Servas: una red que invita a viajar de otra manera, quedarse en casas y construir vínculos más allá del turismo

Una organización internacional conecta viajeros y anfitriones de distintos países para compartir hogares, costumbres y experiencias. Una uruguaya cuenta cómo funciona y por qué su propósito va más allá del alojamiento.

Servas. Foto: Servas Internacional
Servas. Foto: Servas Internacional

Un viaje se recuerda por muchas cosas: paisajes, ciudades, comidas. Y muchas veces también por personas que aparecieron en el camino.

Una familia que esperó al invitado con una cena especial. Un niño que invitó a una desconocida a recorrer un campo cubierto de nieve.

Para la uruguaya Marisa Contini, esas historias son parte de la esencia que le regala desde hace años Servas, una organización internacional que conecta viajeros y anfitriones de distintos países con un propósito que va bastante más allá de conseguir dónde dormir.

“Es una red de anfitriones y viajeros que te da la oportunidad de viajar y conocer culturas, pero no como lo haría un turista”, explica. “Está enfocado a la experiencia humana, al construir amistades”, cuenta Marisa, una profesora de inglés de 70 años.

A la izquierda, Marisa, junto a parte del equipo de Servas Uruguay. Foto: Servas Uruguay
A la izquierda, Marisa, junto a parte del equipo de Servas Uruguay. Foto: Servas Uruguay

La palabra Servas viene del esperanto y significa “servir”. La organización nació vinculada a una idea de paz y hasta el día de hoy sostiene que el encuentro cotidiano entre personas de diferentes culturas puede ser una manera concreta de derribar prejuicios, discriminación e intolerancia. Porque entienden que la paz también se construye abriendo la puerta de casa a alguien diferente y dejando que esa persona nos conozca.

Una casa, una mesa.

El funcionamiento es sencillo. Quien quiere formar parte debe asociarse y contar con una carta de presentación que acredita sus datos y que actualmente es validada electrónicamente por el representante del país de origen. A partir de allí puede contactar a otros integrantes de la red y solicitar alojamiento.

Lo habitual es quedarse alrededor de dos días, aunque también puede ser una noche o extenderse si anfitrión y viajero lo acuerdan. En Uruguay, la membresía cuesta UDS12 al año.

Pero la propuesta tiene una condición implícita: entender que no se está reservando una habitación de hotel.

Una familia puede tener hijos, trabajar y no disponer de todo el día para acompañar al visitante. Puede, sin embargo, compartir el desayuno, preparar una cena, recomendarle qué conocer o encontrar un rato para conversar. Y el viajero también debe integrarse a esa dinámica.

“Lo mismo sucede con el viajero, no puede usar la casa como si fuera un hotel”, dice Marisa. “Si bien te ayuda mucho cuando viajás porque, de hecho, no pagás ese alojamiento, tenés que estar dispuesto a dar un poco de tu tiempo para que ellos también te conozcan y conozcan tu país”.

Para recibir a alguien no es necesario contar con una habitación especialmente preparada. Hay quienes ofrecen un cuarto y otros que pueden disponer de un sofá cama en el living. Cada uno establece de antemano qué puede ofrecer y qué tipo de viajero está dispuesto a recibir.

También existe el anfitrión diurno: personas que no pueden alojar, pero sí están dispuestas a encontrarse con viajeros, acompañarlos a recorrer o compartir parte de su tiempo.

Un destino, muchas historias.

Marisa tiene 70 años y conoció Servas cuando tenía 27. Se asoció en 1985 y, desde entonces, lleva alrededor de 40 años viajando, participando en encuentros y colaborando con la organización. Actualmente integra la secretaría nacional de Servas Uruguay.

Su primer viaje como integrante fue a Estados Unidos, en una época en la que no existía internet y la información sobre los anfitriones se consultaba en libros. Allí encontró una familia de una zona rural. Era pleno invierno y todo estaba cubierto de nieve. La familia, un matrimonio con dos hijos, le había preparado el cuarto y dejado sobre la cama una botella de maple syrup junto a una tarjeta que decía “Bienvenida”.

Después llegó la invitación inesperada del hijo de la familia: salir a recorrer la nieve en snowmobile. Marisa aceptó. En medio del recorrido, el niño le avisó que estaban atravesando un lago congelado. “Me acuerdo que la novelería mía era como la de un niño”, cuenta.

En otro viaje, en otra casa, conoció a un joven salvadoreño refugiado que casi no hablaba inglés. Como ella era profesora de inglés y hablaba español, pudieron compartir ese momento. Son pequeños episodios, pero justamente allí está el sentido de la experiencia. “Son cosas que no te ocurren si vas a un hotel”, dice.

Más que alojarse.

Servas no termina en las casas de los anfitriones. La red organiza encuentros regionales, actividades culturales, caminatas y bicicleteadas por la paz, además de campamentos para jóvenes.

También desarrolla las Escuelas de Paz, en las que voluntarios de distintos países participan de actividades con niños, especialmente en escuelas rurales. Pueden contar cuentos, hacer talleres de cerámica, cantar o pintar. Durante esos días, las familias de los niños alojan a los voluntarios.

Para los jóvenes de entre 18 y 30 años existe además un programa de intercambio que permite viajar a otro país para practicar inglés o francés y quedarse aproximadamente un mes, generalmente con cuatro familias diferentes. El joven se hace cargo del pasaje y de sus traslados dentro del país; las familias voluntarias ofrecen el resto de la estadía.

Dar y recibir.

Para Marisa, sin embargo, hay dos cosas que deberían quedar claras para quien se acerque por primera vez a Servas. La primera es no confundirlo con una forma económica de viajar. La segunda, entender que la participación no termina cuando se vuelve del viaje. “Que no lo tomen, si bien te ayuda mucho a viajar, como un hotel barato, que lo vean desde el punto de vista de la experiencia humana”, dice.

Y agrega otro pedido: “Que estén dispuestos también a participar en la asociación a nivel local”. Porque la red funciona justamente cuando existe reciprocidad: cuando alguien que hoy es recibido mañana puede abrir su casa, acompañar a otro viajero o participar de una actividad.

Marisa conoce también esa otra dimensión. A lo largo de los años participó en encuentros regionales en los que conoció personas que después terminaron visitándola o a las que ella volvió a encontrar en otros viajes. Así se van construyendo vínculos que trascienden los días de una estadía.

De esta forma, Servas no se trata solamente de viajar y dormir en una casa ajena, sino de entrar, por un rato, en la vida cotidiana de otra persona. Tomarse el momento para sentarse a su mesa, conocer sus costumbres, contarle las propias y descubrir otras culturas.

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