Según Maquiavelo, hay tres clases de principados:
hereditarios, nuevos que se han adquirido con fuerza
propia y nuevos que se han adquirido con fuerza ajena.
Los primeros son los más fáciles porque les basta
con conservar un estilo de gobierno al cual el pueblo
está acostumbrado. Los principados nuevos
adquiridos con fuerza propia no son tan fáciles porque
el pueblo no está acostumbrado a ellos. Pero los más
difíciles son los principados nuevos adquiridos con
fuerza ajena, porque en su caso el príncipe nuevo
suma, a la dificultad de gobernar un pueblo no
acostumbrado a él, su dependencia de la fuerza ajena.
Si Néstor Kirchner gana en la segunda vuelta será un
príncipe nuevo con fuerza ajena. Sumará a la dificultad
que siempre acompaña a un nuevo gobierno el
problema de llegar al poder con la fuerza ajena del
presidente Duhalde.
Si nos fijamos en la lista de 50 presidentes que la
Argentina ha tenido a partir de la Constitución de 1853,
advertiremos que 28 llegaron al poder con fuerza
ajena. De ellos, 15 fracasaron y 13 tuvieron éxito.
De los 28 presidentes vicarios que tuvo la Argentina
("vicario", define el Diccionario, es "quien tiene el poder
de otra persona, a la que sustituye") vamos a escoger
dos fracasados y dos exitosos.
Entre aquellos a quienes peor les fue están Miguel
Juárez Celman (1886-1890) y Héctor Cámpora (1973).
Cuando terminó su primera presidencia, en 1886, el
general Roca promovió como sucesor a su concuñado
Juárez Celman. Ahijado político de Roca, Juárez
Celman comenzó con fuerza ajena, pero al poco
tiempo pretendió reemplazar al propio Roca como líder
nacional. En lunfardo diríamos que "se la creyó", algo
que les pasa con inquietante frecuencia a los
presidentes vicarios. Cuatro años más tarde debió
renunciar, abatido por la revolución del 90.
Cámpora ganó las elecciones de marzo de 1973
porque lo patrocinaba Perón. La frase del momento fue
"Cámpora al gobierno, Perón al poder". Pero el nuevo
presidente, al inclinarse por los Montoneros y alejarse
de su mentor, fue obligado a renunciar a sólo
cincuenta días de haber asumido para permitir que
Perón ganara las nuevas elecciones presidenciales en
septiembre de ese mismo año.
Al tope de la lista de los presidentes vicarios exitosos
podríamos ubicar a Carlos Pellegrini y a Marcelo T. de
Alvear. Pellegrini, a quien Roca había promovido como
vicepresidente en 1886 para "cubrirse" contra la
eventual rebeldía de Juárez Celman, tomó el poder en
1890 para completar el mandato del presidente fallido
en medio de una aguda crisis económica. Entre 1890 y
1892, la Argentina se recobró.
En 1922, cuando asumió la presidencia, Alvear era
doblemente vicario. En lo político, de su antecesor
Hipólito Yrigoyen. En lo militar, del general Agustín P.
Justo, que controlaba a un Ejército en estado de
ebullición. ¿Qué hizo entonces el nuevo presidente? A
Yrigoyen le garantizó elecciones limpias para que
pudiera volver en 1928. A Justo lo nombró ministro de
Guerra. El antagonismo entre Yrigoyen y el Ejército
estallaría en el golpe militar de 1930, dos años
después de que aquél fuera reelegido, pero Alvear, al
manejar hábilmente su vicariato, supo darle a la
república su hora más gloriosa.
Tanto Pellegrini como Alvear prevalecieron porque
supieron armonizar las fuerzas ajenas gracias a las
cuales habían llegado a la Casa Rosada con una
conducción que aunaba, según el ideal de Maquiavelo,
la astucia del zorro y la fuerza del león.
De ganar de aquí a dos domingos, ¿tendrá en cuenta
Kirchner los errores de Juárez Celman y Cámpora?
¿Estudiará los aciertos de Pellegrini y Alvear?
En 1989, Menem fue presidente nuevo con fuerza
propia. Como tuvo éxito, en 1995 fue reelegido en la
primera vuelta como un presidente heredero de sí
mismo. Pero su segunda presidencia no repitió el éxito
de la primera. En 1997, así, el justicialismo fue
derrotado por la Alianza en las elecciones
parlamentarias. A partir de 1998, comenzó la recesión.
En un clima de desgaste económico y político, a
Menem le fue imposible heredarse a sí mismo en
1999 como hubiera querido mediante la
"re-reelección". Descendió del poder con un índice de
aprobación popular de sólo el 10 por ciento.
El desgaste de Menem fue tal que Duhalde perdió la
elección presidencial de 1999 porque no pudo, pese a
sus esfuerzos, "despegarse" de él. La impresión de
los observadores era por entonces que "cualquiera"
que no fuera justicialista ganaría.
Hacia 1997 nació la poderosa pasión que aún
embarga a una porción supuestamente mayoritaria de
los argentinos: el antimenemismo. En 1999 la encarnó
De la Rúa; en 2002 Duhalde, y ahora, Kirchner.
La tesis central del antimenemismo, que Menem es
culpable de todo lo malo que nos pasa, es discutible
en el plano racional. Después de todo, los niveles de
desempleo y pobreza que nos angustian duplican hoy
los que dejó Menem. Esta duplicación, ¿es imputable
al ex presidente o a sus sucesores? Quizá la supuesta
mayoría antimenemista se equivoca. Pero, como
advirtió alguna vez Bartolomé Mitre, en democracia
"cuando todo el mundo se equivoca todo el mundo
tiene razón".
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