Tras una enfermedad, una intervención menor o un episodio de dolor, muchas personas optan por prolongar el tiempo en cama con la idea de que el descanso adicional favorecerá la recuperación. Sin embargo, especialistas advierten que, cuando no existe una indicación médica clara, esta conducta puede resultar contraproducente.
Yesenia Lizeth Quintero Perea, directora del programa de Enfermería de Areandina en Valledupar, explica que es fundamental distinguir entre el reposo necesario y la inmovilidad innecesaria. El primero cumple una función terapéutica en momentos puntuales, como ante fiebre elevada, dolor intenso o riesgo inmediato de complicaciones. Pero una vez superada esa etapa, permanecer en cama sin justificación clínica puede transformarse en un problema.
El cuerpo, señala la experta, está diseñado para mantenerse en movimiento. Por eso, cuando una persona ya se encuentra estable desde el punto de vista hemodinámico, continuar con el reposo absoluto puede generar efectos negativos. Estos no tardan en aparecer: en adultos jóvenes sanos, entre las 48 y 72 horas de inactividad ya pueden observarse pérdidas de fuerza muscular. En personas mayores, el deterioro es más acelerado y puede derivar en pérdida de masa muscular, menor resistencia y mayor dependencia.
El impacto no se limita al sistema musculoesquelético. La falta de movimiento también afecta la circulación, reduciendo el retorno venoso y aumentando el riesgo de trombosis venosa profunda. Además, puede alterar la regulación de la presión arterial y disminuir el gasto energético, lo que favorece el aumento de peso y problemas metabólicos como la resistencia a la insulina. En conjunto, estos factores pueden elevar el riesgo cardiovascular, especialmente en personas que han pasado por una hospitalización.
Ante este panorama, las recomendaciones médicas actuales han cambiado de enfoque. En lugar de indicar reposo prolongado, se prioriza la movilización temprana y gradual. En casos como el dolor de espalda, por ejemplo, ya no se sugiere permanecer en cama durante varios días, sino retomar movimientos de forma controlada según la tolerancia.
Algo similar ocurre con cuadros como la gripa fuerte, donde se aconseja un descanso relativo: reducir la actividad, hidratarse y dormir lo suficiente, pero evitando permanecer acostado todo el tiempo si es posible levantarse. En el caso de cirugías menores, moverse de manera temprana ayuda a prevenir complicaciones como trombosis o afecciones respiratorias.
Uno de los errores más frecuentes, según Quintero, es interpretar el reposo como una prohibición total de movimiento. Esta confusión puede llevar a prolongar innecesariamente la inactividad, incluso en contextos como el teletrabajo o durante una incapacidad médica, donde las personas pasan largas horas sentadas creyendo que cumplen con la indicación.
La clave está en encontrar un equilibrio. No se trata de ignorar las recomendaciones médicas ni de forzar el cuerpo, sino de mantenerse activo dentro de los límites indicados. Para ello, se sugieren medidas simples como hacer pausas activas cada una o dos horas, cambiar de postura con regularidad, realizar ejercicios suaves indicados por profesionales o, en caso de no poder levantarse, recurrir a contracciones musculares isométricas.
Cuando el médico lo autoriza, retomar progresivamente la actividad física moderada también forma parte del proceso de recuperación. El objetivo es acompañar la mejoría sin exceder los límites del cuerpo.
El descanso es importante, pero debe aplicarse con criterio. Ante síntomas como dolor intenso, dificultad para respirar, mareos o empeoramiento general, es necesario consultar nuevamente. Fuera de esas situaciones, prolongar el reposo por precaución puede terminar retrasando la recuperación en lugar de favorecerla.
Con base en El Tiempo/GDA