La razón arquitectónica por la que te sentís agobiado y agotado en tu propia ciudad

El urbanismo incide en nuestro cerebro y estado de ánimo; vivir en una ciudad hostil que prioriza los vehículos antes que a las personas genera distancia emocional y fatiga

Ciudad de Montevideo
Foto Ignacio Sánchez - El País
Ignacio Sánchez/Archivo El Pais

¿Te pasó alguna vez, sentirte cansado, agobiado de la vida? La realidad es que esto suele tener un origen multifactorial, y las características de tu ciudad es uno de los elementos que intervienen en el cansancio excesivo y persistente. En otras palabras: el urbanismo nos afecta.

El vértigo se impone. Hay avenidas que aceleran el pulso, barrios que empujan a la melancolía y plazas que funcionan como un ansiolítico colectivo. El urbanismo -esa palabra que solemos asociar a planos, intendencias y arquitectos- en realidad trabaja sobre algo mucho más íntimo: nuestro cerebro y el estado de ánimo.

Cómo están construidas y diseñadas las ciudades impacta directamente en el humor diario. Se trata de una sumatoria de detalles que, vistos de manera aislada, parecen menores. Pero una vez que todos esos detalles se acumulan, aparecen de forma más nítida sus consecuencias.

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Foto: El País.

Una vereda angosta que está en malas condiciones, por poner un caso, nos obliga a caminar tensos. El ruido permanente de motos y ómnibus, con sus bocinas, es parte de una contaminación sonora que nos afecta; como también nos afecta la ausencia de sombra en verano. Cada vez más, los bancos públicos se diseñan para que nadie permanezca sentado demasiado tiempo. Y muchas de las paredes con grafitis no necesariamente son una expresión del arte callejero.

Todo eso produce emociones y sensaciones: irritación, apuro, cansancio, desconfianza, desinterés, desmotivación y hasta tristeza. Gracias a la plasticidad cerebral, nos vamos adaptando a procesar la información de forma más rápida, acelerando nuestra capacidad atencional y de retención de información.

Un día en una gran metrópolis como Nueva York o Tokio puede reportar grandes niveles de estimulación cerebral, ya que las luces, el movimiento y ruido constante, los colores de las pantallas, los aromas callejeros, el simple hecho de ver miles de personas transitando todo el tiempo generan una hiperactivación del sistema nervioso.
La zona de la amígdala está vinculada a la respuesta ante el estrés y el estado de vigilancia exacerbada.

Y ocurre también al revés. Hay calles donde la gente baja naturalmente la velocidad. Lugares donde aparecen conversaciones espontáneas. Rincones donde se siente, aunque sea por un instante, que la vida no consiste únicamente en llegar rápido a otro lado.

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Foto: El País.

Allí el cerebro humano activa zonas vinculadas a la calma, la tranquilidad y la sensación de seguridad, aumentando así su capacidad de conexión y disfrute. No es casualidad que las ciudades más caminables tengan también mayores índices de bienestar psicológico. Caminar no solo transporta el cuerpo: ordena los pensamientos y nos conecta con el aquí y ahora, con lo que está ocurriendo en el presente.

El contacto con el verde de los árboles, las plantas y el pasto reduce el estrés. Tener espacios públicos vivos disminuye la sensación de soledad. Incluso la luz natural modifica el ánimo social incrementando los niveles de serotonina, generando bienestar y sensación de equilibrio emocional.

Sin embargo, gran parte del urbanismo moderno parece ser diseñado bajo una idea extraña: que el ser humano es un vehículo con piernas. Se construyen ciudades para circular, pero no para habitar. Para consumir, no para encontrarse. Para atravesar rápido, no para quedarse, para alimentar la cultura de lo instantáneo.

Y eso termina produciendo una sensación difícil de nombrar pero muy contemporánea: la fatiga urbana. Esa mezcla de agotamiento, hiperestimulación y distancia emocional que hace que miles de personas vivan rodeadas de gente sintiéndose completamente solas. Porque una ciudad hostil fomenta la hostilidad entre quienes la habitan Quizás por eso, los lugares más queridos de cualquier ciudad rara vez son los más eficientes. La memoria afectiva ocurre en escalas humanas: el café de esquina, la rambla, la feria, el árbol viejo, la plaza donde alguien leyó un libro o besó a otra persona por primera vez.

Las ciudades también tienen temperatura emocional. Y aunque solemos pensar el ánimo como algo privado -un problema químico, psicológico o individual- tal vez una parte importante de nuestro malestar tenga que ver con razones arquitectónicas, provocada por el entorno como espacio donde habitamos.

Tal vez no estamos tan mal nosotros y nuestro estado anímico refleja nuestra vivencia como ciudadanos sobreviviendo a la urbe. Una pregunta sobre nuestra calidad de vida deja entonces de ser algo abstracto y pasa a ser una muy concreta: ¿Qué tipo de ciudad hace posible una vida en calma y en sintonía con una vivencia de satisfacción y disfrute cuando salimos a caminar por sus calles, veredas, plazas y parques?

En ese sentido, tenemos que ser conscientes de que la Neuroarquitectura y una mayor conciencia sobre la vida urbana pueden hacer importantes aportes para que el diseño de nuestras ciudades sea más amigable, y en sintonía con el equilibrio psicofísico, el bienestar integral y la salud mental.

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Foto: El Pais.

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