Fatiga decisional y hábitos: Por qué elegimos sentarnos siempre en el mismo lugar, según la psicología

Qué revela sobre tu mente la costumbre de sentarte siempre en la misma silla: el motivo por el que tu cerebro prefiere elegir siempre el mismo lugar de la mesa.

Almuerzo familiar
Familia comparte una comida.
Foto: Freepik.

Hay personas que, al llegar a un restaurante, una reunión de trabajo o incluso a la mesa de su propia casa, eligen casi automáticamente el mismo lugar para sentarse. Si está disponible, ni siquiera lo piensan: ocupan esa silla que ya conocen.

Aunque desde afuera pueda parecer una costumbre rígida o una simple preferencia, la psicología ofrece otra explicación. Repetir determinadas elecciones cotidianas puede ayudar al cerebro a reducir la cantidad de decisiones que debe tomar y, de esa manera, reservar recursos mentales para otras actividades.

El cerebro toma decisiones constantemente a lo largo del día. Algunas requieren análisis y concentración, mientras que otras forman parte de acciones repetitivas que pueden automatizarse. Elegir siempre el mismo asiento puede pertenecer a este segundo grupo.

Sentarse siempre en el mismo lugar puede convertirse en un hábito. Los hábitos se forman cuando una conducta se repite en un contexto determinado. Con el tiempo, esa acción puede realizarse casi automáticamente, sin necesidad de evaluar cada vez las distintas alternativas.

Una revisión científica publicada en Frontiers in Psychology analizó precisamente el papel de los hábitos en la conducta cotidiana y señaló que la repetición en contextos estables puede hacer que determinadas acciones se vuelvan automáticas.

Esto significa que una persona que acostumbra sentarse siempre en la misma silla no necesariamente está tomando una decisión consciente cada vez que lo hace. El contexto conocido puede funcionar como una señal que desencadena directamente la conducta: llega al lugar, identifica su asiento habitual y se sienta.

Una de las posibles explicaciones está relacionada con la fatiga decisional, es decir, el desgaste que puede producir tener que tomar numerosas decisiones.

No todas las elecciones cotidianas tienen la misma importancia. Decidir dónde sentarse probablemente requiere mucho menos esfuerzo que resolver un problema laboral, organizar una actividad o tomar una decisión personal importante. Sin embargo, automatizar las elecciones pequeñas permite evitar deliberaciones innecesarias.

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Foto: Commons.

La psicóloga Wendy Wood, de la University of Southern California, ha estudiado ampliamente la formación de hábitos y el papel que tienen las conductas automáticas en la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, repetir elecciones sencillas puede facilitar la organización de las actividades diarias.

Lo mismo puede ocurrir con otros objetos o acciones: utilizar siempre la misma taza, elegir un determinado lado de la cama o guardar las llaves en el mismo lugar. La repetición permite reducir la necesidad de pensar nuevamente en decisiones que ya están resueltas.

La explicación no se limita al ahorro de energía mental. El lugar conocido también puede convertirse en un punto de referencia dentro de un ambiente.

Una silla determinada puede ofrecer una perspectiva familiar de la mesa, una distancia conocida respecto de otras personas o simplemente la sensación de estar en un sitio habitual. Esa familiaridad puede aportar una mayor percepción de orden y previsibilidad.

Esto puede ser especialmente relevante en entornos en los que existe mucha información o estímulos. Frente a un ambiente cambiante, conservar pequeñas rutinas permite mantener algunos elementos estables.

¿Significa que la persona es menos flexible o poco creativa? No necesariamente. Elegir siempre la misma silla no permite, por sí solo, determinar rasgos de personalidad ni concluir que alguien sea rígido, poco creativo o resistente a los cambios. Una preferencia de este tipo puede ser simplemente un hábito adquirido a través de la repetición.

De hecho, las rutinas pueden convivir perfectamente con la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas. Una persona puede mantener determinadas costumbres en actividades triviales y, al mismo tiempo, modificar su comportamiento cuando las circunstancias lo requieren.

La diferencia está en si la elección es una preferencia o si existe una imposibilidad de tolerar que la rutina cambie. No es lo mismo elegir habitualmente una silla porque resulta cómoda que sentir un malestar significativo cuando otra persona ocupa ese lugar.

Con base en La Nación/GDA

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