Una casita de barro dentro del Octógono de Agó Páez Vilaró —un espacio de meditación y retiros escondido entre las grutas de Punta Ballena— atesora secretos e historias que remiten a dos linajes atravesados por el amor. Entre el verde, el silencio y las piedras, Lo de Buba es un rincón cargado de energía que este verano 2026 propone una experiencia distinta: recetas austro-húngaras de platos caseros que invitan a viajar a la infancia y a la cocina de las abuelas, en un entorno de decoración vintage, vajilla retro y obras de Páez Vilaró en las paredes.
Detrás de este proyecto, que es una fusión íntima entre dos abuelas, está Natalia Vargas. Se casó a los 19 años con un austríaco que conoció en Punta del Este y pasó casi media vida en Austria. A fines de 2017 regresó a Uruguay con sus dos hijos y, tras varios intentos, en junio de este año aceptó la invitación de la artista Agó Páez para conocer el Octógono. “Sentí un déjà vu. Fue tan energético lo que percibí al ver cosas de su abuela que quise traer también objetos de la abuela de mis hijos. Ahí fusioné ambas historias y nació Lo de Buba”, cuenta a El País.
El nombre llegó casi solo. Natalia le preguntó a Agó cómo llamaban a su abuela. “Buba”, le respondió. Veinticuatro horas después, la decisión estaba tomada. La propuesta, atravesada por personas que la inspiraron a animarse a la gastronomía, nació desde el amor y como homenaje a su exsuegra, a quien define como una segunda madre.
La carta tiene una fuerte raíz austro-húngara, herencia de los años vividos en Europa y de una familia dedicada a la hotelería. Es cocina de autor, casera y cuidada. Hay goulash —el más pedido, bautizado Oma Lote en honor a la abuela que le enseñó la receta—, salchichas clásicas, schnitzel en versiones de cerdo y pollo.
También se ofrecen pizzas de la abuela hechas en horno de barro, ensaladas frescas, raclette reinterpretadas, con opciones de pollo, carne o vegetales. Y sopas de calabaza con coco o pescado con base de coco, que son un sello del lugar.
Todo se prepara con productos frescos, de la huerta a la mesa. “Se perdió la comida casera de calidad, el juego con hierbas y condimentos como hacían nuestros abuelos”, dice Natalia, mientras señala el romero y la lavanda que crecen en el predio.
Cuenta, además, que en esta casita antes solo se cocinaban empanadas o pizzas durante los retiros.
La experiencia trasciende lo gastronómico. El entorno, inmerso en el bosque, invita a descalzarse, caminar entre jardines, grutas y árboles, recorrer el atelier donde Agó expone sus pinturas o simplemente disfrutar del silencio lejos del caos. Por la noche, una fogata bajo las estrellas y una luz tenue refuerzan el clima íntimo y romántico.
La casita conserva una decoración vintage única: radios antiguas, teléfonos, cuadros, vajilla y copas labradas que ya no se consiguen y que pertenecieron a las abuelas de Agó y a la exsuegra de Natalia. “La idea es tomar un té en una taza real de abuela”, resume.
Lo de Buba abre de 10:00 a 23:30 y ofrece desayunos, almuerzos, meriendas y cenas. Un refugio donde comer también es recordar y conocer algo más de la historia de una familia emblemática del Uruguay.