¿El celular hackea tu cerebro? El hábito automático que consume nuestra atención y cómo romper el bucle diario

Qué es el síndrome FOMO, por qué los teléfonos inteligentes provocan sobreestimulación cerebral y más efectos en el cerebro, según el neuropsicólogo Aarón Fernández del Olmo.

Mujer distraída con el celular en el trabajo
Mujer distraída con el celular en el trabajo.
Foto: Freepik.

Hace apenas unos años, la preocupación por el impacto de los celulares parecía concentrarse en niños y adolescentes. Hoy, cada vez más especialistas sostienen que el fenómeno atraviesa a todas las generaciones. La razón no sería únicamente el tiempo que pasamos frente a las pantallas, sino la forma en que estos dispositivos moldean nuestra atención, nuestra memoria y hasta nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Esa es una de las ideas centrales que desarrolla el neuropsicólogo Aarón Fernández del Olmo en su libro El cerebro hackeado, donde analiza cómo los teléfonos inteligentes han introducido dinámicas para las que el cerebro humano no parece estar completamente preparado.

Según el especialista, el problema no radica en la tecnología en sí, sino en la velocidad a la que funciona. Mientras la evolución moldeó un cerebro adaptado a los ritmos del entorno natural, los smartphones operan en una lógica completamente distinta: estímulos constantes, información ininterrumpida y una sucesión de contenidos que apenas deja espacio para procesarlos.

De esa combinación surgen fenómenos como la sobreestimulación, la hipervelocidad y la sensación de estar permanentemente conectados. El resultado, explica Fernández del Olmo, es una experiencia más superficial. Se dedica menos tiempo a cada actividad, los recuerdos se consolidan con menor profundidad y disminuyen los momentos de reflexión o descanso.

Cómo afectan las pantallas a niños, adolescentes y adultos

Las consecuencias varían según la etapa de la vida. En los primeros años, la preocupación principal es que el uso excesivo de pantallas reemplace experiencias fundamentales para el desarrollo. Los bebés y niños pequeños necesitan interactuar con el entorno físico para construir habilidades como el lenguaje, la integración sensorial y la interacción social. Aunque los celulares ofrecen una gran cantidad de estímulos, estos no necesariamente coinciden con los que el cerebro requiere para desarrollarse.

Durante la adolescencia, los riesgos se desplazan hacia otros terrenos. Se trata de una etapa especialmente sensible para la construcción de la identidad, la autoestima y la regulación emocional. Por eso, determinados usos de las redes sociales pueden potenciar vulnerabilidades preexistentes y afectar el bienestar psicológico.

En la adultez, el desafío suele ser diferente: evitar que el flujo constante de información termine vaciando de contenido las experiencias cotidianas o capturando tiempo destinado al descanso, el pensamiento o los vínculos personales.

Celular, adolescente
Adolescente usa el celular.
Foto: Freepik.

¿Uso compulsivo o adicción?

Uno de los puntos que más debate genera es si la relación con el celular puede considerarse una adicción. Fernández del Olmo distingue entre ambos conceptos. Explica que muchas aplicaciones y redes están diseñadas para maximizar el tiempo de uso mediante mecanismos conocidos por la psicología desde hace décadas. Sin embargo, no toda conducta compulsiva constituye una adicción.

La diferencia aparece cuando una actividad deja de realizarse por placer y empieza a sostenerse por miedo a perderla. Allí entra en juego una de las fuerzas psicológicas más potentes de la era digital: el FOMO (fear of missing out), es decir, la sensación de que algo importante está ocurriendo y uno podría quedar excluido.

Frente a esa ansiedad permanente, algunos especialistas comenzaron a hablar del fenómeno opuesto: el JOMO (joy of missing out), o la capacidad de disfrutar aquello que se decide no seguir. Para el neuropsicólogo, desarrollar esa habilidad implica aceptar dos límites básicos. El primero es reconocer que resulta imposible procesar toda la información disponible. El segundo consiste en elegir deliberadamente a qué dedicar tiempo y atención.

La idea se relaciona con un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología: la paradoja de la elección. Aunque disponer de muchas opciones parece una ventaja, el exceso puede dificultar las decisiones y generar frustración. Algo tan cotidiano como pasar media hora buscando una película y terminar sin ver ninguna sería un ejemplo de ello.

Mujer mira el celular mientras cocina
Mujer mira el celular mientras cocina.
Foto: Freepik.

El problema de los automatismos

Otra cuestión que señala el autor es la tendencia a relacionarnos con el teléfono de manera automática. Revisar una aplicación, saltar a otra, abrir redes sociales, volver al correo, mirar mensajes y repetir el circuito una y otra vez se convierte en un hábito que rara vez se cuestiona. Ese “bucle de revisión” consume atención sin que exista una intención clara detrás.

Por eso, propone un ejercicio sencillo: analizar qué aplicaciones realmente aportan valor y cuáles solo generan interrupciones constantes. La idea no es adaptarse a las exigencias de la tecnología, sino adaptar la tecnología a las necesidades reales de cada persona.

El especialista coincide con quienes sostienen que la dificultad para concentrarse no puede explicarse únicamente por una supuesta falta de voluntad individual. Las plataformas digitales conocen cada vez mejor los mecanismos de la atención humana y están diseñadas para captar tiempo y permanencia.

Sin embargo, también cree que comprender cómo funciona nuestra atención puede ser el primer paso para recuperar cierto margen de control. Cuando esos mecanismos se saturan, explica, resulta más fácil navegar de manera pasiva entre contenidos, como ocurre con el scroll infinito.

Más allá de apagar el teléfono

Para Fernández del Olmo, la solución no pasa por demonizar la tecnología ni por desconectarse por completo. El desafío es más profundo. De poco serviría apagar las pantallas si se mantiene intacta la idea de que cada minuto debe ser productivo. En su opinión, el problema también está relacionado con una cultura que valora la hiperactividad permanente y deja cada vez menos espacio para actividades que no producen resultados inmediatos.

Por eso propone revisar prioridades y preguntarse qué aspectos importantes para el bienestar personal están quedando relegados frente a la exigencia constante de hacer más: la cuestión no es solo cuánto usamos el celular, sino qué estamos dejando de hacer mientras lo usamos.

Con base en El Tiempo/GDA

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