Enero suele traer promesas. Marzo, en cambio, exige decisiones. Con el año laboral y escolar en marcha, se termina el changüí para seguir postergando una deuda frecuente: retomar la actividad física. Pero empezar no significa lanzarse sin red. La diferencia entre construir un hábito saludable o abandonar frustrados a las pocas semanas está, muchas veces, en cómo se da ese primer paso.
“La mayoría de las lesiones de inicio de año no se deben al ejercicio en sí, sino a la falta de progresión”, explica el doctor Alberto Cormillot, referente en nutrición y cambio de hábitos. El especialista advierte que el entusiasmo suele empujar a rutinas intensas, cinco veces por semana, cuando el cuerpo viene de meses —o años— de sedentarismo. “El organismo necesita adaptación cardiovascular, muscular y articular. Sin ese proceso, aparecen dolores, contracturas y abandono”, señala.
Desde el plano de la salud pública, la Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada en adultos. Traducido a la vida cotidiana: 30 minutos, cinco días a la semana. Pero no es un punto de partida obligatorio, sino un objetivo a alcanzar de forma gradual.
La médica deportóloga Patricia Sangenis, expresidenta de la Sociedad Argentina de Medicina del Deporte, insiste en un concepto clave: progresión. “Si una persona estuvo inactiva, puede comenzar con caminatas de 15 o 20 minutos, tres veces por semana, e ir aumentando tiempo o intensidad cada dos semanas. El cuerpo responde mejor a los estímulos progresivos que a los cambios bruscos”, explica.
De cero, pero con estrategia
Caminar a paso ágil es una de las puertas de entrada más seguras. A eso conviene sumar ejercicios de fuerza con el propio peso corporal: sentadillas asistidas, flexiones con apoyo de rodillas, planchas breves. La fuerza, subraya Sangenis, no es patrimonio de deportistas. “Es fundamental para proteger articulaciones, mejorar la postura y prevenir lesiones, sobre todo después de los 40 años”.
Cormillot agrega otro punto sensible: la expectativa. “Si el objetivo es solo estético y urgente, la frustración aparece rápido. En cambio, cuando el foco está en ganar salud, energía y bienestar, el resultado es más sostenible”. La actividad física mejora el estado de ánimo, regula el sueño y ayuda a manejar el estrés incluso antes de que haya cambios visibles en el cuerpo.
Escuchar señales y evitar extremos
Dolor agudo, mareos, sensación de falta de aire desproporcionada o molestias articulares persistentes son alertas que no deben ignorarse. Calentar cinco minutos antes de empezar —con movilidad articular y marcha suave— y dedicar unos minutos a la vuelta a la calma no es un detalle menor: reduce el riesgo de lesiones musculares.
También importa la frecuencia. “Es preferible hacer poco, pero constante, que mucho y esporádico”, resume Sangenis. Tres días semanales sostenidos en el tiempo generan más beneficios que dos semanas intensas seguidas de abandono.
Convertir el movimiento en hábito
Lejos de las metas grandilocuentes, el desafío es integrar el ejercicio a la rutina real. Bajarse una parada antes, usar escaleras, pactar caminatas con amigos o fijar horarios inamovibles en la agenda son estrategias simples que consolidan el hábito.
El año ya empezó y el cuerpo no necesita heroicidades, sino coherencia. Sin excusas, pero también sin castigos. Empezar de a poco, con respaldo profesional y objetivos posibles, es la mejor manera de transformar una intención de verano en un compromiso que dure todo el año.
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