A menudo parece que la vida —en lo que a realización se refiere— debería ser un camino recto y ascendente hacia el éxito o la felicidad. Sin embargo, lo que he aprendido de mi propia experiencia y de la de tantas personas que me rodean es que se trata más bien de un sendero sinuoso, poblado de recodos, atajos inesperados y constantes bifurcaciones.
Cuando tenemos que aceptar un fracaso o un cambio, nos enfrentamos a la necesidad de comenzar de nuevo, sin quedarnos atorados en una decepción o en una situación que llegó a su fin. Son momentos en los que se define nuestra voluntad de ponernos en pie y retomar la marcha. Es un recordatorio de que nada es permanente, ni las derrotas ni las glorias. Y cada vez que volvemos a empezar, lo hacemos con experiencia y perspectiva.
Adaptación
Los especialistas señalan que, para que seamos capaces de cambiar el rumbo o levantarnos luego de un tropiezo, nuestra mente debe ejecutar varios procesos de adaptación y reestructuración, utilizando numerosas habilidades cognitivas.
Lo primero que necesitamos es tener la capacidad mental de abandonar un esquema de pensamiento o una ruta que ya no es funcional y adoptar una nueva. Implica dejar de lado las expectativas, los planes frustrados o los éxitos pasados, y ajustarnos a las nuevas condiciones de la realidad sin quedar atrapados en la rigidez.
Al mismo tiempo, el acto de comenzar de nuevo requiere una capacidad de síntesis para organizar los pasos a seguir. Debemos frenar el impulso de quedarnos detenidos en la inercia del lamento o el descanso, mientras mantenemos presentes las lecciones aprendidas para aplicarlas en nuevos proyectos, evitando repetir errores de forma automática.
Es necesario, también, cambiar la narrativa de lo que nos sucede. Lo que podría verse como un fracaso o una pérdida de tiempo se reclasifica cognitivamente como un insumo para el futuro: transformamos la memoria episódica en sabiduría procedimental.
Finalmente, para volver a ponernos de pie, nuestra mente debe ser capaz de proyectar un escenario que aún no existe y generar la motivación necesaria para alcanzarlo. Sin esta capacidad de visualización, quedaríamos anclados en el presente o en el pasado. Transitar estos procesos requiere filtrar las distracciones del entorno, así como nuestras dudas, miedos y otros ruidos internos, para una adecuada gestión de los recursos cognitivos.
Según pasan los años
Para alguien muy joven o para quienes han transitado muchas décadas, estos conceptos resuenan de manera diferente: su valor cambia de matiz según la etapa vital, así como según la realidad cognitiva y emocional de cada persona.
A partir de los 50 o 60 años, ya hemos visto cómo se derrumban ciertos mapas. En esta etapa, la reflexión no es una elección, sino una necesidad de supervivencia emocional.
A diferencia de los jóvenes, las personas mayores no empiezan de cero, sino desde la síntesis. Comenzar de nuevo implica decidir qué creencias, rencores y mandatos soltar y cuáles conservar. Pensar de esta manera ayuda a combatir la idea de que ya está todo hecho y promueve el propósito de asumir un cambio de rumbo que exige nuevas habilidades.
Aceptar que, aunque algunas etapas se cierren definitivamente, la capacidad de asombro y de propósito puede —y debe— reiniciarse resulta un bálsamo.
Para una persona joven, en tanto, estas reflexiones funcionan como un antídoto contra la ansiedad.
Frente a la presión social, tan característica de estos tiempos, de ser exitosos en la carrera, en la pareja o en el nivel social, es importante recordar que hay tiempo por delante.
Cuando somos jóvenes, el primer gran fracaso puede vivirse como el fin del mundo. Entender que siempre hay nuevas oportunidades y proyectos ayuda a construir resiliencia y a comprender que la vida es corregible.
En un mundo que cambia a gran velocidad, la idea de comenzar de nuevo se vuelve una de las habilidades más valiosas. Quienes entienden que el aprendizaje no termina con un título, sino que se reinicia constantemente, están mejor preparados para el futuro.
Consejos prácticos
• Tomá una hoja de papel y dividila en dos columnas. En la primera, escribí aquellas creencias que ya no funcionan en tu realidad actual. En la segunda, anotá habilidades o lecciones adquiridas en momentos de crisis. Esto permite distinguir qué parte del pasado actúa como ancla y cuál como impulso.
• Identificá una situación reciente que percibas como un fracaso o una pérdida de tiempo. Escribila en tres oraciones cortas. Luego, reescribila eliminando las palabras con carga negativa y sustituyéndolas por términos de aprendizaje o datos objetivos. Este ejercicio busca transformar la experiencia en un recurso útil.
• Cerrá los ojos y pensá en un proyecto que te gustaría emprender pero que hoy te genera duda o miedo. Describí los primeros tres pasos concretos que darías para iniciarlo. Deben ser lo suficientemente pequeños como para poder realizarlos sin quedar bloqueado. El objetivo es reducir la ansiedad y enfocar la acción.
Estos ejercicios refuerzan la capacidad de adaptación y permiten pasar de la reflexión a la acción, retomando la gestión de la propia vida y el sentido de propósito.
Para recordar
Entender que la vida no es un ascenso lineal, sino un proceso de constante redescubrimiento, permite soltar la exigencia de perfección.
Ya sea desde la juventud o desde la madurez, la capacidad de la mente para reorganizarse y proyectar nuevos escenarios es una herramienta clave. No importa cuántas veces cambien los planes: lo esencial es la disposición para procesar los cambios y volver a empezar.
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