Llegar a tiempo a un compromiso personal o laboral suele parecer una pauta básica de convivencia y organización. Sin embargo, para muchas personas, cumplir con la hora pactada resulta una batalla perdida de antemano. Más allá de la etiqueta de irresponsabilidad con la que se suele juzgar esta conducta, la psicología advierte que la impuntualidad reiterada responde a procesos inconscientes más profundos.
Especialistas en salud mental señalan que el retraso crónico funciona en muchos casos como una estrategia involuntaria para aplazar el malestar o la angustia que genera el contacto social. Al postergar el momento de la llegada, la persona busca reducir temporalmente la incomodidad que le provoca exponerse a determinado encuentro.
Del mismo modo, retrasarse puede actuar como un mecanismo indirecto para intentar tomar el control de la situación: cuando alguien siente que carece de poder en diversos ámbitos de su vida, hacer esperar al resto le otorga una falsa sensación de dominio.
Del perfeccionismo a la falta de motivación
Otro factor determinante en este patrón de conducta es el perfeccionismo. La exigencia de dejar la casa impecable, preparar cada detalle del bolso o revisar minuciosamente el vestuario antes de cruzar la puerta genera una fuerte resistencia a salir sin sentirse "listo".
Intentar cumplir con esas expectativas previas provoca una ansiedad tal que la persona pospone su salida hasta el último minuto, derivando en corridas y retrasos inevitablemente.
A estas causas se suman la búsqueda de adrenalina al hacer las cosas a contrarreloj o, simplemente, la falta de entusiasmo ante la reunión en cuestión. Dado que las consecuencias de la impuntualidad van desde el deterioro de las relaciones personales hasta el quiebre de oportunidades laborales, los profesionales sugieren acudir a un especialista en salud mental cuando este comportamiento resulta difícil de modificar por cuenta propia.
En base a La Nación/GDA