Desde hace ya varios años, la conversación sobre la longevidad está siendo sobre ¿cómo vivir más años? La ciencia, la medicina y la industria del bienestar han invertido enormes recursos en encontrar fórmulas para extender la expectativa de vida. Sin embargo, una pregunta un tanto más relevante comienza a imponerse: ¿de qué sirve vivir más si no vivimos mejor?
Entiendo que la calidad de vida de esos años que pretendemos extender nuestra longevidad es el factor crucial de una madurez en plenitud. En ese sentido, el bienestar integral y la salud mental emergen como los pilares más importantes —y a menudo más desatendidos— desde lo conceptual en la longevidad moderna.
Hoy sabemos que el bienestar psicológico no es un lujo ni una cuestión secundaria. La evidencia científica revela que el estrés crónico, la ansiedad, la depresión, y la sensación de soledad, tienen efectos directos sobre el organismo. Aumentan la inflamación, afectan el sistema inmunológico, alteran el sueño y elevan el riesgo de enfermedades cardiovasculares. En otras palabras, la mente y el cuerpo no envejecen por caminos separados. El equilibrio psico-emocional nos favorece para un estado físico armónico y con menos dolencias, ya que todo parte desde allí, desde una mente en calma pero que aún mantiene su pasión y motivación.
Claramente, las personas que mantienen vínculos sociales sólidos, encuentran propósito en sus actividades cotidianas y desarrollan herramientas para gestionar las dificultades suelen disfrutar de una mejor calidad de vida a medida que envejecen. No necesariamente viven más años, pero sí viven esos años con mayor autonomía, satisfacción y plenitud. Aquí es donde se aplica este binomio que en lo personal tanto me gusta y que debemos analizar desde una perspectiva abierta y en conexión con lo vivencial: calidad vs. cantidad.
El desafío de nuestro tiempo es que hemos aprendido a prolongar la vida más rápido de lo que hemos aprendido a darle sentido. La tecnología médica permite controlar enfermedades que antes eran mortales, pero ninguna innovación puede reemplazar una conversación significativa, una amistad sincera o la sensación de sentirse útil para otros.
La llamada economía de la longevidad o economía plateada (alude a la generación plateada a partir de 60 años) mueve miles de millones de dólares en suplementos, tratamientos y dispositivos destinados a retrasar el envejecimiento. Sin embargo, dejamos de lado la salud mental; la clave de una vida con capacidad de disfrute y felicidad.
En este sentido, cabe señalar que gran parte de las intervenciones más efectivas para preservar la salud mental siguen siendo sorprendentemente simples: dormir bien, realizar actividad física, mantener relaciones humanas de calidad, aprender cosas nuevas y dedicar tiempo a actividades que generen disfrute y propósito. Además de vivir el aquí y ahora, en conexión con el presente y en control de nuestro pensamiento.
La Organización Mundial de la Salud define la salud no como la ausencia de enfermedad, sino como un estado de bienestar físico, mental y social. Esta definición resulta especialmente pertinente cuando pensamos en el envejecimiento. Una persona de 80 años que conserva curiosidad, independencia emocional y una red de afectos puede considerarse más saludable que alguien mucho más joven atrapado en el aislamiento, el estrés permanente o la falta de sentido vital.
Quizás debamos dejar de preguntar cuántos años nos quedan y empezar a preguntarnos cómo queremos vivirlos. La longevidad del siglo XXI no debería medirse únicamente en años añadidos a la vida, sino en vida añadida a los años.
Porque al final, el objetivo no es ganar una carrera contra el tiempo. El verdadero desafío es llegar a cada etapa de la existencia con la capacidad de disfrutarla, comprenderla y compartirla. Vivir más puede ser un logro de la medicina. Vivir con bienestar mental es, además, un logro profundamente humano.
En otras palabras, el desafío del siglo XXI ya no es solo aumentar la expectativa de vida, sino mejorar la expectativa de bienestar. La diferencia puede parecer sutil, pero es profunda. Una persona puede llegar a los 90 años y pasar buena parte de sus últimas décadas luchando contra la depresión, el aislamiento, la ansiedad o el deterioro cognitivo. Otra puede vivir menos tiempo, pero hacerlo con energía, proyectos, relaciones significativas y una sensación de plenitud. Desde una perspectiva humana, la segunda experiencia probablemente represente una vida más rica y satisfactoria.
Cómo mantener el cerebro en buen estado en la tercera edad
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Por eso, cuando hablamos de longevidad, no podemos limitarnos a indicadores biológicos o médicos. También debemos considerar aspectos psicológicos y sociales que tienen un impacto decisivo sobre la calidad de vida.
Algunos aspectos relativos a nuestros hábitos y estilo de vida:
- El propósito. El tan renombrado concepto de Ikigai que promueven los japoneses. Las investigaciones sobre las llamadas “zonas azules”, regiones del mundo donde las personas suelen vivir más años y con mejor salud, muestran que los hábitos alimentarios y la actividad física son importantes, pero no explican todo. También aparece de forma recurrente un fuerte sentido de propósito. Las personas sienten que tienen razones para levantarse cada mañana, objetivos que perseguir y un papel que desempeñar dentro de su comunidad, sin necesidad de que su objetivo sea algo magnifico y a nivel macro, un pequeña meta diaria es suficiente.
- La conexión o red social real. La época es paradójica. Nunca estuvimos tan conectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, tantas personas experimentan sentimientos de soledad. Las redes sociales permiten comunicarse con individuos ubicados en cualquier parte del planeta, pero no sustituyen la cercanía emocional que ofrecen las relaciones humanas profundas.
La evidencia es contundente: quienes mantienen vínculos afectivos sólidos suelen presentar mejores indicadores de salud física y mental. La amistad, el sentido de pertenencia y el apoyo emocional actúan como verdaderos factores protectores frente a los desafíos del envejecimiento.
La longevidad saludable requiere comunidad y sentido de pertenencia. No obstante, la capacidad de adaptación es clave para acomodar el cerebro y el cuerpo a esta nueva realidad que impone el proceso de envejecimiento. Se modifican las condiciones físicas, aparecen pérdidas, cambian los roles familiares y profesionales. La diferencia está en cómo las personas responden a esas transformaciones. La resiliencia, entendida como la capacidad de adaptarse y encontrar nuevos caminos frente a las dificultades, constituye uno de los recursos más valiosos para mantener el bienestar psicológico a lo largo de la vida.
Las personas que envejecen mejor no son aquellas que nunca enfrentan problemas, sino aquellas que desarrollan herramientas para convivir con ellos sin perder la capacidad de disfrutar, aprender y construir nuevos proyectos.
La conversación sobre longevidad requiere una mirada más abarcativa e integral. No basta con contar años. También debemos contabilizar experiencias, vínculos, aprendizajes y momentos de satisfacción. Una sociedad preparada para el envejecimiento no es aquella que sólo prolonga la vida, sino la que crea condiciones para que las personas puedan vivir con dignidad, autonomía y bienestar emocional durante todas sus etapas.
El objetivo final no consiste en ganar años a cualquier precio. Consiste en llegar a la vejez conservando aquello que hace que la vida valga la pena: la curiosidad, los afectos, la capacidad de elegir, la posibilidad de seguir aprendiendo y el sentimiento de que cada día tiene sentido. Finalmente “la edad es un número, la salud mental y el bienestar se construyen día a día”.
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