Hay una experiencia mental tan cotidiana como desconcertante: saber que un recuerdo está ahí, al alcance, y aun así no poder traerlo. Esa sensación de tener algo en la punta de la lengua suele vivirse como un pequeño fallo de la memoria, una señal de que la información se perdió o quedó enterrada en algún rincón inaccesible del cerebro. Pero una investigación reciente sugiere otra posibilidad: que el problema no esté en el recuerdo en sí, sino en el estado del cerebro en el momento de intentar recuperarlo.
Esa es la hipótesis que explora un estudio de la Universidad de la Ciudad de Nagoya, en Japón, publicado en la revista Neuron. El trabajo, liderado por Hiroshi Nomura, se centró en un tipo particular de neuronas —las histaminérgicas— y en cómo sus fluctuaciones espontáneas podrían influir en la accesibilidad de la memoria. La conclusión general apunta a un cambio de foco: recordar no dependería únicamente de que la información haya sido almacenada, sino también de que el cerebro se encuentre, justo en ese instante, en un estado propicio para activarla.
Las neuronas histaminérgicas están ubicadas en el núcleo tuberomamilar del hipotálamo y se las conoce sobre todo por su papel en la regulación de la vigilia. Sin embargo, también mantienen conexiones con regiones clave para la memoria, como el hipocampo, la amígdala y la corteza cerebral. A partir de esa red de vínculos, los investigadores se preguntaron si su actividad podía tener algo que ver con la facilidad —o la dificultad— para recuperar un recuerdo.
Para estudiarlo, trabajaron con ratones despiertos y registraron la actividad de estas neuronas a lo largo del tiempo. Observaron que no permanecían estables, sino que subían y bajaban lentamente en ciclos de varias decenas de segundos. Esas variaciones coincidían, además, con cambios en otros indicadores del estado cerebral y corporal, como la actividad cortical, el tamaño de la pupila y ciertos movimientos faciales.
Después vino la prueba de memoria. Los animales fueron entrenados para asociar un sonido con una recompensa de agua azucarada. Una vez aprendido el vínculo, respondían al estímulo sonoro lamiendo, señal de que habían retenido la asociación. Lo interesante apareció al comparar esa respuesta con el nivel de actividad histaminérgica previo a cada ensayo: cuando esa actividad era alta antes de que sonara la señal, los ratones respondían con más intensidad; cuando era baja, el mismo estímulo tenía menos eficacia para disparar la conducta asociada al recuerdo.
La diferencia no fue menor. Según los resultados, presentar la señal en un estado de alta actividad de histamina aumentó cerca de un 40% las respuestas relacionadas con la memoria en comparación con los estados de baja actividad. Dicho de otro modo: el recuerdo parecía estar, pero no siempre igual de disponible.
Para comprobar si esa relación era algo más que una coincidencia, el equipo recurrió a técnicas de optogenética y manipuló directamente la actividad de esas neuronas. Cuando la inhibieron antes de la señal, la respuesta de memoria se redujo; cuando la activaron, ocurrió lo contrario. En paralelo, analizaron la amígdala basolateral —una región implicada en asociaciones de recompensa— y vieron que los patrones neuronales ligados al recuerdo eran más consistentes cuando la evocación era más sólida. Al disminuir la actividad histaminérgica, esos patrones se debilitaban.
A partir de ese conjunto de hallazgos, los autores proponen la idea de un “estado de preparación” cerebral. Según ese modelo, las oscilaciones espontáneas de la actividad histaminérgica funcionarían como una suerte de antesala que prepara —o no— los circuitos neuronales para responder a una señal y reactivar una memoria almacenada. El acceso al recuerdo, entonces, no sería una cuestión fija, sino una posibilidad que cambia según el estado interno del cerebro en ese momento preciso.
La hipótesis abre una forma distinta de pensar los olvidos cotidianos. Si se confirma en nuevas investigaciones, podría ayudar a explicar por qué una misma información aparece con nitidez en un momento y se vuelve esquiva minutos después, sin que haya sido borrada. También ofrece una pista para estudiar trastornos en los que la capacidad cognitiva fluctúa, como ocurre en algunas formas de envejecimiento o demencia.
Por ahora, los resultados se obtuvieron en ratones y los propios investigadores advierten que todavía queda camino por recorrer. Harán falta nuevos estudios para saber si este mecanismo participa también en otros tipos de memoria —como la espacial, la social o la vinculada al miedo— y, sobre todo, si algo similar ocurre en humanos. Pero el trabajo deja planteada una idea sugerente: tal vez olvidar no siempre sea perder, sino simplemente no poder entrar, en ese instante, al lugar donde el recuerdo sigue guardado.
Con base en El Tiempo/GDA
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