¿Cuántas veces escuchamos —o nos escuchamos— decir: “soy vaga”, “no soy lectora”, “no sirvo para eso” o “yo soy así”? Decimos “ser” donde podríamos decir “estar” y algo que podría pertenecer a un momento, una etapa o incluso a una dificultad, termina convertido en una esencia.
No es lo mismo decir “soy vaga” que decir “hace meses que no logro entrenar”, ni tampoco es igual decir “no soy lectora” que “hace años que no encuentro con un libro que me atrape”. En un caso, describimos algo que nos pasa; en el otro, hacemos de eso una definición. Y las definiciones tienen una ventaja: ordenan. Si “yo soy así”, hay menos que preguntarse. El que “no sirve para eso” no tiene que probar, el que “nunca fue lector” tampoco tiene que averiguar si podría llegar a serlo.
Podríamos decir sobre las mismas escenas frases como “hasta ahora fui así”, “todavía no encontré la manera”, “hoy pienso esto”, “durante mucho tiempo no me interesó”. Pero esas frases tienen algo más incómodo: dejan el sentido abierto. Admiten que lo que hoy somos —o creemos ser— puede cambiar. Y una posibilidad abierta, a diferencia de una sentencia, no tranquiliza: obliga a preguntarnos qué hacemos con ella.
Con las ideas pasa algo parecido, también decimos “soy de los que piensan que…”. ¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión? Quizás porque no se cambia solamente una idea. Una creencia sostenida durante años termina formando parte del modo en que nos reconocemos, y cuestionarla es tocar ese hilo que une a quien fuimos con quien somos. Esa continuidad nos da la ilusión de conocernos. El problema empieza cuando la coherencia deja de ser un efecto y se vuelve un mandato; cuando ya no somos coherentes porque seguimos pensando lo mismo sino que seguimos pensando lo mismo para no dejar de ser coherentes.
Vivir, inevitablemente, nos modifica. Un amor, una pérdida, un hijo, una separación, un libro, una mudanza o simplemente el paso del tiempo pueden volver extraño aquello que alguna vez defendimos con absoluta convicción. Aceptarlo implica algo que pocas veces nombramos: un duelo. Cambiar de opinión es despedirse de una versión de uno mismo. Sin embargo, solemos vivirlo como una traición o como la confesión de un error.
Otra dificultad que aparece a la hora de cambiar de opinión es que también estamos hechos de lo que los otros dijeron de nosotros, y por eso cambiar tampoco es un asunto “privado”. En toda familia alguien queda ubicado como “la responsable”, otro como “el complicado”, otro como “el exitoso”, y entre amigos nunca falta “el que no se enamora” o “la que siempre está disponible”. Un rasgo que alguien nos atribuyó al pasar termina funcionando como un segundo nombre, y a fuerza de escucharlo uno empieza a habitar ese lugar con una docilidad sorprendente. Entonces, cambiar exige un trabajo doble: modificar la propia mirada y soportar la sorpresa —a veces, el reproche— de los demás. “Pero vos siempre dijiste que…”, “esto no es propio de vos”, “vos antes pensabas otra cosa”, como si dejar de ser idénticos a quienes fuimos fuera, de por sí, sospechoso.
Hay casos en los que está en juego el lugar de pertenencia. Pensamos desde los lugares a los que pertenecemos —una familia, una profesión, una generación, un grupo de amigos—, y cambiar de idea puede sentirse como quedarse afuera. Quizás por eso algunas discusiones se encarnan tanto: parece que se discute un argumento, pero por debajo se juega otra cosa: quién soy, con quién estoy, a quién decepciono si empezara a pensar distinto.
Años defendiendo una posición, dinero, decisiones enteras tomadas en su nombre. Cuanto más se apostó, más cuesta retirarse, no porque la idea siga convenciendo sino porque abandonarla obliga a mirar hacia atrás todo lo que se hizo mientras se creía en ella. Así se explican muchas permanencias en trabajos, vínculos o proyectos que ya no se desean: no siempre es que uno no sepa que quiere irse, sino que, a veces, irse supone reabrir demasiadas decisiones que se daban por cerradas.
Nada de esto es un elogio de la volatilidad. Tener convicciones, principios y deseos firmes también forma parte de una vida. El problema no es la firmeza sino la prisión: sostener algo únicamente porque alguna vez lo dijimos y preferir ser coherentes con el pasado antes que honestos con el presente. Convendría entonces revisar la mala fama de la contradicción. Quién teme parecer contradictorio suele temer, en el fondo, que se note que algo le pasó. Y la contradicción es muchas veces exactamente eso: la huella de que algo ocurrió, de que conocimos lo que antes ignorábamos, de que nos equivocamos, de que atravesamos una experiencia o, simplemente, de que pasó el tiempo.