Uno de los períodos más importantes en la vida de cualquier persona es cuando sale de la protección del hogar y empieza a hacerse su lugar en el mundo. Ese proceso de socialización puede empezar en distintas etapas del niño o niña, algo que en buena medida dependerá de las posibilidades financieras, familiares y laborales de sus padres, pero también de las condiciones sociales del país en el cual le toque nacer.
No es lo mismo nacer en Estados Unidos, donde el concepto de licencia maternal o paternal paga no existe a nivel nacional (puede variar de estado a estado) que hacerlo en un algún país escandinavo como Noruega, donde hasta ahora ha existido un consenso para otorgarle tanto a madres como a padres períodos de tiempo comparativamente generosos (en algunos casos, se le puede otorgar hasta cerca de un año con remuneración y protección laboral a alguno de los progenitores).
En Uruguay, en tanto, la licencia maternal es 14 semanas con goce de sueldo (6 preparto y 8 posparto), ampliables en situaciones especiales, mientras que la licencia paternal es de 20 días continuos.
Luego de eso, si la familia no tiene un nivel de ingresos que le permita a uno de los progenitores quedarse en casa cuidando y educando a la recién nacida -o una situación familiar que permita que algún pariente se haga cargo- entonces empieza el período de socialización.
Ese primer período de socialización es clave, porque ahí se pondrán varios de los fundamentos que incidirán posteriormente en la forma en la que alguien se relacionará con su entorno y generará vínculos.
La directora del jardín Giraluna -una institución privada del barrio del Prado con más de dos décadas de historia- Bettina Taibo llama a ese primer tramo de socialización y educación el “período de acogida”.
Este año, Giraluna recibe unos 70 niños, y a medida que ella y sus colaboradores han acumulado experiencia refinaron la metodología con la que introducen al recién llegado a un nuevo mundo.
La institución que dirige Taibo adhiere a la filosofía educativa Reggio Emilia, una de las corrientes más influyentes en la pedagogía contemporánea. Su impulsor y referente fue Loris Malaguzzi, maestro y psicólogo italiano, quien desarrolló la base teórica del enfoque en las décadas del 50 y 60.
La idea central era que la educación debía formar ciudadanos críticos, creativos y capaces de participar activamente en la vida democrática. Entre los postulados clave de este método están que el niño es protagonista, no un “receptor” de textos u otros contenidos educativos. Otra parte fundamental es el aprendizaje basado en proyectos, no en una currícula rígida.
Además, el método Reggio Emilia propone que el ambiente que rodea al niño también cumple un papel en el proceso educativo (de ahí que se prioricen espacios luminosos y abiertos, materiales naturales y talleres).
Al respecto, Taibo comenta que en la institución se crean entornos especiales como el de una playa, para que el niño o niña explore e interactúe con dicho entorno. Además, añade, en todo el proceso, que puede variar desde un par de días hasta un mes, también participan los padres.
La columnista de Bienestar Silvia Caloca confirma que dicho período es sumamente importante, y que dependerá de la edad del educando en qué hay que concentrarse.
“En el primer tramo, cuando son bebés, lo fundamental para los docentes está englobado en el concepto de desarrollo (por ejemplo, qué se le habilita a hacer, o no a ese alumno). Pero si por ejemplo el niño ingresa a un sistema preescolar a los dos años, ahí cobran más relevancia los contenidos educativos. Mientras que si se trata de alguien un poquito mayor, una de las claves será cómo desarrolla el lenguaje”, concluye.
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