La inteligencia artificial "no te va a reemplazar", pero una persona usándola sí "lo va a hacer”

En el marco de la presentación del libro Inteligencia artificial para el bien, Nicolás Jodal, Juan Miguel Lavista y Daiana Beitler debatieron en el Solís sobre empleo, regulación y oportunidades de la IA para Uruguay.

Un momento de la charla entre Nicolás Jodal, Daiana Beitler y Juan Lavista en la mesa redonda de TAEDA en el Teatro Solis
Nicolás Jodal, Daiana Beitler y Juan Lavista

En el Teatro Solís, la mesa redonda organizada por Fundación TAEDA se dio en el marco de la presentación del libro Inteligencia artificial para el bien, de Juan M. Lavista Ferres y William B. Weeks. Desde ahí, la conversación entre Daiana Beitler, Nicolás Jodal y Juan Miguel Lavista eligió correr la discusión sobre inteligencia artificial (IA) de la zona más previsible. En vez de quedarse solo en el miedo al reemplazo laboral, puso el foco en algo más profundo: cómo cambia la estructura de las empresas, qué nuevas habilidades pasan a valer más y por qué un país chico como Uruguay podría encontrar una oportunidad en esa transformación.

La frase más fuerte de la noche la dejó Jodal. Su tesis fue que la IA no debe leerse únicamente como una amenaza para el empleo, sino como una “reformulación del tamaño de las empresas”. Durante décadas, dijo, parecía natural que una compañía con gran facturación necesitara miles de empleados. Pero en los últimos años empezaron a aparecer empresas tecnológicas capaces de alcanzar enorme impacto con equipos mucho más reducidos. Para ilustrarlo mencionó casos como WhatsApp e Instagram, que lograron escalar globalmente con estructuras relativamente chicas, y planteó que la inteligencia artificial puede profundizar aún más esa tendencia.

La oportunidad para un país chico

A partir de esa idea, Jodal llevó el argumento al terreno local. Si la economía que viene favorece estructuras más chicas y más ágiles, entonces Uruguay, por escala, podría tener una ventaja en vez de una desventaja. Su lectura fue que el país está “naturalmente orientado” a empresas pequeñas y que, en este nuevo escenario, esas empresas pueden aspirar a un impacto mucho mayor que en el pasado.

Lavista reforzó esa línea desde otro ángulo. Sostuvo que el talento local está, que el problema no es de capacidad, y que hoy ya no siempre se necesitan grandes inversiones para construir algo relevante. Incluso subrayó que grupos de cinco o seis personas ya pueden desarrollar soluciones con proyección real. Lo que, a su juicio, falta muchas veces no es conocimiento sino decisión: animarse más, asumir riesgo y construir desde Uruguay, en vez de limitarse a trabajar para otros mercados.

Empleo: la IA no te reemplaza, pero alguien usándola sí

En el tramo dedicado al mercado laboral, Lavista introdujo un matiz importante. Dijo que a nivel macro todavía no ve un shock total sobre el empleo, aunque sí un aumento evidente de la productividad. Reconoció, sin embargo, que ya hay áreas donde el impacto es visible, como la traducción y la edición de documentos, tareas en las que estas herramientas empezaron a desplazar parte del trabajo humano.

Juan Lavista dio una clase magistral sobre las posibilidades de la IA
Juan M. Lavista Ferres durante la presentación del libro Inteligencia artificial para el bien en el Teatro Solís.

La definición más filosa de ese bloque fue otra: “La inteligencia artificial no te va a reemplazar, pero una persona usando inteligencia artificial lo va a hacer”. La frase condensó el tono general de la charla. No alcanza con observar el fenómeno; hay que incorporarlo al trabajo real. El problema, plantearon, no es solo tecnológico: es de adaptación.

Las habilidades que pasan a importar más

Cuando la conversación derivó hacia las capacidades que ganan peso, apareció uno de los consensos más claros de la noche. Lavista defendió dos habilidades centrales: la interacción humana y la capacidad de seguir aprendiendo. En un mercado donde las tareas cambian más rápido, el conocimiento fijo pierde valor más rápido también.

Jodal fue más concreto todavía. Dijo que, hacia adelante, hay tres capacidades decisivas: aprender a preguntar, desarrollar pensamiento crítico y fortalecer el pensamiento computacional. Su argumento fue que, en un contexto donde el contenido se volvió abundante, lo que pasa a ser escaso es la verdad. Y como estas herramientas pueden “alucinar”, verificar deja de ser un detalle y pasa a ser una competencia central.

Uruguay, entre el antecedente y la ambición

Otro de los momentos más interesantes llegó cuando los expositores discutieron qué lugar ocupa Uruguay en este escenario. Jodal sostuvo que al país le cuesta reconocerse como tecnológicamente avanzado, pese a tener antecedentes concretos. Mencionó el Plan Ceibal, la trazabilidad total del rodeo, la historia clínica electrónica y la matriz energética como ejemplos de innovaciones en las que Uruguay fue pionero o estuvo adelantado.

Su planteo fue que ese historial debería servir menos como consuelo que como impulso. Dijo que el país tiene que tomar más riesgos, probar más y usar inteligencia artificial en áreas donde todavía ni siquiera se está mirando. Incluso mencionó como ejemplo el deseo de ver experiencias como taxis autónomos en Uruguay. La idea de fondo fue clara: no alcanza con haber innovado antes; hay que volver a hacerlo.

Regulación: no copiar a Europa, pero tampoco aislarse

La regulación fue uno de los pasajes más políticos de la charla. Jodal cuestionó la tentación de regular demasiado temprano y usó una comparación potente: dijo que en algunos casos se puso “la licencia de conducir antes que el automóvil”. Su crítica apuntó a Europa, donde ve un exceso de regulación previa que terminó perjudicando la innovación en inteligencia artificial. Su conclusión fue explícita: Uruguay no debería copiar automáticamente ese camino.

Yanina Kogan, Nicolás Jodal, Juan Lavista, Daiana Beitler y Elliane Elbaum
Yanina Kogan, Nicolás Jodal, Juan Lavista, Daiana Beitler y Elliane Elbaum

Lavista coincidió parcialmente, aunque introdujo una advertencia distinta. A su entender, el mayor problema para un mercado chico no es solo regular de más, sino regular distinto y quedar desalineado de los estándares globales. Su ejemplo fue el de la industria aeronáutica: si cada país exigiera pruebas diferentes, el costo sería tan alto que muchos jugadores directamente abandonarían mercados pequeños. En IA, su preocupación fue similar: proteger sí, pero sin quedar afuera.

Energía, emisiones y otra carta a favor de Uruguay

La dimensión ambiental también ocupó parte del debate. Lavista pidió mirar el tema con números: señaló que todos los data centers del mundo consumen cerca de 1,5% de la electricidad global y generan aproximadamente 0,6% de las emisiones, mientras que la parte atribuible específicamente a inteligencia artificial sería menor dentro de ese total. Su posición fue que el problema no se resuelve frenando la IA, sino empujando una infraestructura basada en energía renovable.

Ahí volvió a aparecer Uruguay como caso interesante. Lavista destacó la matriz energética local como una ventaja relevante, y Jodal agregó que el error sería autolimitarse por miedo. Su frase de cierre en ese tramo resumió bien su visión general: “no cortarnos las patas” antes de correr una carrera que recién empieza.

La competencia ya no es interna

En el cierre hubo una mezcla de optimismo y exigencia. Lavista insistió en que Uruguay tiene capacidad, talento y ejemplos concretos de que puede competir. Pero también dejó una advertencia: la competencia ya no es local. No es Uruguay contra Uruguay, sino Uruguay contra el resto de los países. En esa lógica, usar estas herramientas bien no es un lujo ni una moda: es una condición para no perder productividad frente a otros.

La mesa redonda en el Solís dejó, así, una idea más útil que el habitual slogan sobre que la IA “lo cambia todo”. Lo que quedó sobre la mesa fue algo más incómodo y más concreto: la inteligencia artificial puede achicar empresas, reordenar tareas, castigar a quienes no se adapten y abrir una ventana real para países chicos. Pero esa oportunidad no se aprovecha sola. Exige velocidad, criterio y bastante menos miedo.

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