Habilidades sociales en la infancia: un aprendizaje que no puede delegarse en las pantallas

En una época atravesada por la hiperconectividad, los vínculos cara a cara siguen siendo el terreno donde los niños aprenden empatía, límites y autoestima.

Niños jugando.
Niños jugando.
Foto: Freepik.

En los tiempos que corren, uno de los grandes desafíos de la crianza es acompañar a los hijos en la adquisición de herramientas emocionales y vinculares que les permitan desarrollarse con solidez. Entre ellas, las habilidades sociales ocupan un lugar central. Sin embargo, esta generación parece tenerlas, en muchos casos, anestesiadas por la escasa interacción presencial con sus pares y por el exceso de horas frente a pantallas.

Los niños pasan largos períodos conectados a dispositivos electrónicos: juegan, navegan, consumen contenido. Pero en ese tiempo se pierde, muchas veces, la oportunidad de encontrarse cara a cara con otros niños, de discutir, negociar, ponerse de acuerdo, disentir y reconciliarse. Las habilidades sociales no son innatas: se aprenden. Y se aprenden, fundamentalmente, en el intercambio real con otros.

Las habilidades sociales constituyen un conjunto de conductas que permiten establecer relaciones interpersonales satisfactorias y adaptativas. Son aquellas que ayudan a un niño a obtener el máximo de beneficios y el mínimo de consecuencias negativas en sus vínculos, siempre dentro del marco de reglas y valores incorporados en el hogar. No se trata solo de “llevarse bien”, sino de saber expresar lo que se siente, respetar al otro, tolerar frustraciones y resolver conflictos.

Habilidades sociales en la infancia

Los procesos de socialización comienzan en la etapa preescolar y continúan desarrollándose durante el período escolar. No se adquieren de manera automática. Los adultos significativos —padres, madres, abuelos, docentes— tienen la responsabilidad de enseñarlas y potenciarlas. Resolver conflictos, ejercer el autocontrol, cooperar, esperar turnos, tolerar un “no” son aprendizajes que requieren guía y presencia adulta.

Entre las habilidades fundamentales se encuentran la empatía, la asertividad, la escucha respetuosa y la validación emocional. Cada una cumple una función clave en la construcción de vínculos sanos.

Niños jugando.
Niños jugando.
Foto: Freepik.

Empatía: aprender a ponerse en el lugar del otro

La empatía es la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y comprender cómo se siente. No surge espontáneamente: se modela. Los adultos pueden estimularla a través de actitudes cotidianas.

Por ejemplo, cuando un hermano golpea a otro, la reacción automática suele ser el reto inmediato. Sin embargo, además de marcar el límite, es valioso dar lugar a que el niño agredido exprese lo que siente: “Me duele”, “Me lastimaste”. De esta manera, quien ejerció la agresión puede tomar conciencia de las consecuencias de su conducta.

También cuando los hijos relatan situaciones de su vida diaria —un conflicto con un amigo, una discusión en la escuela— el adulto puede preguntar: “¿Cómo creés que se sintió el otro?”, “¿Qué podrías haber hecho diferente para no lastimarlo?”. Estas intervenciones no juzgan, sino que invitan a reflexionar. Un niño empático tiene mayores posibilidades de adaptarse a distintos contextos y de construir vínculos de disfrute y cooperación.

Asertividad: firmeza sin agresión

La comunicación asertiva implica expresar lo que se piensa o se necesita de manera clara, firme y respetuosa. No es gritar ni imponer; tampoco es callar por temor. Es encontrar el punto de equilibrio entre el límite y el respeto.

Niños comida juego
Niños jugando a cocinar comida saludable.
Foto: Freepik.

En la vida cotidiana abundan ejemplos. Frente a una conducta riesgosa, en lugar de un “¡Dejá de hacer eso ya!”, se puede explicar con firmeza: “Si seguís haciendo eso, podés caerte y lastimarte”. El tono, la claridad y la coherencia del mensaje son fundamentales. Cuando el adulto transmite enojo desmedido o impulsividad, el niño no logra comprender el contenido del mensaje; solo capta la emoción intensa y desagradable. Esto puede impactar en su autoestima, generando culpa o confusión.

La firmeza es indispensable para establecer límites. Pero firmeza no es violencia. Repetir una orden sin claridad ni convicción suele resultar ineficaz. En cambio, cuando el mensaje es claro y consistente, el niño aprende ese estilo de comunicación y tiende a reproducirlo en sus propios vínculos. La asertividad, como toda habilidad social, se aprende, se practica y se mejora.

Escucha respetuosa y validación emocional

Escuchar respetuosamente implica no interrumpir, no juzgar de inmediato, no minimizar lo que el niño siente. Significa darle espacio para que relate lo ocurrido y luego, si es necesario, formular preguntas que lo ayuden a pensar: “¿Qué sentiste en ese momento?”, “¿Qué podrías hacer la próxima vez?”. Invadir con múltiples consejos o soluciones adultas puede obturar ese proceso reflexivo.

Padre e hijo reciclando plásticos
Padre e hijo reciclando plásticos.
Foto: Freepik.

La validación parental es otro pilar fundamental. Consiste en reconocer, aceptar y comprender la experiencia interna del niño —sus emociones y pensamientos— sin burlarse ni descalificarla, aun cuando no se comparta su punto de vista. Validar no es estar de acuerdo; es transmitir: “Entiendo que esto te duele”, “Veo que estás enojado”, “Comprendo que estés triste”.

Cuando un niño se siente mirado y tenido en cuenta, fortalece su confianza y su autoestima. Por el contrario, cuando se siente permanentemente juzgado, exigido o minimizado, puede construir una imagen de sí mismo marcada por la inseguridad y la desvalorización.

Muchos niños y adolescentes transitan estas etapas sintiéndose poco validados por sus padres. Se perciben evaluados más que comprendidos. En ese contexto, las habilidades sociales difícilmente florezcan con naturalidad.

Siempre es posible revisar y mejorar nuestras propias habilidades sociales. La crianza ofrece, en este sentido, una oportunidad invaluable: al enseñar a nuestros hijos a comunicarse, escuchar y empatizar, también nosotros podemos aprender a hacerlo mejor. Educar en habilidades sociales no es una tarea accesoria; es una inversión a largo plazo en la salud emocional y vincular de quienes serán los adultos del mañana.

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