuir la atracción por estímulos que aportan poco valor personal. Esa reorganización puede hacer que los momentos de calma no se vivan como una carencia, sino como un espacio de descanso, reflexión o simple presencia.
De todos modos, los especialistas advierten que no conviene sacar conclusiones tajantes. La relación con el silencio no depende solo de la edad: también está atravesada por factores culturales, sociales, económicos y por la historia individual de cada persona. Además, todavía no hay evidencia suficiente para afirmar de manera categórica que las personas mayores toleran mejor el silencio en todos los contextos.
Lo que sí parece claro es que el modo en que convivimos con la ausencia de estímulos cambió profundamente en las últimas décadas. Y que, en una cultura cada vez más acostumbrada al ruido y a la conexión permanente, aprender a estar a solas con el silencio puede ser, también, una forma de entrenamiento emocional.
Con base en La Nación/GDA
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