En general, podemos reconocer la bondad por sus manifestaciones visibles: una mano tendida, una palabra de aliento o un recurso compartido.
Sin embargo, si observamos el proceso desde la perspectiva de las ciencias del bienestar, descubrimos que el acto externo es apenas el último eslabón de una cadena que comienza mucho antes. El bien no empieza en la mano amigable, sino en un fenómeno interno de atención y reconocimiento.
Así, vemos que la percepción se vuelve semilla. Para generar bienestar, primero debemos tener la capacidad de identificar lo que es bueno en nuestro entorno y en los demás. Si no podemos percibir la chispa de valor o de humanidad en una situación, es imposible que nuestras acciones posteriores estén arraigadas en lo que es justo y apropiado.
Del mismo modo, nuestra tarea no es inventar el bien, sino agudizar nuestra sensibilidad para notarlo, incluso donde parece ausente.
Desde una perspectiva cognitiva o emocional, esto implica que:
- La gratitud nace de percibir el beneficio recibido.
- La compasión nace de percibir la vulnerabilidad ajena.
- La integridad nace de percibir el valor de la verdad.
Es posible desarrollar una actitud más optimista. Foto: Royal Free Pik.
Intención y atención
Dentro de nuestro capital cognitivo y emocional existen facultades que necesitamos fortalecer si no queremos utilizarlas de forma automática. Si deseamos reconocer el bien a nuestro alrededor, por ejemplo, debemos desarrollar un acto de consciencia aplicada.
Debemos ser capaces de dirigir nuestra mirada hacia el bien o la bondad para percibirlos. Resulta fundamental entrenar el foco en un entorno lleno de estímulos negativos o distractores y ejercitar nuestra capacidad de filtrar los conflictos, las quejas y el pesimismo para detectar la oportunidad de valor que existe en una situación o en una persona.
También debemos cultivar la habilidad de "observar cómo observamos", ya que el bien no es solamente algo que ocurre afuera, sino algo que reconocemos internamente. Se requiere que seamos conscientes de nuestros propios juicios y que seamos capaces de discernir si estamos viendo la realidad de forma neutra o estamos proyectando negatividad.
No podemos percibir lo que no conocemos, así que también debemos estudiar y profundizar en nuestros valores. Cuanto más refinado es nuestro concepto de lo que es bueno, justo, verdadero y bello, más fácil nos resulta detectarlo en los detalles cotidianos.
Llegados a este punto, muchas personas pueden pensar que es difícil encontrar el bien en circunstancias duras o desafiantes, y es verdad: requiere un gran esfuerzo de nuestra parte, y una adecuada gestión de nuestras emociones. No se trata de ser ingenuos y optimistas, sino de desarrollar la fortaleza que nos impida cegarnos por la ira o el miedo.
Las raíces de estos hábitos cognitivos saludables están en la percepción, y ésta no debe ser accidental o automática, sino deliberada: percibo el bien, luego lo proceso y finalmente actúo en consecuencia. Esta cadena convierte nuestras reacciones impulsivas en respuestas conscientes.
Una perspectiva madura
El envejecimiento no es un proceso de declive inevitable, sino una etapa de reconfiguración estratégica de nuestro cerebro. A medida que sumamos décadas, nuestra comprensión de la vida se transforma gracias a fenómenos biológicos y emocionales específicos.
A diferencia de la juventud, donde suele haber un hemisferio dominante según la tarea, el cerebro maduro tiende al andamiaje compensatorio. Esto significa que utilizamos ambos hemisferios de manera más equilibrada para percibir nuestro entorno y resolver problemas. Esta mayor conectividad facilita la utilización del conocimiento acumulado y la experiencia para ver patrones donde antes solamente veíamos caos.
Nuestro cerebro puede ser entrenado con mayor eficacia según pasan los años, y podemos filtrar más fácilmente los estímulos que llegan a nuestra conciencia. Al tener objetivos más claros y ser menos influenciables por la presión social, seleccionamos con mayor precisión a qué prestar atención. El resultado es que experimentamos la vida con mayor presencia. Filtramos lo irrelevante y nos enfocamos en estímulos que nutren nuestro bienestar emocional. Nuestro sesgo de positividad se fortalece.
Si bien la plasticidad es más explosiva en la niñez, al convertirnos en adultos se vuelve más selectiva y profunda. Al aprender nuevas disciplinas o profundizar en reflexiones filosóficas y literarias, creamos redes neuronales que sostienen una cosmovisión más compleja y matizada. No solo comprendemos los hechos, sino que podemos hacer segundas y terceras lecturas de las situaciones, distinguiendo lo auténtico de lo aparente y enriqueciendo nuestro juicio crítico.
A medida que nos hacemos mayores, alcanzamos una mejor regulación emocional: nuestra impulsividad disminuye y aumentan nuestras capacidades de mirar hacia el futuro con calma y dar sentido al pasado. Esta perspectiva nos permite responder a los eventos en lugar de reaccionar a ellos, mejorando significativamente nuestra calidad de vida interior.
Consejos prácticos
- Nuestro cerebro es el encargado de filtrar la información, así que debemos darle instrucciones claras sobre qué buscar cada día. Al iniciar la jornada, definamos focos de asombro, bondad y belleza. Esto entrena a nuestro cerebro para priorizar estímulos positivos y significativos, reduciendo la fatiga cognitiva que produce el procesamiento de información irrelevante o estresante.
- En la madurez, nuestra neuro plasticidad se nutre de una combinación de novedad y complejidad. Integremos ejercicios repetitivos con áreas del conocimiento que usualmente no se conectan. Al sintetizar conceptos de distintos dominios, fortalecemos el andamiaje compensatorio de nuestro cerebro.
- Nuestras funciones ejecutivas mejoran cuando aprendemos a gestionar el tiempo entre un estímulo y nuestra respuesta. Apliquemos la técnica de la observación participante ante situaciones de conflicto o estrés y -antes de intervenir- dediquemos unos segundos a identificar qué parte de la situación es superficial o reactivo y qué parte es el núcleo real del problema. Esta breve pausa fortalece nuestra autorregulación emocional.
Para tener en cuenta
- Hagámonos el regalo de entrenar nuestra mirada. Si cultivamos la habilidad de ver el potencial positivo en la realidad, nuestras conductas y resultados serán naturalmente mejores. No podemos cosechar un bien sólido si no está arraigado en una comprensión profunda de lo que ese bien significa.
- Al ejercitar el mecanismo de búsqueda para hallar lo constructivo, nuestras acciones consecuentes serán inevitablemente las más adecuadas. La calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestra atención y de nuestras intenciones.
- Envejecer bajo esta concepción significa pasar de una mente que busca acumular datos y reaccionar frente a múltiples estímulos a una que busca sintetizar significados.
-
Checklist de autocuidado: qué podemos hacer para tener una mejor calidad de vida y envejecer de forma saludable
Que es muy tarde, que es solo para grandes, que con juegos alcanza: conocé los mitos sobre el entrenamiento del cerebro
Pertenecer a grupos y comunidades nos fortalece y nos otorga sentido durante la vida