Una hilera de cuerpos avanza por la peatonal Sarandí. Adelante van los tambores y los instrumentos de viento; atrás, una cuerda de gente que baila, sigue el pulso y se deja llevar. La Ventolera marcha y la calle cambia de ritmo. No hay escenario que señale dónde termina la música y dónde empieza el público. La distancia se acorta con cada paso: alguien se acerca, escucha, se suma. Por un rato, el frío tiene competencia.
La escena condensa una idea que Joaquín Mujica (39), uno de los integrantes de esta orquesta marchante, considera parte de su oficio. “Los músicos, los productores y la gente que valora estas cosas tenemos cierta responsabilidad de crear cultura, de hacer que el hecho cultural suceda”, dice a El País.
Le gusta caminar por la ciudad y encontrarse con música, alegría, una actividad abierta que interrumpa el recorrido cotidiano. Para compartir con otros esa alegría que él encuentra como espectador, también se ocupa de hacerla posible como músico.
Una fiesta que marcha por las calles
Desde abril, La Ventolera empezó a organizar sus propios desfiles por la peatonal Sarandí, el segundo jueves de cada mes. La invitación es acercarse, escuchar y bailar. Quien pasa puede descubrir a la orquesta y sumarse a la marcha sin siquiera saber cómo se llama.
Los desfiles son nuevos, pero las ganas de reunir gente alrededor de vientos y tambores tienen 13 años. El grupo nació en 2013, cuando el saxofonista Leo Méndez lanzó una convocatoria que circuló por una cadena de correos electrónicos. Joaquín había viajado ese año a Río de Janeiro y conocido el carnaval y su movida. Había referencias en Brasil, Estados Unidos o Nicaragua; faltaba, entonces, construir una versión cercana, atravesada por el candombe.
Al primer ensayo llegaron cinco personas; al segundo, 15. Después hubo entradas y salidas. Hoy son 24 músicos y quedan unos siete fundadores. La historia se fue armando con esa circulación y con una diferencia musical: los vientos dejarían de ser una sección dentro de una banda para sostener el conjunto de la música.
La posibilidad de marchar estaba incorporada al formato. Sin instrumentos que necesitaran amplificación, podían aparecer en Isla de Flores, en una feria o en cualquier calle y empezar a tocar. Después llegaron los micrófonos y los escenarios, pero el movimiento siguió siendo una marca del grupo. Joaquín calcula que el 80% de las contrataciones son para tocar abajo del escenario: recorrer un espacio, acompañar una celebración, llevar al público de un lugar a otro.
Cada modalidad modifica la escucha. En la calle, el sonido depende de la cercanía y de la dirección de la marcha. Pero esa proximidad también tiene su recompensa: músicos y público comparten el recorrido, se miran, se escuchan a pocos pasos. La fiesta se arma entre todos.
Entre quienes se sumaron uno de esos jueves de invierno estaba Lilian Diniz (39), una comunicadora brasileña que vive en Uruguay desde hace cinco meses. Se encontró con la orquesta en la peatonal Sarandí y con esa invitación abierta a seguirla. “Es muy difícil no involucrarse. No es solo la música: son las banderas, los personajes, las personas bailando. Esa mezcla de percusión e instrumentos de viento, ahí mismo en la calle, te conmueve y te lleva”, cuenta en charla con El País. “Era un encuentro muy diverso, muy democrático, de mucho calor humano”, recuerda.
La experiencia le trajo una imagen familiar: las calles antiguas de Paraty y los blocos que las recorren con música y baile. Reconoció algo de aquellas celebraciones populares de Brasil, aunque con una identidad propia. “Me recordó cosas que ya había visto, pero de una manera muy particular y única de acá”.
Del jazz al candombe
En el repertorio de La Ventolera suenan candombes de Pedro Ferreira, Jorginho Gularte y Rubén Rada, composiciones propias y clásicos del jazz llevados al ritmo de los tambores. Últimamente se sumaron cruces con la plena. Hay temas cantados y un criterio común: hacer música que invite a la fiesta.
“Desde el comienzo quisimos que no sea solamente una forma de mirar el candombe con las manos atrás, caminando y asintiendo, sino que también se pueda bailar y cantar. Hay un cancionero uruguayo enorme”, dice Mujica.
La propuesta invita a acercarse a esas canciones desde el movimiento, a reconocer algunas y descubrir otras. Para Joaquín, ese interés forma parte de una revalorización del candombe que fue creciendo con distintas bandas y que encontró en la Rueda de Candombe una vía para llegar a más gente.
La banda también llevó esa búsqueda a Brasil. Hubo una experiencia en Río de Janeiro en 2019 y una gira por ciudades de Rio Grande do Sul. Allí encontraron comparsas y músicos brasileños entusiasmados con el candombe. La marcha podía cruzar la frontera y encontrar otros cuerpos dispuestos a seguirla.
Una cooperativa que sostiene la música
Coordinar a 24 personas, casi todas con otros proyectos musicales, es “un tetris”. Desde hace años funcionan como una cooperativa formal de trabajo y se reparten las tareas en comisiones: imagen, producción, arreglos, merchandising, invitaciones. Los jueves a las siete están reservados para ensayar; por eso también eligieron ese día y horario para los desfiles.
La autogestión continúa cuando termina la música. Los mismos que pasan tocando pueden aparecer después detrás de la barra, o armar el escenario en una fiesta. Esa suma de tareas explica también la búsqueda de apoyos que permitan ampliar las producciones sin cargar toda la logística sobre los músicos.
La próxima apuesta será el viernes 9 de octubre, a las 22.00, cuando celebren sus 13 años en Casona Mauá, con Papina de Palma, Pitufo Lombardo y Fata Delgado como invitados.
Más allá del cumpleaños, hay un proyecto que concentra las ganas: conseguir una casa donde funcionen una escuela de vientos y un centro cultural. La formación de nuevos músicos ya empezó con talleres de saxofón, trompeta, trombón y tambores en Tercer Espacio, en Ciudad Vieja, abiertos a todas las edades.
Para Joaquín Mujica, la iniciativa responde a las dificultades que encuentran quienes quieren estudiar instrumentos de viento: las opciones en Uruguay son limitadas. La propuesta apuesta por talleres grupales, una modalidad que considera valiosa para empezar. Los alumnos participan de una muestra y también pueden acercarse a los desfiles, sin integrar formalmente la orquesta.
Hoy, cada taller funciona con un docente por instrumento y con el respaldo de la cooperativa. El objetivo es conectar esas clases en un recorrido de formación común. Tener un espacio propio permitiría desarrollar esa propuesta y abrir un lugar donde aprender, ensayar y compartir la música con más personas.
Mientras busca esa casa, La Ventolera sigue haciendo de la calle un punto de encuentro. En Sarandí, el aire que atraviesa trompetas, saxofones y trombones se vuelve música y alcanza a quienes pasan. El nombre cobra sentido en esa pequeña sacudida: una ráfaga que cambia el rumbo de una caminata y se lleva a unos cuantos detrás.