Menos pantallas en clase y más papel: el giro global que Uruguay no puede mirar de costado

La evidencia internacional ya no discute tecnología sí o no, sino qué uso mejora el aprendizaje y cuál lo perjudica. En Uruguay, el debate pega de lleno sobre Ceibal, ANEP y los celulares en aula.

Salón de clase con cuaderno abierto, lápiz, laptop y celular sobre un banco, mientras estudiantes y docente aparecen desenfocados al fondo.

Durante años, la promesa fue lineal: más dispositivos en el aula debía traducirse en mejores aprendizajes. Esa idea hoy empezó a resquebrajarse. La discusión internacional se movió hacia una pregunta más incómoda y más útil: cuándo la tecnología ayuda, cuándo distrae y qué prácticas conviene proteger dentro de la escuela.

La propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestra por qué el debate dejó de ser binario. En PISA 2022, el organismo señala que los estudiantes que usan dispositivos digitales para aprender en la escuela hasta una hora por día obtienen, en promedio, 14 puntos más en matemática que quienes no los usan nada. Pero en el mismo bloque advierte que las distracciones causadas por dispositivos son un problema real y que las prohibiciones de celulares pueden reducirlas, aunque también limiten la autorregulación. No hay una conclusión anti-tecnología; hay una conclusión más exigente: la calidad del uso importa más que la cantidad de pantallas.

Ese cambio de clima también aparece en la cobertura educativa. Un relevamiento difundido por Education Week resumió la tensión con una pregunta directa: qué distrae más en clase, los Chromebooks o los celulares. El punto es relevante porque el problema ya no se limita al teléfono personal. En los entornos uno a uno, donde cada alumno tiene una computadora, también la herramienta pensada para aprender puede convertirse en fuente de dispersión y pérdida de tiempo pedagógico.

La revisión, además, no viene solo desde la gestión escolar. También llega desde la neurociencia. Un estudio publicado en Frontiers in Psychology encontró que la escritura a mano genera una conectividad cerebral mayor que el tipeo. Los autores observaron un aumento de conectividad en rangos theta y alpha durante la escritura manuscrita y sostienen que ese patrón puede tomarse como evidencia de que escribir a mano favorece el aprendizaje, porque involucra procesos sensoriomotores y cognitivos más ricos que presionar teclas.

Ese dato ayuda a entender por qué varios sistemas educativos empezaron a revisar decisiones que hasta hace poco parecían irreversibles. En Suecia, uno de los países más avanzados del mundo en digitalización, el gobierno impulsó una política explícita de más lectura, más libros físicos y menos tiempo de pantalla. La administración sueca asignó fondos para comprar textos y guías docentes, y reforzó la idea de volver a habilidades básicas como leer, escribir y hacer cuentas en los primeros años. Más tarde, además, remarcó que el problema de la distracción por celulares y otros dispositivos en clase es serio.

El contrapunto interesante es que Suecia no es precisamente un ejemplo de atraso tecnológico. En el Global Digitalization Index 2024 de Huawei aparece en el puesto tres entre los países líderes, y el informe sostiene que mayores puntajes en madurez digital se asocian con beneficios económicos superiores; en el grupo de “frontrunners”, cada punto adicional del índice puede impulsar el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en US$ 945. La señal, entonces, no es “volver atrás”, sino algo más incómodo para el entusiasmo tecnosolucionista: una sociedad puede ser muy digital y aún así concluir que en la escuela conviene poner límites.

Ahí es donde el tema deja de ser solo global y entra de lleno en Uruguay. La nota país de PISA 2022 muestra que 52% de los estudiantes uruguayos dijo distraerse en matemática usando dispositivos digitales y 39% afirmó distraerse por otros compañeros que los usan. El dato es especialmente fuerte porque Uruguay no discute la tecnología desde afuera: la discute desde una historia concreta de adopción temprana y masiva.

Gráfico PISA uruguay pantallas 2022

Ese es el verdadero contrapunto local. Mientras la evidencia internacional empuja una revisión del uso intensivo de pantallas, Ceibal sigue profundizando infraestructura: informa que ya entregó más de 2.000 pantallas interactivas y que en 2026 instalará 1.000 más para completar la cobertura en Primaria. A la vez, el Banco Mundial sigue presentando a Ceibal como una experiencia de referencia internacional, destacando que evolucionó desde la entrega de laptops hacia una plataforma más amplia de innovación educativa y equidad. Uruguay, entonces, no encaja en una narrativa simple de avance o retroceso: es uno de los casos donde más importa discutir cómo se usa la tecnología, no solo cuánto se reparte.

La discusión ya incluso llegó al plano político local. En febrero de 2025 ingresó a Diputados un proyecto de ley sobre el uso de dispositivos electrónicos personales en ámbitos educativos. El texto propone prohibir su uso por parte de estudiantes durante clases, recreos e intervalos, salvo con fines pedagógicos bajo orientación docente o por razones de accesibilidad, inclusión o salud. Es una señal clara de que el debate uruguayo ya dejó de ser teórico.

Laptop de Ceibal
Escolar con laptop de Ceibal.
Foto: Ceibal

La conclusión más sólida, por ahora, no es que haya que expulsar la tecnología del aula. Es otra: no toda digitalización mejora automáticamente el aprendizaje. Parte de la evidencia disponible sugiere que conviene defender mejor la atención sostenida, la lectura profunda y la escritura a mano, sin renunciar por eso a las ventajas de los recursos digitales cuando están bien integrados. Para Uruguay, el desafío no parece ser elegir entre Ceibal o papel, sino evitar que una política de acceso termine confundida con una política de aprendizaje.

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