Escuchemos a los niños: cómo reconocer señales de maltrato en el hogar y proteger su salud emocional

El miedo, el silencio y los cambios de conducta pueden ocultar situaciones de abuso. Escuchar sin juzgar, evitar los castigos físicos y buscar ayuda a tiempo puede marcar una diferencia en el desarrollo de niños y adolescentes.

Niño se tapa los oídos por violencia

Hay niños y niñas que aprenden a reconocer el sonido de unos pasos antes que a reconocer sus propias emociones. Que saben distinguir, por el ruido de una puerta o por la forma en que alguien deja las llaves sobre la mesa, si esa noche deben hablar, quedarse quietos o intentar pasar inadvertidos. Niños que desarrollan una habilidad que jamás deberían necesitar: anticipar el peligro dentro de su propia casa.

Mientras algunos llegan de la escuela pensando en jugar, otros hacen cálculos para evitar un golpe. Mientras unos corren a contarles a sus padres lo que les pasó durante el día, otros ensayan mentalmente qué decir para no provocar una reacción violenta.

Para un niño, el hogar debería ser el lugar más seguro del mundo. ¿Qué sucede cuando es precisamente allí donde aprende a tener miedo?

La violencia contra niños, niñas y adolescentes no siempre deja marcas visibles. A veces hay moretones, heridas o lesiones. Otras veces, las marcas quedan escondidas detrás de una sonrisa, un uniforme escolar o un “estoy bien” que intenta proteger un secreto demasiado pesado para llevar a esa edad.

En Uruguay, durante 2025, el Sistema Integral de Protección a la Infancia y a la Adolescencia contra la Violencia (SIPIAV) registró 2.536 nuevas situaciones de violencia. El informe anual también identificó que el maltrato emocional representó el 38 % de los registros y el maltrato físico, el 15 %. Las madres y los padres aparecieron como las principales personas agresoras, con un 34 % y un 29 %, respectivamente.

Detrás de estas cifras hay niños que necesitan protección. Y hay una realidad que no podemos ignorar: los registros oficiales corresponden a situaciones detectadas e intervenidas, no a la totalidad de las que ocurren. La violencia que no se denuncia, no se identifica o permanece escondida sigue fuera de las estadísticas.

No estamos hablando de un problema ajeno. Estamos hablando de infancias que transcurren mientras todavía discutimos si un golpe educa.

Seguimos escuchando frases como “a mí me pegaron y no me pasó nada”, “una palmada a tiempo evita problemas” o “los padres tienen derecho a corregir a sus hijos”. Pero que una práctica haya sido habitual durante generaciones no la convierte en saludable. Haber sobrevivido a la violencia no significa haber salido ileso de ella.

La Organización Mundial de la Salud advierte que el castigo físico se asocia con consecuencias negativas para la salud mental, el desarrollo cognitivo y socioemocional, el aprendizaje y las relaciones interpersonales. No necesitamos golpear para educar. Necesitamos enseñar a regular las emociones, establecer límites y reparar los errores sin recurrir al miedo.

Cuando los golpes alcanzan la cabeza, el riesgo puede ser todavía mayor. El cerebro infantil está en desarrollo y es vulnerable a los traumatismos. Una lesión puede ocasionar desde una conmoción cerebral hasta hemorragias, discapacidad permanente o la muerte. Algunas consecuencias requieren seguimiento médico y pueden manifestarse en dificultades de atención, memoria, aprendizaje o conducta.

No todo niño que recibe golpes desarrollará una lesión cerebral, ni toda dificultad posterior puede atribuirse automáticamente al maltrato. Pero ningún adulto debería minimizar el riesgo de sacudir, golpear o lastimar la cabeza de un niño.

El daño, sin embargo, no termina en el cuerpo. También hay un sistema nervioso que aprende a vivir en alerta.

Cuando la amenaza proviene de quien debería brindar cuidado, el niño se enfrenta a una contradicción imposible de resolver: necesita a esa persona para sobrevivir, pero también le teme. Su cerebro debe dedicar recursos a detectar señales de peligro, anticipar reacciones y encontrar maneras de protegerse. En un ambiente impredecible, estar alerta puede convertirse en una forma habitual de estar en el mundo.

Ese estado puede interferir con el descanso, la concentración, la regulación emocional y el aprendizaje. También puede favorecer la ansiedad, la irritabilidad, el retraimiento y las dificultades para establecer vínculos seguros.

miedo

Hay, además, una herida especialmente profunda: la que se produce en la autoestima.

Un niño pequeño no siempre tiene las herramientas para comprender que el adulto que lo golpea está actuando de manera violenta. Muchas veces interpreta que hizo algo para merecerlo. Si mamá me pega, si papá me insulta, si quienes dicen amarme me humillan, tal vez el problema sea yo. Tal vez soy malo, molesto, insuficiente. Tal vez debería portarme mejor para que me quieran.

Así comienza a construirse una imagen de sí mismo atravesada por la culpa y la vergüenza. El niño puede crecer creyendo que necesita ganarse el afecto, que equivocarse merece un castigo, que sus necesidades incomodan y que el amor puede convivir con el miedo.

El daño no es solamente lo que sucede durante el golpe. Es lo que aprende a esperar después de él. Es pedir perdón por haber llorado. Es esconder una mala nota por temor a la reacción. Es preguntarse por qué en otras casas las cosas parecen diferentes. Es creer que no merece ser tratado con ternura.

Estas experiencias pueden asociarse con síntomas depresivos, ansiedad, desesperanza y dificultades para regular las emociones. La depresión infantil no siempre se manifiesta como tristeza evidente: también puede aparecer como irritabilidad persistente, aislamiento, pérdida de interés, alteraciones del sueño o un deterioro del funcionamiento cotidiano. Son señales que requieren atención y acompañamiento, no castigos ni descalificaciones.

Pero hay algo que vuelve especialmente cruel al maltrato dentro de la familia: la soledad.

¿A quién le cuenta un niño que tiene miedo de su padre? ¿Cómo explica que la persona que lo lleva a la escuela también es quien lo lastima? ¿Cómo denuncia a la madre de la que depende para comer, vestirse o recibir un abrazo? ¿Qué hace cuando cree que hablar podría empeorar la situación o provocar represalias?

A veces no cuenta nada. Otras veces lo dice de la única manera que puede: con un cambio de conducta, una caída en el rendimiento escolar, una pregunta inesperada, un silencio o una frase que los adultos descartamos demasiado rápido.

Los niños no siempre pueden nombrar el abuso. No siempre tienen palabras para describir lo que sienten. Y muchas veces tampoco saben que aquello que viven no es normal.

Por eso, escuchar a los niños no es solamente oír lo que dicen: es prestar atención a lo que expresan, observar los cambios y tomar en serio su sufrimiento.

Si un niño se anima a contar lo que le sucede, debemos escucharlo con calma, agradecerle que haya hablado y decirle claramente que no tiene la culpa. No debemos interrogarlo de manera insistente, sugerirle respuestas ni exigirle pruebas. Necesitamos recurrir a profesionales y servicios especializados para protegerlo.

También debemos revisar nuestras propias creencias. Un niño no es propiedad de sus padres. No es un objeto sobre el que los adultos pueden descargar su enojo. Tiene derecho a la integridad física, a la dignidad y a crecer libre de violencia. La crianza implica responsabilidad, no impunidad.

Niño abrazado a un oso de peluche
Niño abrazado a un oso de peluche
Canva

¿Qué podemos hacer quienes no somos sus padres? Mucho más de lo que imaginamos. Un docente que advierte un cambio, un profesional de la salud que pregunta, un familiar que no minimiza o un adulto que escucha sin juzgar pueden convertirse en el primer eslabón de una red de protección.

No necesitamos tener certeza absoluta para consultar ante una sospecha. Sí necesitamos actuar con responsabilidad, sin exponer al niño a mayores riesgos y recurriendo a los servicios competentes. La violencia familiar no debe resolverse obligando a la víctima a enfrentar sola a quien la lastima.

No todos los niños que sufren violencia desarrollarán un trastorno psicológico. Las consecuencias tampoco son necesariamente irreversibles. El apoyo oportuno, los vínculos protectores y la atención adecuada pueden favorecer la recuperación. Pero ningún niño debería tener que demostrar cuánto daño le hicieron para merecer ayuda.

Una sociedad se revela también en aquello que está dispuesta a tolerar dentro de sus hogares. No alcanza con indignarnos cuando una noticia estremecedora llega a los medios. La protección de la infancia empieza mucho antes: cuando dejamos de justificar los golpes, cuando comprendemos que los límites pueden ponerse sin violencia y cuando decidimos no mirar hacia otro lado.

Tal vez haya un niño cerca nuestro que esté esperando que alguien le pregunte qué le pasa. Que necesita descubrir que un adulto puede escucharlo sin gritarle, creerle sin culparlo y ayudarlo sin abandonarlo después.

No podemos prometerles a todos los niños una vida sin dificultades. Pero tenemos la obligación de ofrecerles algo básico: que quienes deberían cuidarlos no sean también la fuente de su miedo.

Escuchemos a los niños. Creamos en ellos. Protejámoslos. Ninguna infancia debería aprender a sobrevivir a quienes tendrían que enseñarle a vivir.

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