Liliana González es una de las voces más escuchadas en el campo de la educación y la crianza en América Latina. Psicopedagoga con más de cinco décadas de experiencia clínica, lleva años advirtiendo sobre un fenómeno que hoy se volvió imposible de ignorar: el impacto del uso excesivo de pantallas en la infancia y la adolescencia.
De paso por Montevideo —donde dará una charla en el Teatro del Notariado el 7 de mayo—, llega con un mensaje incómodo pero urgente. Cuestiona la idea de los “nativos digitales”, alerta sobre dificultades en el desarrollo del lenguaje, la atención y la socialización, y pone el foco en lo que define como una “crianza pantallocéntrica”.
Lejos de proponer soluciones simplistas, insiste en la necesidad de una educación digital real, con adultos presentes, informados y dispuestos a asumir un rol activo. En esta entrevista, profundiza en los cambios que observa en el consultorio, los riesgos que ya están a la vista y los desafíos que enfrentan hoy familias y escuelas.
-¿Qué siente que está fallando hoy en la crianza al tener las pantallas tan presentes desde edades tan tempranas?
-Lo que está fallando es que ocurre la tercerización de la crianza en las pantallas. Hoy se habla de crianza pantallocéntrica. Entonces, cuando un chico tiene un berrinche a los 3 años, que es normal que los tenga, que se tire al piso y llore, en vez de levantarlo, abrazarlo y esperar que se le pase, se le da un celular, con lo cual no hay ningún tipo de manejo de la frustración. Se corta enseguida el llanto para que se quede tranquilo y, por lo tanto, no podrá gestionar las emociones y saber que no todo se puede tener, que hay cosas que hay que esperar, que acá están mamá y papá para que se le pase esa angustia. Además, hay un contexto: adultos muy ocupados, pero también con toda una cuestión narcisista y personal: lo estético, el gimnasio, el deporte, los amigos, los viajes, el shopping, el Instagram… Y está todo el mundo con el celular en la mano y los chicos crecen viendo eso.
–Se suele decir que son “nativos digitales”. ¿Coincide con esa idea?
–No, para nada. No son nativos digitales. Eso es una gran mentira. Debemos sacarnos esa idea. Está absolutamente comprobado por la neurociencia que el cerebro cambia cada 100 años. O sea, el cerebro es el mismo. Lo que estamos cambiando es la cultura que le acerca al cerebro. Y eso no lo elige un bebé, lo elige un papá. En vez de acercarle un cuento y un cariño en la cabecita, se le da un celular para que se vaya a la cama. Entonces los hacemos nativos digitales en un punto, pero de todos modos es una gran mentira. Porque mucha gente, y lo supimos en pandemia, no tenían dispositivos, pero tienen el mismo cerebro.
-¿Cuándo empezó a notar este cambio más fuerte?
-Hace por lo menos 15 años que lo vengo viendo, pero en los últimos cinco el cambio ha sido brutal. Estamos haciendo chicos muy frágiles; los cuidamos un montón en el mundo real y los encerramos. En ese encierro, sin bicicleta, sin vereda, sin deporte, las pantallas ocupan un lugar brutal para comunicarse y para conectarse. Y cuando nos damos cuenta, ya tenemos chicos ansiosos, irritables, violentos, agresivos, aislados, con problemas de socialización, con resistencia a la lectoescritura, diciendo que el mundo es aburrido, la escuela es aburrida, la casa de la abuela es aburrida, porque todo tiene que ser divertido como en las pantallas.
-¿Diría que hay una relación directa entre pantallas y dificultades de aprendizaje?
-Absolutamente. En 50 años de consultorio, nunca había visto lo que veo ahora: chicos de 4 años sin lenguaje, con diagnóstico de autismo, de Asperger, y no son autistas; no hablan porque nadie les habló. Porque no se dieron cuenta los padres de que Peppa Pig, que es dibujito animado que habla, pero no les habla, no los invita a hablar, no les dona el lenguaje, no les convoca el diálogo. Entonces los chicos se quedan mudos frente a la pantalla porque no hay nadie que cuente, que cante, que les hable, que les diga ma ma ma para que diga mamá. El lenguaje no es un tema de almanaque, es un tema de estimulación. También veo que llegan chicos sin dibujar, con graves problemas con el grafismo en la escuela. Y cuando yo pregunto, porque veo que no saben tomar el lápiz, pregunto si han dibujado y me dicen que no. El dibujo es el preámbulo de la escritura; si no dibuja, difícilmente puede hacer una cursiva. También llegan con resistencia a leer, porque leer es trabajo, porque hay que esforzarse, porque hay que poner todo el aparato cognitivo para descifrar esas letras y poder armar palabras. Después nos asustan las estadísticas acá en Argentina, que el 50% de los chicos abandonan el secundario por no comprender lo que leen. Pero la historia no empezó en la escuela; empezó con ese chupete electrónico que se pone en vez de la palabra.
-Habla mucho del rol de los adultos. ¿Qué está pasando ahí?
-Que no estamos asumiendo el rol que nos corresponde. Y esto empieza por el ejemplo. La otra vez vi a un bebé hermoso de unos 4 meses, ya tenía mirada social, tenía sonrisa… Y el padre sacó el celular, se lo dio, y la mirada del chiquito se fue a la pantalla. Los capta, los fascina desde muy temprano. A un bebé es fácil ponerle límite; es más difícil con los adolescentes. Los padres, en el fondo, saben que algo no está bien. Me pasa en la calle: cuando entro a un lugar y veo familias enteras con el celular, se incomodan, porque me reconocen de la televisión. Saben. Pero igual lo hacen, porque es más fácil, es más cómodo.
-¿Y qué se puede hacer, concretamente?
-Hay que empezar de a poco. Yo hablo de “reseteo digital”. Por ejemplo: salir a comer y dejar los celulares. Capaz dura media hora, porque los chicos se quieren ir. Pero es empezar. Ir al río, al campo, andar en bicicleta, hacer cosas sin pantallas. Volver a meter a los chicos en el mundo real. Porque se están enfermando de verdad.
-Para los centros educativos, ¿qué postura tiene? ¿Prohibir, regular?
-No me gusta la palabra prohibir, pero hoy no estamos preparados para que el celular esté en el aula. Mire las cosas que pasan: las amenazas de tiroteos, que los chicos les saquen fotos a las compañeras y usen la inteligencia artificial para desnudarlas y después las suban. No estamos pudiendo controlar esto. Ojalá el celular pueda usarse como una herramienta valiosa para la didáctica, pero no está pasando. No estamos preparados todavía para el celular en el aula. Creo que lo que tenemos que hacer es una hermosa aula, robótica, informática, una hermosa aula donde los alumnos puedan ir y venir en todas las materias a buscar información para que aprendan a buscar en la IA, en las fuentes, en Google y demás, pero que no esté en la mochila ni en el bolsillo de la campera, porque está demostrado que es un distractor.
-¿Qué deberían cambiar hoy mismo las familias?
-Les pido a los padres que lean, que se capaciten, que escuchen a los especialistas. Porque cuando uno entiende el daño que esto puede causar, el límite se vuelve mucho más efectivo. A nosotros nos pasó con la alimentación: cuando descubrimos que la comida chatarra estaba generando obesidad y diabetes infantil, empezamos a hablar de comida saludable. Bueno, acá pasa algo parecido: nos falta información. Veo muchos padres que no saben lo que la Organización Mundial de la Salud viene advirtiendo hace años. Hace dos décadas, en Córdoba, 6.000 pediatras de todo el mundo pidieron algo muy simple: media hora diaria de encuentro real con los hijos. Sin pantallas. Entonces, primero hay que estar convencidos de que esto les hace mal. Después, informarse: entender los tiempos recomendados —hasta los 3 años, nada; luego, uso muy limitado; nunca antes de dormir—. Hay que conocer para poder poner límites de verdad. Porque yo no quiero que mi hijo se quede sin procesos cognitivos, sin lenguaje, sin comprensión lectora. No quiero que entre en comunidades digitales donde le enseñen a matar. No quiero. Porque lo quiero, porque lo amo. Entonces el límite es un acto de amor. No es prohibir por prohibir: es cuidar. ¿Cómo voy a cuidarlo en el mundo real y dejarlo solo en el mundo virtual? No se puede. Sé que es incómodo, porque nos saca de la zona de confort. Nadie dice que no van a tener tecnología, les va a sobrar tecnología. Cuando lleguen al mundo laboral, van a saber de tecnología mucho más que las generaciones anteriores. Pero, ¿quién les da humanidad?, ¿quién les da creatividad?, ¿quién les da pensamiento crítico?, ¿quién les da empatía? Hoy, muchas veces, por estar enchufados a una pantalla, ni siquiera vemos el sufrimiento del que tenemos al lado. Hay mucho por hacer.