Infancias no deberían jugar bajo presión: la tribuna del Baby Fútbol entre los gritos de los adultos

Una escena en una cancha infantil abre una pregunta incómoda: ¿acompañamos a nuestros hijos para que disfruten o convertimos cada partido en una prueba de rendimiento?

Baby fútbol. Foto: archivo El País.

Hay una escena que debería hacernos detener el partido por unos segundos. Un niño juega al fútbol. Corre, intenta, se equivoca, vuelve a correr. Desde afuera se escuchan los gritos de los adultos. En un momento, el niño se acerca al árbitro llorando. Está profundamente angustiado y le dice que no aguanta más los gritos de su padre y que no quiere seguir jugando.

El árbitro lo escucha y le responde con una frase sencilla: que está haciendo un partido bárbaro y que no haga caso a los comentarios de afuera, solo a su director técnico y al silbato. La escena conmueve porque el niño no se acerca al árbitro para preguntarle si está jugando bien. Se acerca porque ya no puede soportar lo que está ocurriendo fuera de la cancha. Y ahí aparece una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que llevamos a nuestros hijos a jugar al fútbol: ¿en qué momento dejamos de acompañarlos y empezamos a exigirles?

El baby fútbol debería ser, ante todo, un espacio de juego. Un lugar donde los niños puedan correr, divertirse, hacer amigos, aprender a trabajar en equipo y descubrir qué pueden hacer con su cuerpo y con sus habilidades. Pero muchas veces los adultos convertimos ese espacio en una especie de examen. “¡Pasala!”, “¡Corré!”, “¡Marcá!”, “¡¿Qué hacés?!”, “¡Tenés que hacer gol!”, “¡No podés perder esa pelota!” “¡No te pueden hacer ese gol!”

Desde la tribuna, para un adulto, pueden parecer simplemente indicaciones. Pero para un niño pueden tener otro significado. Pueden transformarse en la sensación de que cada movimiento está siendo evaluado. Y cuando un niño siente que está siendo permanentemente evaluado, el error deja de ser parte del aprendizaje y empieza a convertirse en una amenaza.

El problema no es que un padre quiera que su hijo juegue bien. El problema aparece cuando el niño comienza a sentir que tiene que jugar bien para satisfacer a su padre. Entonces ya no está solamente jugando al fútbol. Está intentando no decepcionar. Y eso cambia completamente la experiencia.

La psicología del deporte ha estudiado el impacto que tienen las expectativas y la presión de los adultos sobre los jóvenes deportistas. La presión excesiva puede asociarse con ansiedad de rendimiento, pérdida de confianza, menor disfrute de la actividad y agotamiento deportivo. La Academia Americana de Pediatría incluso advierte que las conductas negativas de los padres durante las competencias pueden interferir con la experiencia deportiva saludable de los niños.

Y hay una razón psicológica para entender por qué sucede. El cerebro infantil todavía está desarrollando las capacidades necesarias para regular emociones intensas, interpretar situaciones y poner en perspectiva las críticas. Un adulto puede escuchar un grito desde la tribuna, pensar “está nervioso” y continuar jugando.

Un niño puede escucharlo y pensar: “Mi papá está enojado conmigo.”, “Estoy jugando mal.”, “Lo estoy decepcionando.”, “No puedo equivocarme.”, “¿Qué me va a decir cuando termine el partido?” La atención, entonces, deja de estar completamente puesta en el juego.

El niño puede comenzar a mirar hacia la tribuna después de cada jugada. Puede anticipar el próximo grito. Puede sentir miedo antes de tomar una decisión. Puede empezar a jugar pensando más en evitar el error que en intentar una jugada. Y esto tiene consecuencias también sobre el rendimiento.

Parece paradójico, pero cuanto más intentamos controlar el rendimiento de un niño desde afuera, más podemos interferir con las condiciones psicológicas que necesita para rendir bien.

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Formación de futbolistas uruguayos

Jugar al fútbol requiere atención, percepción, toma de decisiones, coordinación y capacidad para responder rápidamente a lo que sucede. Pero también requiere cierto margen de libertad. El niño tiene que poder probar, arriesgar, equivocarse y volver a intentarlo.

Un niño que juega pensando “no puedo equivocarme” está utilizando parte de sus recursos mentales en controlar el miedo a la equivocación. Un niño que piensa “voy a intentarlo” puede estar mucho más disponible para el juego.

La ansiedad también puede llevar a un niño a jugar de manera más rígida, a dudar antes de decidir, a evitar determinadas jugadas o a perder espontaneidad. Y cuando el miedo a equivocarse se vuelve demasiado grande, puede aparecer una de las experiencias más injustas que puede vivir un pequeño deportista: jugar peor precisamente porque está demasiado preocupado por jugar bien.

Pero hay algo todavía más profundo. Los niños no solamente escuchan lo que les decimos. También aprenden de cómo nos comportamos. Aprenden qué hacemos cuando perdemos. Qué hacemos cuando alguien se equivoca. Cómo hablamos del árbitro. Cómo reaccionamos frente a una injusticia. Cómo toleramos la frustración. Cómo tratamos al rival. Cómo celebramos una victoria. Y cómo acompañamos una derrota. Y puede imitar nuestras reacciones, porque los niños aprenden por imitación no por comprensión.

Por eso, la tribuna también es un lugar educativo. Aunque no estemos dentro de la cancha, estamos participando de la experiencia. Y quizás deberíamos preguntarnos qué estamos enseñando cuando gritamos. ¿Estamos enseñando estrategia? ¿O estamos enseñando que equivocarse es intolerable? ¿Estamos ayudando a nuestro hijo a mejorar? ¿O estamos enseñándole que nuestro orgullo depende de su desempeño? ¿estamos enseñando que cuando no estoy de acuerdo está bien insultar, gritar o romper algo?

No todos los padres que gritan lo hacen desde un lugar de maldad. Muchos lo hacen desde el entusiasmo, los nervios, la ilusión o incluso desde la convicción de que están ayudando. Pero la intención del adulto no siempre coincide con la experiencia del niño.

Un padre puede pensar: “Le estoy dando indicaciones para que mejore”. El niño puede estar escuchando: “No soy suficientemente bueno”.

Un padre puede pensar: “Quiero que se esfuerce”, “Quiero que triunfe”. El niño puede sentir: “Nunca alcanza” , “No soy suficiente”

Un padre puede pensar: “Quiero que gane”. El niño puede entender: “Si perdemos, te voy a decepcionar”.

Ahí está uno de los grandes desafíos de la crianza: aprender a distinguir entre lo que nosotros queremos para nuestros hijos y lo que ellos necesitan de nosotros. Quizás el niño quiere jugar al fútbol. Pero nosotros queremos que gane. Quizás él quiere divertirse con sus amigos. Pero nosotros queremos que se destaque. Quizás él quiere aprender. Pero nosotros estamos mirando el resultado.

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Práctica de baby fútbol

Y sin darnos cuenta, podemos terminar colocando sobre una cancha de baby fútbol expectativas que pertenecen al mundo adulto.

La camiseta no debería convertirse en un examen de amor. El resultado del partido no debería determinar el estado de ánimo de toda una familia. Una equivocación en la cancha no debería convertirse en una decepción personal. Y un niño nunca debería sentir que tiene que rendir para merecer la aprobación de sus padres. Tal vez por eso la respuesta del árbitro en ese video sea tan significativa.

Cuando el niño llega llorando, el adulto podría haberle dicho que volviera a jugar, que se concentrara o que no prestara atención. Pero primero valida algo fundamental: “Estás haciendo un partido bárbaro”. Le devuelve una mirada diferente. Una mirada que no está puesta en el error. Ni en el resultado. Ni en las expectativas del padre. Está puesta en el niño. Y quizás eso sea lo que más necesitan nuestros hijos cuando compiten: adultos capaces de recordar que detrás de cada camiseta hay un niño que todavía está aprendiendo quién es.

Que puede perder sin sentirse un perdedor. Que puede equivocarse sin sentirse un fracaso ni vergüenza. Que puede recibir una corrección sin sentir que perdió el amor o la aprobación de quienes más quiere. Y que puede ganar sin creer que ganar es la única manera de hacer felices a sus padres.

Algún día ese niño va a crecer. Quizás siga jugando al fútbol. Quizás cambie de deporte. Quizás abandone el deporte por completo. Pero hay algo que probablemente permanezca mucho más tiempo: la sensación que tenía cuando miraba hacia la tribuna.

Puede recordar una voz que gritaba. O puede recordar una mirada que acompañaba, alguien que creía en él aunque no fuera el mejor de la cancha, el que hizo más goles ni el que más corrió. Y quizás, cuando termine el partido, la pregunta más importante que debamos hacerle no sea “¿Ganaron?”. Ni siquiera “¿Jugaste bien?”.

Tal vez sea mucho más sencilla: “¿La pasaste bien?” Los niños no necesitan padres que jueguen el partido desde afuera. Necesitan padres que sepan que su verdadero partido se está jugando en otro lugar: en la construcción de una autoestima que no dependa de un resultado. Y que, cuando escuchen los gritos de la tribuna, puedan encontrar una voz y una mirada que pese más que todas las demás: “Estoy acá.” “Podés equivocarte.” “Seguí jugando.” “Te quiero SIEMPRE”

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