Rosario, la cuna de grandes como Lionel Messi y Fito Páez, también es considerada la Capital del Helado Artesanal, además de ser tierra natal del Amargo Obrero y del clásico sánguche Carlito.
Es una de las ciudades más grandes de Argentina, que se conoce al recorrerla y también al saborearla, ya sea a través de sus clásicos como de las nuevas propuestas que se originan para que su identidad siempre esté sobre la mesa.
En los últimos años, a los lugares tradicionales se sumó el desarrollo de una escena gastronómica con restaurantes contemporáneos, cafeterías y panaderías. Así, conviven propuestas de distintas generaciones y estilos: desde los bodegones de toda la vida hasta lugares jóvenes que trabajan con productos locales y una mirada más actual.
Entre el río y la historia.
Una buena manera de conocer la ciudad es recorrer su zona histórica y acercarse al Paraná.
Pero la relación de Rosario con el río va mucho más allá de una postal, porque el Paraná también forma parte de su identidad productiva y gastronómica. La pesca de río aparece en distintas propuestas de la ciudad, con especies como la boga y el surubí, productos que permiten contar una parte de Rosario desde la mesa.
A lo largo de la costa también aparecen antiguas estructuras industriales que fueron recuperadas y resignificadas. Viejos silos y construcciones vinculadas con la actividad portuaria conviven hoy con nuevos usos; en uno de ellos, por ejemplo, funciona un hotel. Así Rosario logró incorporar su pasado a la ciudad actual y logró que la historia sea parte, de alguna forma, de la vida cotidiana.
Tradiciones.
En esta ciudad que también se está renovando gastronómicamente, los clásicos conservan su importancia. Uno de los sitios icónicos es Comedor Balcarce, que abrió sus puertas en 1961 y, más de seis décadas después, conserva su lugar entre los sitios emblemáticos de Rosario.
Durante la visita probé varios de sus platos estrellas, que están en la carta desde el comienzo, ya que la misma prácticamente no ha cambiado. Equipo que gana, no se toca, dice la famosa frase.
Este es uno de esos lugares que permiten acercarse a una Rosario más tradicional, la de los comedores y bodegones que forman parte de su identidad gastronómica.
Parada obligada para probar el omelette de pavita (panqueque relleno,con salsa blanca y rebozado), las empanadas, las milanesas, y la lista sigue. Entre los postres, el flan y el tiramisú se llevan los aplausos, y para tomar, si bien hay para elegir, la experiencia se completa con un amargo obrero.
El fuego y el río como inspiración.
Esa relación aparece de una manera especialmente clara en Negre, un restaurante instalado en una antigua fábrica, donde el espacio recuperado forma parte de la experiencia.
La cocina, a cargo del chef Diego Tapia, está marcada por el río, el fuego y los productos locales. Tienen un menú degustación y también opciones a la carta, además de una propuesta de vinos y una cava que merece un recorrido.
Para el menú degustación, la recomendación es sentarse en la barra, una ubicación que permite ver parte de lo que sucede detrás de cada preparación. Entre los platos puede probarse, por ejemplo, tiradito de surubí del Paraná; combinaciones particulares que resultan muy bien, como ostras con mollejas y salsa holandesa; o pastrami de marucha, acompañado por una ensalada con helado de mandarina. El componente cítrico y fresco contrasta con la carne y aporta un inesperado contrapunto al plato.
Capital del helado artesanal.
Rosario tiene una tradición gastronómica que forma parte de su identidad y que está presente en toda la ciudad: el helado artesanal. Reconocida como la Capital del Helado Artesanal, recorrerla también implica encontrarse con numerosas heladerías que mantienen viva esa costumbre.
El helado no aparece solamente como un postre asociado a una salida especial, sino como parte de la vida cotidiana de los rosarinos.
Una de las heladerías más nombradas es Bocha, que permite acercarse a la tradición desde una mirada más actual. Ofrece sabores como ricota con membrillo, mandarina a la crema, chocolate con oliva y sal, además de los clásicos y siempre solicitados, como dulce de leche, los frutales o variedad de cremas. Además tientan con ediciones limitadas, que se basan en productos de estación y los elaboran según su disponibilidad. Ir a Rosario y no tomarse un helado es, de alguna manera, como no haber estado en esta ciudad.
Clásicos argentinos.
La renovación de la gastronomía rosarina también puede verse en propuestas más cotidianas, como las panaderías y cafeterías que recuperan preparaciones muy reconocibles de la panadería argentina y las trabajan con especial atención al producto y a la técnica.
Una de las destacadas se bautiza como Infinita Panadería: ofrece una gran variedad de panes y bollería, versiones de clásicos como los canelé, hojaldres que quedan en el recuerdo y todo es elaborado con buenos ingredientes. Funciona en un antiguo taller mecánico y un gran plus es su cocina a la vista.
Otra que vale la pena visitar es Barra Confitería. Ellos mismos dicen que reivindican la confitería y la panadería argentina. Reversionan, por ejemplo, la clásica cremona, pero con grasa de wagyu, o su versión de tortita negra, rellena de dulce de leche y crema pastelera.
Ambas parten de clásicos, pero los llevan a una elaboración cuidada, con buenos ingredientes y una presentación más que tentadora.
Aunque hay mucho más para ver y recorrer en la ciudad de Rosario, esta nota cierra con tres imprescindibles: el Parque España, con su enorme escalera que baja con vista hacia el río; el Monumento Nacional a la Bandera, símbolo máximo de la ciudad; y la costanera en general, perfecta para caminatas largas junto al Paraná en cualquier momento del día.