El experimento de las 20 sentadillas por un boleto y cómo cambiar el entorno ayuda a hacer más ejercicio

“Nunca evolucionamos para hacer ejercicio”: la explicación biológica de por qué cuesta romper el sedentarismo y la razón evolutiva por la que quedarse en el sofá resulta más fácil.

Deporte fitness ejercicio gimnasio
Jóvenes en el gimnasio.
Foto: Freepik.

Hay personas que disfrutan salir a correr, andar en bicicleta o entrenar varias veces por semana. Para otras, en cambio, la idea de ponerse ropa deportiva y empezar a moverse puede resultar poco atractiva, incómoda o directamente agotadora antes de haber comenzado. Durante años, la explicación más sencilla fue también una de las más repetidas: falta de voluntad.

Pero la relación que cada persona establece con el ejercicio parece ser bastante más compleja. La predisposición biológica, las experiencias previas, el contexto social e incluso las características del lugar donde vive pueden influir en cuánto le cuesta incorporar movimiento a su rutina. El biólogo evolutivo Daniel Lieberman lo resume con una frase provocadora: “Nunca evolucionamos para hacer ejercicio”.

La idea no es que el cuerpo humano haya evolucionado para permanecer quieto, sino todo lo contrario. Durante buena parte de la historia, las personas debían caminar, correr, trepar, cazar, recolectar y desplazarse para sobrevivir. Lo que resulta relativamente nuevo es realizar actividad física de manera deliberada, estructurada y sin que exista una necesidad inmediata detrás.

En la vida cotidiana actual, muchas de las actividades que antes exigían esfuerzo físico pueden resolverse con poco o ningún movimiento. Ya no es necesario caminar durante horas para conseguir alimentos, desplazarse largas distancias para trabajar ni subir escaleras para llegar a un piso alto. Los vehículos, los ascensores, las pantallas y otras tecnologías redujeron buena parte del esfuerzo físico incorporado a la vida diaria.

Sin embargo, el organismo continúa necesitando actividad física. La Organización Mundial de la Salud estima que una proporción importante de la población mundial no alcanza los niveles recomendados de actividad física. El problema no parece reducirse, entonces, a saber que moverse es beneficioso. La pregunta es otra: si sabemos que necesitamos hacerlo, ¿por qué puede costar tanto empezar?

Hombre haciendo ejercicio
Hombre haciendo ejercicio
Imagen creada por Chat GPT

Una posible explicación está relacionada con la manera en que el cerebro procesa el esfuerzo y las recompensas. Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky desarrollaron un modelo que distingue entre procesos de pensamiento rápidos y automáticos y otros más lentos y deliberados.

Llevado al terreno de la actividad física, esta diferencia ayuda a entender una situación cotidiana: quedarse en el sofá puede ser la opción más sencilla en el corto plazo, mientras que ponerse los zapatos, salir de casa y empezar a correr requiere una decisión consciente.

El problema es que el ejercicio suele ofrecer sus beneficios de manera menos inmediata que otras actividades. Una pantalla puede proporcionar entretenimiento en cuestión de segundos. El resultado de una rutina de entrenamiento, en cambio, suele construirse con el tiempo. Desde una perspectiva evolutiva, además, ahorrar energía tuvo históricamente ventajas. Cuando los recursos eran escasos, gastar menos energía podía ser una estrategia útil para la supervivencia. En el mundo actual, ese mecanismo puede entrar en conflicto con una realidad muy diferente: necesitamos movernos precisamente porque la vida cotidiana ya no nos obliga a hacerlo.

Esto también ayuda a cuestionar la idea de que hacer ejercicio sea exclusivamente una cuestión de disciplina. Los estudios realizados en gemelos sugieren que determinados rasgos relacionados con el autocontrol y la actividad física tienen componentes genéticos. Eso no significa que exista un “gen del ejercicio” ni que una persona esté condenada a ser sedentaria. La biología puede influir en la manera en que cada individuo percibe el esfuerzo, la recompensa o la incomodidad, pero no determina por completo el comportamiento.

Adultos mayores haciendo ejercicio
Adultos mayores haciendo ejercicio
Foto: Canva

La experiencia también importa. Una persona que tuvo experiencias positivas con el deporte durante la infancia puede desarrollar una relación completamente diferente con el ejercicio que alguien que fue objeto de burlas por su cuerpo, tuvo experiencias negativas en las clases de educación física o se sintió constantemente juzgado mientras realizaba actividad física. Incluso dos personas con características biológicas muy similares pueden terminar desarrollando vínculos muy diferentes con el movimiento.

Hay otro factor que suele quedar fuera de las conversaciones sobre fuerza de voluntad: el entorno. No es lo mismo intentar caminar todos los días en un barrio con veredas accesibles, espacios verdes y lugares seguros para realizar actividad física que vivir en una zona donde desplazarse a pie resulta difícil o poco atractivo. El contexto, entonces, puede facilitar o dificultar una conducta que muchas veces se presenta como una decisión puramente individual.

Si existen factores biológicos, psicológicos y ambientales que influyen en la actividad física, insistir únicamente en “tener disciplina” puede ser una estrategia insuficiente. Otra posibilidad consiste en modificar el entorno para que moverse sea más sencillo y atractivo. El ejemplo de Cluj-Napoca, en Rumania, ilustra esta idea. Allí se implementó una iniciativa que permitía obtener un boleto de ómnibus a cambio de realizar 20 sentadillas. Según el caso citado, se llegaron a emitir más de 200.000 boletos mediante esta propuesta.

No hace falta que todas las iniciativas funcionen de esa manera. Mejorar los espacios públicos, facilitar el acceso a actividades deportivas, incorporar más movimiento a las escuelas y diseñar ciudades que favorezcan los desplazamientos a pie también puede modificar las oportunidades que tienen las personas para mantenerse activas.

Con base en El Tiempo/GDA

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