Las guerras ya no se limitan a un territorio en particular ni a la experiencia de quienes las atraviesan. No son únicamente relatos de soldados que regresan con trauma ni de ciudades reconstruidas entre escombros. Hoy todos somos testigos en tiempo real: la violencia, el miedo y el espanto se transmite en vivo, se edita en clips, se replica en timelines infinitos. Mientras comemos, trabajamos o nos acostamos, la pantalla nos devuelve imágenes de cuerpos mutilados, madres llorando sobre sus hijos, hospitales incendiados. Todo en alta definición. Y seguimos.
Ese “seguir” es el gesto central de nuestra época: la posibilidad de pasar del espanto a un meme en cuestión de segundos no habla de frivolidad, sino de un mecanismo de supervivencia emocional. El sistema está diseñado para que el horror no interrumpa nada. Lo que antes dejaba cicatrices en la historia y en los cuerpos, hoy deja fracturas en el sentido: la violencia se convierte en un trending topic más, en una categoría de contenido.
Susan Sontag, en Ante el dolor de los demás, planteó que ver imágenes de guerra puede sensibilizar o, por el contrario, adormecer. Depende de cómo circulen, de qué relato las acompañe y de qué espacio de acción se abra a partir de ellas. En nuestra contemporaneidad dominada por algoritmos que priorizan la repetición y la velocidad, la imagen del sufrimiento no busca conmover para transformar, sino capturar la atención para retenernos conectados. La visibilidad ya no garantiza denuncia, incluso puede convertirse en anestesia.
La imagen del sufrimiento no busca conmover para transformar, sino capturar la atención para retenernos conectados.
El reciente caso de Jean Pormanove en Francia expone esto. Murió durante un vivo de 289 horas en la plataforma Kick, tras semanas de transmisiones en las que era golpeado y humillado por otros influencers. La violencia no fue un accidente: fue contenido. Fue espectáculo. Y fue monetizado. Lo macabro se inscribió en la lógica del entretenimiento y ahora se reproduce en miles de pantallas y se comparte como si se tratara de un capítulo más en la programación del horror digital.
Podría pensarse que estamos ante un fenómeno inédito, pero no: la espectacularización del sufrimiento ajeno tiene larga historia. En el Medioevo, los castigos se ofrecían como espectáculo en la plaza pública. Lo que hoy cambia es la escala y la simultaneidad: la humillación o la masacre pueden ser vistas en directo por millones de personas, sin frontera ni límite temporal. Lo que antes se consumía en la plaza del pueblo circula globalmente, 24/7, en HD. Nos creemos modernos, pero repetimos viejas prácticas con dispositivos más sofisticados.
Por un lado, se vuelve evidente la urgencia de repensar las responsabilidades entre Estados y empresas digitales. La espectacularización de lo macabro no es un exceso marginal: es parte constitutiva del ecosistema contemporáneo. Si no se interviene, los límites de lo exhibible seguirán corriéndose hacia territorios cada vez más peligrosos, donde la dignidad humana se convierte en material fungible para el consumo.
Por otro lado, es importante no perder de vista que el costo no es solo político o cultural, también es subjetivo. La sobreexposición al horror instala un estado de alerta permanente que erosiona la salud mental. Insomnio, ansiedad, apatía: respuestas individuales a un malestar colectivo que no encuentra cauce común. Ese repliegue subjetivo, a su vez, debilita los lazos sociales.
El feed funciona como la nueva plaza, pero sin comunidad. Cada persona consume su propia dosis de espanto en soledad, atrapada en su burbuja algorítmica. La conversación compartida se desarma: no hay tiempo para elaborar juntos, porque la siguiente tragedia llega antes de que podamos procesar la anterior. Lo que no se elabora se acumula como cinismo o apatía y se traduce en un hiperindividualismo feroz: “me cuido, sigo con lo mío”.
La paradoja es brutal: nunca vimos tanto y nunca estuvimos tan solos. La empatía se convierte en un recurso escaso, casi un lujo. El “otro” deja de ser alguien con quien construir comunidad y pasa a ser una notificación más en la pantalla. El algoritmo del horror convierte la violencia en paisaje y la empatía en residuo.
Por eso creo que lo que está en juego no es el modo en que consumimos imágenes, sino qué tipo de sociedad construimos. ¿Una donde todo puede ser visible y, aun así, nada parece importar? ¿Donde la anestesia ya no es una estrategia individual de defensa, sino el régimen afectivo que organiza la vida contemporánea?
Y acá es donde observo el verdadero peligro: no se trata de que la violencia nos quiebre, sino de que deje de hacerlo. Que podamos mirar cómo se aniquila a un pueblo o cómo se humilla a una persona hasta la muerte y seguir con la vida como si nada. Ese es el triunfo más profundo del algoritmo del horror: no solo mostrarnos el espanto, sino enseñarnos a convivir con él sin que tiemble el mundo.